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Opinión

Mercado lingüístico: "orto" es una mala palabra y “konchuda” es una buena palabra

Los sectores más privilegiados históricamente tienen una misión y han empezado a desplegar el plan. Primero la diatriba mediática y luego la mano invisible de la supuesta movilización espontánea que golpetea cacerolas y ollas.
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Voltear a Cristina. Un fantasma recorre la Argentina por estos días. Y no justamente se trata del fantasma del comunismo como rezara Marx en el manifiesto de 1848 cuando describiera la situación Europea de aquel entonces. Es el fantasma del golpe destituyente. No demos más vueltas con el pedido de grises para analizar la realidad política local o latinoamericana.

Existe, claramente, una línea de demarcación, como una zanja profunda que divide al país de dos grandes bloques de poder político, económico y social. Aquí no hay lógica binaria señoras y señores que pueda ser sorteada con matices, peros, equilibradas reflexiones sobre lo malo y lo bueno de uno o de otro bando. No. Hay dos veredas, dos proyectos de país, dos caminos a seguir, dos. De un lado o del otro. Y que esto exista no siempre es malo o peligroso cuando se trata de una relación democrática con el todo, con el conjunto.

Aclaremos que pararse desde una visión democrática es bastante impreciso toda vez que la noción de democracia está teñida por tradiciones teórico políticas, ideológicas que sostienen aquella apuntalando modelos concretos. No hay democracia ni democracias en abstracto, en todo caso “tipos ideales” al decir de Max Weber. Lo que sí hay son democracias en concreto en formaciones sociales concretas.

Uno tiene lo que construyó en base a una idea pero nunca tiene la idea acabada en la realidad efectiva, tiene lo construido concretamente como expresión aproximada de la idea. En fin, este rodeo viene a cuenta de lo que está pasando en Argentina en los últimos días. Como todos ya sabemos el día 7 de diciembre se pone en plena vigencia la ley de medios audiovisuales. Una ley ya tratada, discutida, votada y aprobada en el Congreso de la Nación. Ese día, las empresas vinculadas a la comunicación, los monopolios, los oligopolios, los que concentran canales, radios y diarios, debieran ya haberse despojado del exceso de sus posesiones en pos de la diversidad y pluralidad de ideas.

Por ejemplo: Clarín tiene 240 licencias y podrá, según la ley tener 20. Ahí está la clave. Clarín, el diario argentino por excelencia se ha constituido junto a sus filiales y fieles colegas de medios pelos en la cadena ilegal de comunicación y no quiere dejar la torta ni siquiera trozos de ella. Saben que les está llegando el día D y están haciendo todo lo posible desde el punto de vista legal para impedir desprenderse de su paquete accionario.

Pero no todo queda allí para Clarín en tanto defensa. Sabe, muy claramente, que el poder político de la Presidenta le hará caer todo el peso de la ley si no cumple con la misma. Por eso este clima destituyente, y hasta golpista me animo a decir. Ya no pelea con la mentira y las noticias de la mentira. Quiere movilizar a una parte de la ciudadanía para distraer el objetivo.

Y la oposición política borrega de Clarín y de los grandes poderes corporativos ha dado el sí para hacer el papel de clown y de bufón del multimedio. Se han prendido por acción y omisión, por participación deliberada o por distraídos en las maniobras de Magnetto y compañía.

Una ley revolucionaria por donde se la mire, intenta destrabar la mirada única a través de la cual se alimenta ideológicamente una grandísima porción de la población nacional. Y como esto implica romper con el negocio que no es solo comunicacional sino que está ligado a la especulación financiera, a la fuga de capitales, a los intereses egoístas de los terratenientes y de la gran burguesía trasnacional, se ha propuesto el objetivo de voltear a Cristina o al menos intentarlo, fogoneándo estas marchas del odio en el país, masivas por cierto, de la que se han hecho eco una importante franja de los sectores medios y altos.

Los sectores más privilegiados históricamente tienen una misión y han empezado a desplegar el plan. Primero la diatriba mediática y luego la mano invisible de la supuesta movilización espontánea que golpetea cacerolas y ollas. Se sabe que la gente no salió sola de sus casas. Se sabe que hubo una cadena de mails, eventos y sitios en facebook convocando a que se vaya la yegua de Cristina (así decían) que el oprobioso discurso de las marchas no era pacífico, que la transmisión en vivo de las manifestaciones no era inocente, que las reflexiones post marchas en los canales, radios y diarios ponderando la expresión “popular” por boca y pluma de los periodistas de la cadena del odio no fueron inocentes, objetivas ni reflexivas.

No. Han decidido voltearla y no es paranoia. Hay una ola, un tsunami antidemocrático destituyente y golpista en el país del cual hay que estar atentos, precavidos, en guardia y movilizados para impedirlo. Quieren caprichosamente igualar estas marchas a las del 2001 con la caída de De la Rúa, otros las quieren analogar a los meses finales del gobierno de Isabel Perón. Lo penoso de todo esto es que la oposición lo sabe y no sale a decir nada. Es más, ni tan siquiera reprocharon los carteles macabros y misóginos de las marchas. No los vieron, se distrajeron justo cuando los pasaban por la tele o eran publicados en los diarios.

Algunos los entienden, justificándolos, como parte de un descontento legítimo. Eso sí, a Moreno lo sacan 58 veces por día diciendo “Que se metan la cacerola en el orto”. Moreno es moreno, negro y peronista y decirlo es parte de su ADN bárbaro y autoritario. Pero en boca de la gente bien es un reclamo legítimo. Una expresión de mayor libertad. Un deseo de prosperidad. El mercado lingüístico discrimina que “orto” es una mala palabra en unos y “konchuda” es una buena palabra en otros.

Vieron cómo es el mercado…lingüístico, boca sucia, malhablado.