Recordando a Néstor...
El 27 de octubre de 2010 cayó sobre la Argentina una bomba atómica. Una espiralada bomba. Nunca una noticia –por lo menos en los últimos 30 o más años- fulminó a la población como la que nos ofreció aquella mañana opaca y gris, donde un cielo encapotado se aprestaba a escupir su baba, su náusea. La noticia de la muerte de Néstor Kirchner hizo metástasis en todo el mundo. Se nos iba para siempre (al menos en vida) el último gladiador mal trajeado, el tipo que logró recuperar la fantasía en un país que venía del fracaso y de una tremenda depresión social y cultural.
Creer en este país antes de la aparición a escena de “Él” constituía un imposible acto de fe. Éramos argentinos echados a rodar en calzadas vacías. El reino del sinsentido forcluía toda posibilidad habilitante de repensarnos como Nación. Con Néstor pasamos de ser una “nación imaginaria” a una nación concreta, sostenida por la fantasía de la creencia, el mito organizador de prácticas sociales activas, la reconstrucción de las simbologías más hondas de la historia de los derrotados, así como la repatriación de los malditos olvidados en el discurso hegemónico de la inteligencia oficial.
Del más profundo pozo de la historia salían. El viejo Arturo Jauretche fumaba sus puchos en charlas con Hernández Arregui y de fondo se escuchaba a Enrique Santos Discépolo con su mordisquito. Paco Urondo releía sus poemas en todas las plazas de Dorrego y Rodolfo Walsh revivía de la “operación masacre”. Si hacíamos foco, veíamos bailar un tango carioca a Néstor Perlongher mientras los putos peronistas se organizaban en La Matanza. Mariano Moreno vomitaba el veneno y resucitaba su “plan de operaciones” porque ahora sí que se podía. Belgrano salía de su tristeza, San Martín convocaba a más negros para su ejército y las montoneras del interior realizaban rituales para despertar a la Difunta Correa de su sueño eterno.
El sueño de los héroes constituía una posibilidad real de sostén de la realidad efectiva. El peludo reordenaba la tropa de alpargatas y Perón y Evita Capitana animaban un valsecito criollo en la “ciudad de los niños” en La Plata. Las abuelas recuperaban a sus nietos de a uno y con mucho ahínco. Las madres festejaban su gesta de los jueves. Los asesinos empezaban a caer en cana con sentencia firme. Identidad y justicia se acompañaban de la mano en la tierra austral.
La Argentina se ubicaba más que nunca en el mapa latinoamericano y se pensaba. La mística surgió por esas cuestiones de las coordenadas históricas que pusieron a un tipo en el centro del laberinto, y apareció Leopoldo Marechal para decirle “Néstor, se sale por arriba”. Y eso fue lo que hizo Kirchner: salir por arriba del laberinto borgeano (qué no es la Argentina, sino eso, un laberinto borgeano) con la fórmula de Marechal.
Desde el fin del mundo, un hombre alto, con un ojo fallado y una forma de hablar atropellada, entraba a los codazos en la historia nacional, calladito pero seguro, al que no le daban dos mangos con cincuenta. Desde que asumió la presidencia, aquel 25 de mayo de 2003, hasta el 27 de octubre de 2010 pasó como un rayo fugaz por todo el cielo de la patria, dejando una estela ardiente que nadie podrá opacar con diatribas ni archivos malintencionados.
Los parias empezaron a recuperarse de las golpizas y, moreteados, consiguieron sus derechos a través de un Estado que los miraba para convidarlos a dar la pelea en otra revancha más de la historia. Miles de viejos y viejas fueron atendidos en los campamentos de batalla y así fue que evitaron seguir camino al camposanto. La dignidad a los olvidados les era devuelta. Cientos de miles de jóvenes decían “política” como adjetivación positiva y miraban de reojo y sospechando al mercado de consumo que no paraba de interpelarlos como estúpidos envases.
Néstor, nunca como aquella mañana del censo de las lágrimas te lloramos tanto. Un pueblo despedía al líder de un proyecto nacional y popular, democrático y soberano.
Gracias Néstor, nos garpaste.