Opinión
Crónica de una noche
Cinco minas bailando solas. Un colombiano buscando rosca pa pelearse porque entró al bolichón caminando como rapero y mirando fiero. Las barras, las cervezas que vuelan, las bocas que escupen espuma. Música y proyecciones del abismo.
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Vírgenes, santos, fetiches; un ángel de la guarda a elección con la remera de Iorio. Fue esa noche, la noche del final, la noche de los fantasmas tristes con remiendos en sus sábanas. Un estiletazo de fines de setiembre.
Vida siempre. Un par de comanches en la puerta sin dejar entrar ni salir. No hay un solo amor en la noche. Carcajadas y jetas con espuma de la rabia. Un cumple de cinco personas en ronda, un fuego, gritos que no se escuchan. Allí todos.
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Una pareja que no se besa ni se toca ni se mira ni se habla. Desfilan las cabras en la alameda. Coyotes sueltos, un barco encallado en una esquina dificulta el tránsito. La verde silueta de Águeda que no baila. Los bolsillos llenos de arena blanca del Mar Caspio.
La noche pasa como un relámpago con sed de mal. Estamos parados sobre una tundra. Pasan los camellos sobre un lago artificial. Se hunden, se ahogan y solo se ven en la superficie sus joroban que flotan para el turista.
Los platos vuelan de un departamento y es un espectáculo verlos. Quiero huir y no puedo. Los comanches no dejar salir. El desvarío se multiplica como peces en el barro. Saltan dos amigos por la ventana y tienden una soga hecha de ropa. Por ahí puede estar la salida.
Es una cárcel la ciudad maldita. La gente revolea los micrófonos de todos los bares. El sol es una ilusión. Una letanía de mendigos mutantes. No hay viento pero vuelan sillas. En 50 años seremos pericotes de alcantarilla que nos encontraremos en la ciudad subterránea. Y arriba el silencio, la nada, la metáfora de lo que quede y no encontraremos. La contaminación de la iconósfera.
La noche, como el amor, es dejar ir.

