El pontífice malo y el general bueno
Un informe tipeado por el subteniente César Milani, de 21 años en Tucumán daba cuenta de la “deserción” del soldado conscripto Alberto Ledo. De esa “deserción” nunca volvió y permenece en situación de “desaparecido”. Todo ocurrió en plena dictadura.
Ese papel fue la bisagra que permitió que se cerrara la misma puerta para el ascenso de aquel joven militar que cumplía su primer destino en el Batallón de Ingenieros 141, hoy designado Jefe del Ejército por Cristina Fernández de Kirchner.
Así como la posibilidad de su ascenso la abrió el Cels, el Centro de Estudios Legales y Sociales, también la cerró la misma entidad que, una semana antes, había manifestado que no tenía objeciones para que Milani continuara adelante en su ascendente carrera militar.
La Presidenta, por su parte, le dio un abrupto final al tratamiento del pliego de ascenso que se estaba discutiendo en el Senado de la Nación. Ayer, no más, el senador mendocino Adolfo Bermejo sostenía en declaraciones a MDZ Radio que con Milani y su ascenso se haría “lo que la Presidenta determine”. Renunciando a su rol de legislador, se arrodilló ante la palabra presidencial. Y ella dijo que del tema no hay que hablar más.
Mientras se especula sobre la continuidad o no del jefe militar en su cargo, la oposición ya le achaca, exagerando la torpeza oficial, que el Gobierno “volvió a colgar los cuadros que Néstor Kirchner descolgó”.
Si el “chasco Milani” se trata de una operación opositora, como parece su salida a la luz, ha contado, al menos, con la propia torpeza: y eso no se puede alegar en la defensa propia.
El kirchnerismo se hizo “amigo” de un militar que, además de lo que se le achaca, aparece como “buchón” de Inteligencia durante la dictadura. Como un un cuento de Osvaldo Soriano, además, a Milani el Gobierno lo ha venido valorando, cuidando, ascendiendo y defendiendo precisamente por ese “valor agregado”: el manejo de información clave. De hecho, es el primer jefe del Ejército que proviene del área Inteligencia y, además, conserva la jefatura sobre esa área. Un traspié muy grande es, por cierto, no haber contado con información clara y precisa sobre “su hombre” en Inteligencia. El propio Cels, cuyo aplauso o veto decide en las estructuras del poder, debió recular y está dando explicaciones por todos lados y pagando un costo que “el modelo” asentado presuntamente sobre “los derechos humanos” y sobre todo, los del pasado, no puede pagar.
Su propia medicina
El golpe de efecto ha sido tan fuerte contra el Gobierno, en este punto, que parece un “castigo divino” proporcional a las operaciones que surgieron desde sus usinas de “inteligencia política” para desacreditar al cardenal Jorge Bergoglio antes y después de volverse el papa Francisco.
El kirchnerismo se vanaglorió de haber “volteado” a Bergoglio con informes sobre su pasado en la elección papal que impuso en el trono del Vaticano a su antecesor, Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI. Tras su insólita renuncia al papado, Bergoglio tuvo su chance de oro, y la ganó. El “Habemus Papam” que le tocó al argentino descolocó primero al kirchnerismo que lo había elegido como enemigo local, lo enfureció luego para, finalmente, retroceder frente a la “papamanía” generada.
No bien se lo mostró como nuevo Pontífice, se difundió desde un medio que resulta oficioso, Página/12, una serie de documentos que vinculaban a Bergoglio con la dictadura.
De hecho, le hicieron cometer un traspié al diario mexicano Jornada que, basado en información de ese diario, dio por cierta una foto de un anciano cardenal junto al dictador Videla, señalando que se trataba del nuevo papa en los años de plomo, pero que, finalmente, tuvo que ser desmentida: no era.
Desde las usinas K se vinculó a Bergoglio con la desaparición de dos sacerdotes, obviando señalar que no habían muerto, sino que aparecieron. Y uno de ellos, residente en Europa, hasta le mandó un abrazo al nuevo papa dejando a la operación de desacreditación en “off side” completamente.
Operetas
Nadie ha dicho, porque no hay pruebas, que Milani haya matado gente en la dictadura o que las haya torturado. Las evidencias indican que, siendo muy joven, elaboró informes sobre la deserción de un conscripto un poco menor que él con el agravante que el “desertor” nunca retornó: está desaparecido.
Nadie pudo decir tampoco que haya hecho lo propio un más joven Bergoglio. Ni siquiera, más allá de datos, testimonios o documentos sobre posiciones suyas “de derecha”, se lo pudo mostrar dándole la hostia a alguno de los dictadores, cosa muy común en una Iglesia que, mayoritariamente, fue cómplice del sangriento “Proceso”.
Aquello fue una operación. Y la propia Presidenta la tuvo que desactivar. “Tome mate, usted sabe”, le acaba de decir al papa en una carta escrito en tono teeager, una CFK que no quiere considerarse como una “oveja de su rebaño”, pero que trata de exhibirse como “amiga” de ese cura al que tanto criticó.
Esto es una operación. Es darle al Gobierno “de su propia medicina”. Pero las explicaciones, en este caso, las deben ofrecer los mismos que en el caso anterior. Y no es un triunfo de nadie, sino una gran derrota de la democracia, casi 30 años después de haberla recuperado. Porque quienes creíamos sólidamente comprometidos con la defensa de los derechos humanos muestran, como con el tratamiento hacia las represiones de Capitanich o Insfrán, que hay “elegidos” y “perseguibles” en esa materia. “Hay excepciones”, es el mensaje. Y eso alimenta una latente y perversa descalificación hacia la defensa de tan sagrados valores cultivados por la Humanidad a fuerza de millones de muertes sangrientas.