Opinión
La vida como provocación
En el fondo todos queremos vivir en paz. Es un como un mandato sociobiológico de nuestra naturaleza material y simbólica. Vivir en paz: tener un laburo digno, ganar unos mangos para solventarnos necesidades de todo tipo. Materiales, espirituales, creadas por el mercado. Leer a los que les gusta leer y poder comprar un millón de libros, comer rico, comprarnos ropa, alimentar a nuestros niños y que sean felices. Juntarnos con la familia y con amigos.
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Realizar actividades sociales, solidarias, crear, procrear, tener un techo con un jardín con muchas plantas verdes y flores que se trepen por la muralla lindera. Gozar de una buena salud y que también la gocen nuestros familiares y amigos, vecinos y conocidos apreciados. Tener un refugio religioso, pagano, futbolero, musical.
Sin embargo ese mandato está atravesado, contrariado y acorralado por la pulsión y tensión dialéctica de la que se constituye la vida. Vivimos pues luchando: contra las exigencias cotidianas, las enfermedades, la muerte inevitable. Somos cuerpo, somos siendo.
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Por eso la vida es una provocación a la muerte. Vivir es provocar a la muerte, lidiar con ella, gambetearla, sortearla, limitarla. Somos también muerte. La muerte como proceso permanente de desgaste del cuerpo y de la mente. Aquí que nace un niño y allá que muere un hombre. Una balanza que se inclina según la demografía societaria.
La vida provoca, te pone palos y te da palos. Luchar por la vida es, en cierta forma, luchar por estirarla, plagada de contratiempos. La vida es crispación también, adrenalínica. Y si concebimos que así vayamos a los tumbos como un barco a la deriva, con el capitán desmayado, nos queda agarrar el timón sin saber nada de navegación en pleno río.
Unos se paran para luchar por lo que se les viene negando hace años y dan pelea como gatos a la madrugada arriba de los techos teniendo como único arbitro la luna celosa. Otros conservan sus conquistas, de clase. Los dos elaboran sus discursos para entender el camino adoptado y los despliegan en todo territorio, el cual a veces es tierra de nadie y van por la conquista.
En ese devenir se nos va la vida en plena crispación, luchando contra el odio de los que cuando ven que la riqueza social generada por el conjunto se pone en cuestionamiento. El orden se pone en cuestionamiento. Y el reclamo que deviene del cuestionamiento genera en los otros el odio social. La ira, la perversidad, el deseo macabro.