Catolicidad al palo, peligros y oportunidades
La elección del primer papa católico proveniente de América Latina, y de nacionalidad argentina, ha marcado un hecho histórico y sorprendente a la vez, ya que ni el clero vernáculo, ni el laicado domesticado daban un céntimo por el ahora Sumo Pontífice Francisco.
Pudo observarse en un breve período (desde que Benedicto XVI dejó su cargo, hasta la última elección papal), la expresa confirmación de la corrupción de una de las instituciones menos transparentes de planeta, y que años atrás era negada o calificada como “ataques”: epidemia de abusos sexuales del clero, ocultada por años por el papa Wojtyla y el cardenal Ratzinger, corrupción financiera, espionaje y luchas de poder interno, violación de derechos humanos, por mencionar algunos hechos. Se necesitaba urgente un cambio. Y llegó con sorpresa: papa americano y argentino. Cayeron todas las apuestas.
Y vinieron las reacciones. Apareció primero el chovinismo: “Tenemos a Messi, a la futura reina Máxima y… ¡al papa argentino! ¡Somos los mejores! Hasta la gaviota de la especie “Larusargentatus” se posó en la chimenea donde salía la fumata.
No importan las ideas del sujeto en cuestión ni el modelo de sociedad que trae debajo del brazo,y por el cual militó hace poco tiempo. El patrioterismo también trajo la rabieta de aquellos que se disgustan por la crítica que los sectores pensantes de la Argentina hacen a Bergoglio:“Quienes lo critican no saben nada”, “tienen una actitud pequeña”, “no pueden superar su odio”, “hay una campaña de difamación”, “no tienen grandeza”, “cualquier pregunta que cuestione a Francisco está fuera de lugar”.
Se hacen presentes las palabras de la teóloga católica Uta Ranke-Heinemann cuando afirmó que “la Iglesia llama al hombre a la fe y no a la reflexión. Y así, el hombre se ejercita durante toda su vida en la gimnasia cristiana de decir sí y amén. En una religión que alaba al que cree y nunca al que duda, los que preguntan se quedan sin bendición y llegan a resultar sospechosos para algunos creyentes. En ese contexto, el preguntar es una virtud cristiana aunque rara vez sea una virtud de los cristianos” (1).
Segunda reacción: la papolatría, la exaltación del líder religioso que roza el infantilismo. Desde el club de fútbol del que el papa es adepto, su noviecita de la juventud, sus viajes en subterráneo por Buenos Aires, hasta su hábito de prepararse la comida, su vida austera, todo vale para sacralizar en un instante al personaje en cuestión. Nada nuevo en el crónico comportamiento idolátrico de los católicos observantes.
Dichas reacciones no son extrañas. Es sabido que el catolicismo que se practica en el país es superficial, meramente cultural. La religión de la mayoría de los argentinos es una manifestación epidérmica y difusaque se observa a simple vista, necesitada de imágenes, símbolos y gestos episcopales muchas veces fingidos. Y el culto al nuevo líder pasa a primer plano. Utilizando una expresión de los músicos: ¡La catolicidad al palo!
Pero dejemos a los compatriotas festejar, no seamos aguafiestas consus sinceras emociones y lágrimas ante el innegable hecho histórico. Ahí no está el agujero del mate.
Los peligros
La elección de un nuevo papa católico no pasa por la parafernalia y circo mediático que se montó y que la Iglesia necesita como cualquier corporación religiosa. La cosa es más seria. Además de un líder religioso, se eligió al jefe de estado que gobierna la última monarquía absoluta de Europa,y que siguiendo su política internacional, pretende pasar por sobre las soberanías nacionales para indicar a las sociedades del siglo XXI cómo deben pensar y vivir.
Su dios no admite disensos, ni pluralidad ética, ni juicio crítico, mucho menos autonomía moral. Los dos últimos monarcas lo dejaron bien claro aunque con resultados muy desalentadores para ellos y para la institución. Por eso, es interesante detenerse en la perspectiva de análisis que justifica la elección de Bergoglio en argumentos geopolíticos.
Los dos escenarios en los que deberá trabajar el nuevo papa son igualmente complejos. El plano interno, compuesto por la referida corrupción en todos los niveles, estructuras, normas, organismos y doctrinas. Asimismo, habrá que ver si tiene la valentía de hacer respetar los derechos humanos de los católicos violados sistemáticamente dentro de la institución.
El plano externo es el punto. Y dentro de él, aparece el continente latinoamericano donde reside la mitad de los católicos del planeta, aunque no practiquen la religión. El Vaticano no hace diferencias entre mayorías sólo nominales de bautizados y la minoría que adhiere a sus doctrinas, celebra ritos y cumple mandatos morales. Todos entran en la misma bolsa y son utilizados para mantener privilegios políticos y jurídicos.
Es esta mayoría “dibujada” la que preocupa hace tiempo al Vaticano por varias razones. Primera, porque el corpus doctrinario y dogmático no da respuestas a los católicos que prefieren “creer sin pertenecer”, o refugiarse en otras religiones. La ideología clerical resulta obsoleta en los tiempos que corren y la constante sangría de fieles así lo refleja. Segunda, por la creciente autonomía espiritual de los católicos, una paulatina “protestantización” de sus bautizados que ya no necesitan “representantes” de lo sagrado, mucho menos a la organización que los nuclea. Se conectan directamente con la divinidad. La crisis de instituciones dadoras de sentido, al decir de Mallimaci, también la sufre la Iglesia Católica. Tercera, los gobiernos populistas de América Latina que, sensibles a los reclamos de la realidad plural del continente, gobiernan y sancionan leyes a espaldas de los postulados católicos, construyendo el único marco social posible que incluye a todos y todas: la laicidad. Las leyes sobre matrimonio igualitario e identidad de género son dos ejemplos en nuestro país. Se le suman los reclamos, presión política y visibilidad de diversos grupos identitarios ya sea por su género, religión, o etnia, constituyendo fenómenos sociales contra los cuales el catolicismo romano no tiene respuestas.
Los indicadores mencionados, que se extienden a todo el continente, son peligros reales para el Vaticano. Las sociedades y gobiernos latinoamericanos se les están yendo de las manos y hay que actuar rápido.
La línea de pensamiento que comentamos es también seguida por el periodista Vittorio Messoriquien sostuvo: “¿Y en este Cónclave? En éste, pensaba, había espacio para otra elección geopolítica que esta vez era verdaderamente urgente, es más, urgentísima, incluso aunque en Europa no se conozca la seriedad del suceso. Es decir, que la Iglesia romana va a perder lo que consideraba como el «Continente de la esperanza». El Continente católico por excelencia en el imaginario colectivo, gracias al cual el español es la lengua más hablada en la Iglesia. De hecho, Sudamérica abandona el catolicismo al ritmo de miles de hombres y mujeres cada día. Existen otras cifras que atormentan a los episcopados de aquellas tierras: desde el inicio de los años ochenta hasta hoy, América Latina ha perdido casi una cuarta parte de sus fieles. ¿Adónde van? Entran en las comunidades, sectas, iglesias de los evangelistas, los pentecostales que, enviados y sostenidos por los grandes financiadores americanos, están llevando a cabo el viejo sueño del protestantismo de los Estados Unidos: terminar con la superstición «papista» también en este continente. Hay que añadir que los grandes medios económicos de los que disponen los misioneros atraen a los muchos desheredados de aquellas tierras y les inducen a entrar en comunidad, donde todos son sostenidos económicamente también. Pero también está el hecho de que las teologías políticas de los decenios pasados, predicadas por curas y monjes convertidos en activistas ideológicos, han alejado del catolicismo a aquellas masas deseosas de una religiosidad viva, colorida, cantada, danzada. Y precisamente en esta clave el pentecostalismo interpreta el cristianismo y atrae riadas de tránsfugas del catolicismo. Por tanto, los padres del Cónclave probablemente habrían valorado la urgencia de una intervención, según un programa propuesto y gestionado por la misma Roma, tomando posesión como Papa uno de este Continente. Aunque la hemorragia viene sobre todo de Brasil y de la América andina” (2).
El diagnóstico responde a indicadores que se verifican en la realidad. Y junto a ellos aparecen en el horizonte los peligros para la laicidad, si se tienen en cuenta las ideas del nuevo papa, su oposición política contra las últimas leyes sancionadas en nuestro país, y el modelo social integrista por el que militó, claramente distópico y discriminatorio, idéntico al que pretendió implantar la última dictadura militar.
Las oportunidades
La elección de Francisco dará ocasión para evaluar el grado de madurez de la clase política argentina y la coherencia de la clerigallalocal,adicta a la pedanteríapor considerarse “depositaria de verdades” que hacen al “ser nacional”.
Frente al indudable hecho histórico, la clase política tiene una excelente oportunidad para demostrar que ejercerán la representación popular sin complejos, sin anteponer su religiosidad, gobernando para todos y todas. Lo contrario será cumplir el rol de representantes de la institución más antidemocrática del planeta, haciendo prevalecer los intereses del papa por sobre los de la sociedad plural y laica.
¿Se atreverán a gobernar y dictar leyes en contra del pensamiento del papa Francisco? En este orden la reforma del Código Civil, la elaboración de protocolos sobre aborto no punible, y la futura ley sobre interrupción voluntaria del embarazo serán pruebas de fuego que resaltarán los niveles de madurez y autonomía de los políticos argentinos, o su servilismo y obsecuencia hacia el poder religioso.
En la vereda clerical, la publicitada “humildad” y “austeridad” del papa permitirá evaluar si los obispos argentinos estarán dispuestos a seguir a su referente religioso, y si las huestes integristas serán capaces de presentar proyectos de leyes que eliminen los insostenibles privilegios con que cuentan sus líderes espirituales.
Diversos son los planos donde podrán practicar la humildad que pregona el papa: pedir la derogación de las leyes de sostenimiento económico con que los genocidas militares los beneficiaron (el propio Francisco les ha dicho que quiere una “Iglesia pobre”); rendir cuentas del destino de los fondos públicos con que se les paga la “asignación mensual”; solicitar audiencia al Poder Ejecutivo para pedir por la igualdad de trato de todas las religiones que operan en el país; reconocer que sus símbolos religiosos invaden los espacios públicos y violan la libertad de conciencia de los ciudadanos no católicos; no entrometerse en las políticas públicas laicas; respetar el pluralismo ético de la sociedad argentina; abrir los archivos secretos relativos a su actuación durante la dictadura militar; expulsar a los genocidas y abusadores sexuales de sotana que aún mantienen. Y los actos de humildad podrían multiplicarse.
Más allá del chovinismo y cursilería episcopal por el nombramiento de Francisco, sus peligros y oportunidades, el desafío ciudadano será continuar la lucha por mayor libertad contra las férulas eclesiásticas.
La sociedad laica viene de soportar dos pontificados de corte totalitario que no ha tolerado que varones y mujeres opten por la libre búsqueda del sentido de la vida, sin coacciones del dios católico. Por eso el pontificado de Francisco empezaría mal si pretende imponer a los ciudadanos argentinos, creyentes y no creyentes, cuál es la voluntad de su dios.
Tal vez un criterio acertado sería el sostenido por Eugen Drewermannquien dijo: “A mí me parece que no deberíamos aguardar a que cada uno deba hacer lo que Dios tiene q ue decir en su vida. La alternativa a una Iglesia enfermiza no es otra Iglesia distinta o mejor sin más, sino unas personas libres. En ellas fundo mi confianza. ¡Dios no quiere esclavos!” (3).
(1) Ranke-Heinemann, Uta, No y amén. Invitación a la duda, Trotta, Madrid, 1998, p. 13 y 14).
(2) Messori, Vittorio, Una apuesta geopolítica, en www. infocatolica.com/?t=opinion&cod=16789
(3) Hagg, Herbert y Drewermann, Eugen, No os dejéis arrebatar la libertad, Herder, Barcelona, 1994, p. 101.