Opinión
Desahuciados
Y un día vino una niña caminando despacio por la vereda sombría y fría y tocó mi puerta para pedir plata para la leche y el pan. Mi respuesta fue la de siempre, portero de por medio, “no mi amor, no tengo”; y así. Entonces pensé en el abandono que le propiné a esa niña y me tendí sobre la cama, abrazando la almohada.
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Tenía su cara grabada. A la media hora salí corriendo a buscarla por el barrio, golpeando cada puerta, preguntando si no la habían visto, si no sabían para adónde podría haber agarrado -si para la derecha o para la izquierda, si se había hundido en la tierra o había salido disparada como una bengala hacia el cielo.
Nadie sabía y mucho menos quería atender mi preocupación a eso de las siete de la tarde, cuando la noche se apresura y el frío cachetea. A esa niña la hemos abandonado para siempre, pero de la peor forma, de la más cruel, puerta por puerta, minuto a minuto. Y yo fui parte de esta sociedad maldita.
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Deberíamos, pensé, tener un arma cada uno para armar un ejército de andrajosos y proyectar el gran golpe de una buena vez. Deberíamos pedir armas por las casas. Plan canje. Internarnos en el piedemonte y fundar un pueblo nuevo. Una tribu de depresivos, cojos, paralíticos, ancianos, niños abandonados, hambrientos, esquizos, perros mutilados y a la deriva. Una especie de “operación mutante”, a lo Alex de la Iglesia.
Ejercer el total aislamiento social para morirnos todos juntos de a poco, de sed y de hambre, de dolor y de angustia. Abandonarnos hacia la nada. Romper la conexión, cortar los cables, desenchufar todo lo que teníamos. Realizar una experiencia de muerte asistida por abandono.
Cada desahuciado tendría una causa por la cual morir. Fundar un lugar de iguales y de pares, una mísera y efímera identidad donde sumergirse al menos por unos meses hasta escupir la última saliva del desencanto. Hacer una gran convocatoria a los que perdieron el sentido de todo, de cada paso que dan; y ya.
Que el amparo sea el desamparo de los derrotados por la indiferencia, la melancolía, el desamor y la burla. Una pequeña sociedad de locos del dolor. De paso, le hacemos el trabajo a los demás, a los que quieren eliminarnos, a los que nos persiguen y a los que nos quieren incluir desde asociaciones de caridad. Una gran aldea que nos cobije por unas horas o unos días, como tienda de campaña en una guerra, sin médicos.