200 condenados en un casino de Mendoza
“Estás fuera de la vida jugando y perdiendo”.
Luis Alberto Spinetta.
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Envejecer se parece mucho a la estupidez, especialmente, cuando te das cuenta de que ya no podés darte el placer de mirar pasar las horas sin más. No hacer nada, rascarse el higo, perder el tiempo, es un lujo de jóvenes y de sabios y no soy ni una ni la otra cosa.
Así el asunto, empecé a caminar hacia cualquier sitio, con la excusa de sacar unos mangos del cajero y de comprar algo para la cena. Caminaba oyendo “Spinetta y las Bandas Eternos”, un disco lleno de poesía y de ternura. Para quienes amamos a este músico y tanto le debemos, su muerte es como un gran signo de pregunta, una forma del aturdimiento que no logramos descifrar. Aun sabiendo que todo muere, ¿cómo es posible que el Flaco se haya muerto? Para muchos de nosotros, atado a su nombre, están varias de las mejores páginas de la vida y la contratapa de todos libros que la buena memoria transformó en músicas.
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Mientras camino tarareando sus canciones, me encuentro ya frente a la puerta de un casino. He de decir, ya mismo, que la idea del azar guarda para mí un atractivo superior. Saber que, finalmente, todo es pérdida, todo es caída y, aun así, encontrar placer en la evidencia del descenso e intentar dar con la cifra exacta es una experiencia seductora.
Uno no juega para ganar, a fin de cuentas, sino para encontrar sentido a la caída. Jugar es como vivir, ni más ni menos. Ahora bien, una cosa es buscar el azar como única ley, como decía Borges, y otra muy distinta contemplar el paisaje con el que me encontré al entrar a ese lugar para sacar plata de su cajero.
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Confesemos algo más: a mí no me gustan los casinos, más allá de que supe frecuentarlos cuando joven, pero de puro hijo del viento que lucía cuando las noches se iniciaban (bueno, cuando terminaban también). Entrar a un casino con una señorita hermosamente zarpada con minifalda y risotadas o con un par de amigos francamente de la cabeza a un sitio lleno de luces y sonidos psicóticos, comerciantes adictos, promotoras sin encantos, racimos y racimos de gente bizarra o lobotomizada y guardias de seguridad que llevaban trajes sin elegancia, era, por aquellos años, todo un paseo, al iniciar una noche que podía terminar en cualquier sitio: Ingeniero Giagnoni, el cabaret de un amigo, las sábanas de una amiga o el laberinto del Parque.
El tiempo pasa y uno cambia, por suerte; no importa hacia dónde, lo importante es que uno cambie. Sin embargo, lo que vi la otra tarde fue algo distinto, de la existencia como forma de viaje y de alimento.
El asunto es que no había vuelto a un casino y, al entrar, Spinetta dejó su guitarra e hizo silencio en mi cerebro: siendo aún de día, en este estupendo otoño, por aquí y por allá, me encontré con decenas y decenas y decenas de gente agonizando frente a máquinas tragamonedas. Las luces les daban en la cara como azotes incontables.
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Las jetas contra las pantallas como en una jaula al revés, tirando de una manija como de las puertas de San Pedro, esperando un milagro que no habrá de producirse. He aquí el invierno del alma, amigos, el hotel de las almas sin norte, el purgatorio que no llegó a imaginar el Dante y pido perdón a quienes no asuman la condición descripta, pero cierto es también que la generalidad no los contiene.
Miren a esa pobre gente como fantasmas esperando que de la máquina brote un Cristo que les venda lo que vivir les quita. ¿Cómo puede haber tanta soledad? ¿Cómo puede haber tanta tristeza, tanto abandono, tanta ilusión marchita?
De toda la gente que había, el 80% era claramente humilde. De todos los que allí sobrevivían frente a la quimera de un puñado de pesos, parecidos a free-pass del paraíso, casi todas eran mujeres.
A todas luces, a demasiadas luces, queda claro que, ahí, a nadie le sobraba nada. Mujeres que viven al día, mujeres solas, mujeres tristes, mujeres aburridas, mujeres silenciosas como esclavos negros en la bodega de un barco. Y un par de hombres, también, con aspectos de taxistas derrotados, cooptados por la eficacia de esta muerte en cuotas. Nadia hablaba con nadie. Cada tanto, alguien ganaba unas monedas: he ahí el anzuelo para atrapar corderos.
Al final del día, todos volvieron en micro a sus hogares, mirando ahora por la ventanilla, manteniendo el silencio y creyendo, quizás, que mañana todo será mejor, pero no.
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A mí no me vengan con la mierda esa de la ayuda social que se concreta con lo que recaudan los casinos. Los que son privados son vampiros que se llenan de plata con sangre barata. Los que son públicos son vampiros también, que destinan parte de la sangre recolectada a sanar las mismas heridas que provocan.
No me gustan los casinos. No me gusta que sitios hermosos como Uspallata o San Carlos, por ejemplo, tengan estos espacios donde la gente va a perder lo que no tiene. Pongan un cine, un teatro, un centro cultural, un gimnasio, una cancha de bochas, un bar con boleros para enamorarse o tangos para olvidar un amor, una pileta para los pobres en verano, otra pileta para los pobres en invierno, no sé.
Tengo bien en claro que lo que piense no le importa un pito a nadie y que, mientras tanto, los casinos ponen fortunas en los medios de comunicación para hacernos creer que podemos ganarnos una buena pasta o un cero kilómetro en un ratito. También tengo en claro que esto también es parte de la generosa hipocresía en que se mueve este negocio al que se denomina periodismo.
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Sin embargo, lo diré: los casinos no son lugares para ganar, sino para perder. La gente que va mucho a los casinos no está bien, está sola, incluso, desesperada y enferma. Y ya mismo pido disculpas a quien no lo esté y, sin más, desee tirar su fortuna por la escotilla, previa consulta con su familia sobre si a los naufragios se los puede considerar aventura y al despojo total, lastimoso y repentino una forma franciscana de virtud.
Mi vida no es mejor que la de nadie. De hecho, tengo problemas estupendos. Soy puesto a prueba por los días para recitar lo que aprendí; soy el centro de un mar de dudas; soy el muelle de macabras injusticias indecibles; soy también víctima del azar y de mis malas decisiones.
No obstante, puedo decir, luego de ver lo que vi, y a pesar de todo, que no están buenos los casinos, sobre todo, para personas que perdiendo apenas un poco, lo pierden todo, empezando por la propia estima.
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Salgo a la calle, con mi dinero en los bolsillos, que luego habré de entregar, sin ninguna clase de jueguitos, a un supermercadista malvado, como todos (la vida no es fácil para nadie; es un hecho, alguien siempre te termina cagando).
Cruzo la calle. Y ya no tengo nada más que decir. Vuelvo a Spinetta, mientras el mundo sigue su curso, hacia el despeñadero, sin el menor indicio de arrepentimiento. Dejo que el Flaco cure mi fiebre, con su dulce voz incendiada contra este crepúsculo imposible, pero para nadie…
"Una vez vi que no cantabas
y no sé por qué.
Si tienes voz, tienes palabras
déjalas caer.
Cayéndose suena tu vida
aunque no lo creas.
Cuánta ciudad, cuánta sed
y tú, un hombre solo.
Cuánta ciudad, cuánta sed
y tú, un hombre solo.
Cuánta ciudad, cuánta sed
y tú, un hombre solo".
Ulises Naranjo.