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Opinión

Los subversivos de enfrente


Una fría mañana de la semana pasada, mientras viajábamos rumbo al Normal llevando al menor de la familia a cumplir con su sagrado derecho/obligación de educarse, María Elena Walsh nos amenizaba el viaje con sus ya tradicionales canciones infantiles. En esos avatares musicales andábamos cuando, tras la famosa línea de “mañana se lo llevan preso a un coronel, por pinchar a la mermelada con un alfiler” recordé, con nostalgia y preocupación, la primera vez que escuché esa canción: fue en otra Escuela Normal, en San Rafael,  en una de las varias clases de música que tuve en mi primaria, en la primera mitad de los ´70. La señorita “Gringa”, además de María Elena Walsh (recuerdo claramente las canciones de tomar el té y la de la vaca estudiosa) nos enseñaba música de verdad: con ella por única vez en mi vida escuché hablar en una Escuela de corcheas y semifusas, algo que ya olvidé.

Pero la señorita Gringa, además de mi maestra de música, era la vecina de enfrente. Era la mamá del Ernesto y la Marina: amigo de juegos él, hermana mayor ella, además de hermosa e ignoradora de todos los niñitos del barrio, como corresponde. Y por si esto fuera poco, el marido de la señorita Gringa, papá de sus hijos, es hora ya que lo diga, era “comunista”.
La verdad, a esta altura del milenio, dudo sobre si el hombre (cuyo nombre no recuerdo) habrá sido realmente comunista, socialista, o alguna otra clase de persona considerada non grata por aquellos fascistas que gobernaron el país más de la mitad de los setenta; pero a los fines prácticos, así como un español es gallego y un árabe es turco, bien sabemos que todos los políticamente indeseables eran tildados de “comunistas” por los dueños de la verdad.

Aunque lo importante del asunto es que, por lo bajo, en el barrio se hablaban cosas que claramente los pibes sabíamos que eran mentiras: muchas veces tomé la leche en la casa del Ernesto, servida por su madre, mi señorita Gringa, mientras el padre trabajaba en la habitación contigua; y a pesar de lo que decían las viejas, nunca en esa casa escuché decir “si satanás quiere” en vez de “si dios quiere”, como intentó convencerme mi tía. Y es que es difícil para un creyente entender que un ateo no venera al diablo, que sería tan irracional como venerar a dios…

Lo cierto es que los irracionales igual echaron a la señorita Gringa del Normal. Pero ella y su familia siguieron siendo los vecinos de enfrente, razón por la cual escuché la bomba que les pusieron en la puerta y vi los destrozos que causó la explosión. Vi a los militares requisando las casas del barrio, a un promedio de treinta segundos por casa, salvo la del Ernesto en la que tardaron horas, y de la que se llevaron muchos libros.

Recuerdo también el velorio del papá de mi amigo; el velorio del comunista. Habían sufrido, padre e hijo, un accidente en la ruta que va de San Rafael a Mendoza, aunque creo recordar a mi amigo, que salió ileso, contando que al momento del accidente los perseguían…

Y lo que me llevó a todos estos recuerdos, mientras escuchaba a María Elena Walsh la semana pasada, fue pensar en algo que nunca antes había pensado: ¿de qué habrá vivido, la seño y sus hijos, en aquellos años sin posibilidades de trabajar, sin el marido, muerto en accidente? ¿Cómo esa madre habrá sobrellevado la angustia, no ya solo del alimento, sino de no saber en qué medianoche le pateaban la puerta y terminaban con lo poco que le venían dejando?
Y me sentí, la verdad, ahora como padre del siglo XXI, como un reverendo pelotudo. Éramos niños y vivíamos, sin saberlo, en medio de la batalla, con el coronel pinchando a la Dulce mermelada con un alfiler.

Yo jugué en la casa de la Dulce mermelada, ella me sirvió la leche más de una vez. A mí no me la cuenten. Lo que esos años dejaron en nuestras mentes, en las mentes de los que sobrevivimos, debe mantenernos alertas para evitar que, con coroneles o sin ellos, vuelvan a quitarnos las libertades a fuerza de alfiler.

@prgmez