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Opinión

La última vez siempre y nunca

Miren por la ventana a las siete de la tarde, puede que sea el último trago.

Una noción desesperanzadora para el humanismo -pero real- es pensar las cosas al revés, darlas vuelta como a una media y vestirse con cada prenda por las costuras abiertas.  Siempre hubo una primera vez, se dice. Yo pienso que no, que no hay una primera vez.

Por el contrario, cada acto es el último. Siempre es nunca. Ayer no existió y mañana no se sabe qué será. Ahora, ya, en este instante, es por excelencia el último acto, la última vez que lo hiciste, como una despedida permanente del mundo paso tras paso.

Se ama por última vez, se nace por última vez, se come por última vez, se camina o se duerme por última vez. Cada episodio, por ejemplo, disparar una fotografía, “el click de la muerte”, dijo Barthes, es una forma de desaparición, una búsqueda constante del sujeto por desaparecer de este mundo de una vez por todas, inconscientemente.

El último café, la última noche. “Me voy lejos porque no quiero olvidarte”, dirá el poeta. Escapamos de la idea de que todo lo que hacemos es una liturgia de despedidas. Los últimos besos son los que dimos y no sabemos jamás si vendrán otros. Pues sí, hay que decirlo con Los Alcoholes, “se nace para vivir, se vive para morir”.

Es que jode pensar así, y mucho. El optimismo es la religión que todo lo niega, que no acepta que estamos solos arrojados a la vida abstracta. Ser de última es ser. Siendo, eso, estamos siendo.

Las cárceles de la familia, de la escuela, del trabajo, son determinantes y condicionantes para movernos como peces con sentido. Pero esos peces están en la pecera y no en el río turbulento, despojados de la luces y de los mapas. Hay peces náufragos que se agrandan por el volumen de agua y por la capacidad de movimiento y otros que deben resignarse al tedio del tope.

Miren por la ventana a las siete de la tarde y verán las delicadas sombras del otoño. Háganlo por última vez. Prueben. Puede que sea el ú ltimo trago.