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Periodistas, entre la anestesia y el dolor

La audiencia está ocupada, preocupada, feliz o encabronada. ¿Y los periodistas cómo estamos?
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Estamos todos ocupados, preocupados, enojados, encabronados algunos, felices y esperanzados otros. Algunos piensan que el país va por buen camino; otros piensan que estamos perdidos. Algunos añoran el pasado; otros miran hacia el futuro. Algunos ven cómo nos venimos a pique sin posibilidad de salvataje alguno; otros celebran íntimamente tener al fin un gobierno con proyecto y con cojones.

Hay de todo y pasa de todo. Nos juntamos a cenar con unos y hablamos de todo, aunque pensamos distinto, porque sabemos celebrar y disentir; nos juntamos a cenar con otros y preferimos no hablar de nada, porque no queremos terminar malheridos y distanciados. En este tren de decir lo que pensamos, hemos ganado amigos y hemos perdido relaciones. Así es la vida.

Y es maravilloso que nos ocurra esto, porque tiene que ver –como pocas veces en nuestra historia– con el pensar y el decir, o sea, con la generación de ideas, con preocupaciones que ojalá se transformen en ocupaciones en beneficio de todos.

Aquí, para éste que escribe, el problema no es sentir dolor, sino vivir anestesiado o, lo que es peor: sostener la indolencia que genera la panza y el bolsillo llenos.

Son estos, además, tiempos interesantes, nutritivos, para ejercer el periodismo, porque, los que vivimos de esta maravillosa y sacrificada profesión, estamos en el ojo del huracán y está muy bien que así sea: si no lo estamos es porque no estamos haciendo muy bien las cosas.

Ahora, gracias a Internet y al mayor acceso social a las fuentes de información, la gente tiene varias opciones para vernos las costillas, esas que siempre ocultamos con sacos y corbatas, y darse cuenta por qué es que hacemos lo que hacemos, por qué decimos lo que decimos, tanto los periodistas como los medios como empresas con ánimos de lucro.

Son tiempos de decir cosas, las que se considere necesarias, y de ser honestos con lo que evaluamos como cierto. En el marco de una extraordinaria libertad de expresión, no sólo los periodistas, sino la población en general se encuentra en plena tarea de justificar ideas a través del discurso.

A algunos, esto no les gusta: lo llaman crispación; a otros, nos fascina, pues no hace mucho tiempo atrás –como modalidad histórica operativa– hemos vivido sin decirnos las cosas y, cuando algo decíamos, era “que se vayan todos” y cosas por el estilo. Pensar en términos de política como transformadora social era mala palabra. Y el periodismo se acomodaba a esta anemia.

El tema es que, mal que mal, la gente aún nos cree a los periodistas y eso nos supone una gran responsabilidad. Sin embargo, también es lícito que los periodistas pongamos en claro ante nuestras audiencias tanto aquello que pensamos, como aquello que, de tal modo y en consecuencia con lo que pensamos, no concederemos: los lectores deben sabe quiénes somos, aunque a algunos no les guste lo que somos.

Son buenos tiempos, si ejercemos coincidencias y disensos con buena leche y capacidad de escucha y si tenemos en cuenta que todo discurso –también el periodístico–  es ideológico por naturaleza.

Ahí están los que antes eran nuestros pasivos lectores: ahora, los periodistas les vemos los ojos, les contamos dientes o arrugas, los escuchamos putear o compartir y, también, pedirnos actitudes, definiciones, que nosotros, los periodistas, debemos darles, siendo honestos con nosotros mismos: no debemos ser como nos piden que seamos, debemos ser como somos y tirar sobre la mesa todas nuestras cartas.

Ellos –los lectores, las audiencias– nos siguen creyendo, pero cada vez menos y está muy bien, porque ni nacimos esclarecidos ni estamos exentos de los tentáculos del poder real, a veces, incluso, como interesados directos.

Buena parte de nuestra tarea tiene que ver con hacer sonar todas las campanas del jardín. Y dejar que la gente se informe y elija cuál le parece más atinada, luminosa, fehaciente y equilibrada: en esto, ganaremos los periodistas palos y flores; ilusionaremos a unos y desilusionaremos a algunos y seremos decentes con todos.

A fin de cuentas, si hacemos bien nuestra labor, que no es otra que poner en evidencia los resortes, las herramientas y las trampas del poder real (del cual, sólo una parte es el poder político), podremos festejar el “Día del Periodista” con una sonrisa y, luego, volver a casa y acostarnos a dormir tranquilos.

Lo peor que nos podría ocurrir es haber pasado por este noble oficio sin haber dejado rastro alguno.



Ulises Naranjo.