Opinión
Habría que eliminar todos los casinos del país
A ver si se entiende: los juegos generan guita, mucha guita. Los dueños de los mismos la levantan en pala y como se sabe siempre dan un changüí para que algunos se ganen unos pesos en los tragamonedas o se les dé el milagro de llevarse un fangote. Eso pasa muy de vez en cuando, digo, lo de llevarte un fangote.
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La realidad es que la minoría se puede llevar algunos días 200, 500, hasta mil mangos. Y salen chochos. Otros se hacen el mes con su sistema. Van con 100 y se llevan 300 y así. Los más ambiciosos la ponen y la pierden. Los adictos no pueden parar de perder porque su deseo está en perder todo, inconscientemente. Pero perder todo, como en la vida.
Lo cierto es que los juegos de casinos son una mierda social. Depravados, moralmente vacíos que degradan al ser humano en cualquier parte del mundo. Pero claro, son un gran negocio para empresarios y para el Estado. Ecuador los prohibió hace un tiempo por todo lo que digo. Y no salió en los diarios ni se instaló un debate sobre el tema.
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Me parece que debería debatirse sobre el tema. El juego genera la fantasía de la salvación económica en los giles. Está en las antípodas de la promoción del valor del trabajo como instrumento de inserción social y de dignidad. Allí se va a perder mientras otros promueven la pérdida para ganar.
Es porno. Los casinos son la pornografía del capitalismo que te quema las neuronas. Y lo peor es que encima están asociados al turismo. Se “vende” una provincia con casinos para atraer turistas, rutas del vino extranjero, recorridos por bodegas y la montaña.
Los casinos son como mirar una mina que te baila en un caño en un sector vip y no le podes tocar ni las tetas. A lo sumo eyacular con una fregada. El casino es una fregada que no engendra más que frustración social. Es el entretenimiento más vil, más engañoso.
Habría que prohibirlos de una buena vez, expropiarlos, dedicar esos edificios para capacitación laboral, acciones culturales y todo aquello que genere valor por el laburo y bienestar en el tiempo libre. Aunque no hay tiempo, ni libre.

