Así coagula la sangre en Colombia
El 20 de marzo de 2009 nos reunimos con un grupo de mujeres con aspecto sufrido en la sede de una congregación cristiana. No fue factible detectar a ciencia cierta si eran o no católicos. No hubo aquel día, de todas formas, muchas indicaciones. Ni importaba, a los fines del encuentro. Sólo sabía que estábamos en el centro de Bogotá, perdidos en la selva urbana, esa vez. De incógnitos en el medio de millones de personas que iban y venían.
Adentro nos esperaba Magdalena. Salió, saludó. Su rostro la delataba contenta, digamos. Es una de las “Madres por la Vida”, la agrupación –corporación le llaman en Colombia- que surgió de las primeras “Madres de la Candelaria” e hijas, como ellas se dicen, de las otras madres, las nuestras, las de Plaza de Mayo.
“¿¡Qué hay, qué más, Magdalena?!”, requirió antes de los dos besos Juan Pedro, nuestro nexo. “¿Estás al tanto?”, respondió ella, llena de aliento, sin esperar que
transcurra un solo minuto más: “La fiscal. ¡La fiscal consiguió excavar en lo que sabíamos que era una fosa común, aquella, ¿te acuerdas?, y ya han encontrado tres cuerpos!”. Rio. Lloró. Habían encontrado los que pueden llegar a ser los restos de su hijo, asesinado por los grupos armados. Y si no resultaba ser, sería el hijo de otra madre. Por eso estaba contenta. Por eso reía y por eso lloraba y no se despegaba de Juan Pedro.
Llegaron otras madres al encuentro. Miraron con desconfianza al extraño que, además, habla “en argentino” aunque no en porteño, según detectaron en el acto. “Es un amigo”, habilitó Juan Pedro. Inmediatamente después, dando por sobreentendidos los saludos y evitando los prólogos, cada una cuenta sus cuitas. Una sorpresa: estas madres eran “actuales” y no de hace 30 años. “Dije que venía a ver un pariente; si se enteran en Nariño (en el límite de Colombia con Ecuador) me matan”. Y no es un recurso lingüístico: “No menciones su nombre; la matarán si se enteran”, me advirtió por lo bajo el guía.
María –convengamos en llamarla así- se expresó, en confianza. “Me han amenazado. Dicen que si seguimos reuniéndonos, nos borran. Pero yo no voy a parar hasta que encontremos a mis dos hijos (silencio; todas la miraron atentamente; entró al salón Juana, con su bandeja de comida y la sopa. La nueva presencia alteró por instantes la reunión, hasta que se produjeron las aclaraciones). “Yo… (se quebró y lloró; se tragó la saliva, se limpió la nariz y nadie se atrevió a interrumpirla. Empezó nuevamente ya sin lágrimas) Yo quiero que sigamos reuniéndonos. Que nadie nos pare. Quiero y queremos todas terminar con esta pesadilla”.
Marcela, más joven, miraba, desde la punta de la mesa. Apoyaba su rostro en las palmas de sus manos. “Que terminen las violaciones. Que no nos metan el cuento de la limpieza social ahora…”, amenazó con extender su plegaria humana y terrenal. Pero fue interrumpida por Juana: “Nadie va a borrar de mi cabeza el día en que nos tomaron a todos, violaron a las mujeres y a mi hijo (pausa y nudo en la garganta) le cortaron la cabeza para jugar fútbol con ella”.
El que se quebró en ese instante fui yo.
Tanta dosis de verdad resulta insoportable. Debí salir a tomar aire.
Eran 20 madres allí. Un día antes se juntaron 500 en Medellín. Ya son 6 mil repartidas por toda Colombia y organizadas como “Madres por la vida”.
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Hoy vemos que los diálogos por la paz entre las Farc y el Gobierno colombiano han llegado por primera vez a una luz de acuerdo. Eso ya es mucho: es todo lo contrario a lo que la historia de mitad del siglo pasado y lo que va del presente nos depararon.
El pibe desesperado de Marinilla nos enseñó que el hambre es lo que empujó a su hermano y posiblemente a él a empuñar las armas. No hubo allí principio ideológico para sumarse a los insurgentes ni tampoco el de “autodefensa”. No cuadra en los estándares de reclutamiento del crimen organizado. Es hambre. ¿Qué es? Es necesidad desesperada de salir de una crisis que nadie atiende, ¿qué es? Es, en definitiva, que la lucha entre unos y otros que afectan a miles de personas quitándoles la vida y/o sus propiedades y/o sus seres queridos y/o sus raíces se ha vuelto una forma de vida, parte de la cultura, cuando no un negocio.
Por ello es tan alentador para tantos que se haya llegado a un principio de acuerdo, y desastroso para otros, aquellos a quienes les conviene la continuidad del conflicto.
La discusión está puesta en la distribución de tierra para su uso agropecuario. Si son 250 mil personas las beneficiarias y 800 mil las hectáreas, o más, como reclama la cúpula política de las Farc. Pero acuerdo al fin.
Hasta Estados Unidos ha manifestado su beneplácito por esta instancia. Pero una voz se levantó salvajemente en contra: la del ex presidente Álvaro Uribe, quien insiste con un discurso duro, como es el de “no negociar con criminales”.
Hay gente a la que no le interesa que haya paz. Frenar la guerra es cerrar un mercado de armas, de narcóticos, de sanidad y medicamentos, de reconstrucción. Esto porque puede decirse que hay una especie de "boom económico de la guerra".
Sobre eso, hace unos años, el ex líder del M19, Oscar Navarro Wolf -ahora, un destacado dirigente político colombiano-, me contaba que los guerrilleros y el Gobierno hasta podían comprarles las armas a los mismos proveedores estadounidenses. Por ello, ¿alguien tiene duda de que esos "proveedores" harán todo lo posible para que no se acabe la masacre?
La verdad es que la sangre corre por el mapa de Colombia desde hace décadas y aquí hay una oportunidad de que coagule, aunque el dolor siga. Primero, la insurgencia surgió por considerarse excluida por la política. Cuando comenzó a incluirse y participar en las elecciones, sus representantes fueron asesinados, aun ocupando cargos electivos, votados por la ciudadanía. La ramificación de la violencia armada incluyó a pobres y ricos, al Estado –que se hizo el tonto cuando los empresarios de “autodefendían” de los guerrilleros, por fuera de la ley y la
ley no existió nunca, directamente, para quienes avasallaron pueblos, violando,
secuestrando y matando.
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El sábado 21 de marzo de hace 4 años, luego de bordear selva y campos sembrados de cacao, con chimeneas humeantes de olor a chocolate, arribamos a Marinilla, un municipio colombiano cercano a Medellín en el que se fabrican guitarras y cuya bandera local recuerda a sus habitantes la “obligación de proteger a los huérfanos”.
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En la noche anterior, Yonalber Stiven Villegas, un pibe veinteañero, tomaba cerveza a unos 200 metros de la Iglesia de la Asunción, cuando un par de balazos congelaron su vida contra el muro de la Casa de la Cultura, en la entrada del Museo de los Cristos. Allí quedó.
Me llevaba al lugar la invitación a dejar las armas a quienes las estaban usando. Algunos, desde hace pocos días. Otros, desde hace décadas, bajo alguna “necesidad”: defenderse de las Farc, atacar a las Farc, “proteger” sus fincas, cultivos y animales, “autodefenderse”, y muchas etcéteras, según en boca de quién se pronuncie la justificación.
En el muro del Museo que alberga miles de crucifijos, incluida una svástica, todavía estaban las balas. En la iglesia velaban a Yonalber y me tocó ir al acto
religioso. La tarea empezaba por el final: un muerto minutos antes de que se
abriera un encuentro para resguardar la vida de la violencia armada que en
Colombia representa una epidemia endémica.
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En medio de ese clima nos dispusimos a hablar con los jóvenes. La idea, el propósito: evitar su reclutamiento por grupos armados, cualquiera fuesen estos.
Con las autoridades acompañando, expertos amigos y anfitriones de las organizaciones colombianas que trabajan por terminar con el conflicto, nos dispusimos a hablar y a escuchar en un teatro lleno de gente dolorida por lo reciente pero afectada por lo permanente: la guerra.
Desde el fondo, un joven interrumpió no bien comenzada la charla. “¿Qué hay? Si mi madre se muere de hambre, yo tomo las armas, ¿y quién me lo va a impedir? Pasamos semanas sin comida y a nadie le importa. Mi hermano se fue con ellos, no lo vimos más, pero seguro que come todos los días”.
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Si queríamos realidad, ella se estaba plantando de cuerpo entero, cruelmente frente a los supuestos “especialistas en conflictos”. La jornada fue larga, los resultados los veremos con el tiempo y el trabajo de las organizaciones locales, no cesó nunca.