Opinión
Negocios para el espíritu
Asistimos a una época particular desde el punto de vista espiritual que presenta nuevas características en los “usos” sociales. En los últimos años, se observa una vasta proliferación de “ofertas espirituales” que exhibe además de las religiones tradicionales, a míticas sectas herméticas y a la globalizada cultura new age. Es quizás, esta última, la que mayor impacto y difusión masiva ha tenido en los últimos tiempos.
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La crisis de los que se denominaron “grandes relatos”, que organizaban la vida y a la sociedad a partir de los ochenta formó el campo de cultivo para estas nuevas “salidas del espíritu”. La iglesia católica, el marxismo y la filosofía liberal se constituyeron en los organizadores del mercado simbólico con zonas ideológicas fuertemente separadas.
A partir del desencanto con estos ejes orientadores, producto de experiencias concretas que negaban la utopía que encarnaban (la iglesia y sus negociados, la caída de los socialismos reales y el belicismo del capitalismo salvaje), surgió un nuevo “re-encantamiento” en el mundo occidental, caracterizado esta vez, por la mixtura de religiones y estilos filosóficos provenientes del oriente adaptados a nuestros contextos (algo así como las hamburguesas de McDonald’s que hoy intentan localizarse a los gustos según el país o región).
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¿El fin de la utopía salvadora de la política?, es tal vez unos de los factores de peso que explican este vuelco-necesidad de refugio del espíritu, de almas incontenidas, de la incertidumbre del sentido. Estas nuevas tendencias tienen un carácter global, es decir, arrasan en todo el mundo como un torbellino que capta la incertidumbre. Cumplen por función restaurar la eficacia simbólica de las identidades y los símbolos en las sociedades en crisis de utopías, pero sin embargo acreditan una gran debilidad: su existencia efímera y sustituible, por otras ofertas que la moda y el mercado generan.
Podemos decir que concurrimos a una frivolización de lo religioso, debido a que sus ideas y orientaciones, están hoy co-producidas por el “espectáculo” del mercado. En él colaboran fuertemente los medios de comunicación, quienes “escenifican” las utopías para el consumo, como en un stand de productos domésticos.
No se advierte un proceso de liderazgo carismático en torno a lo espiritual como caracterizó al siglo XX. Son religiones del presente, dudosas cuanto a su solidez y su afincamiento. La imaginería popular es otra tendencia que se acentuó en los últimos años toda vez que las clases más bajas de la escala social dejaban de ser interpeladas por el discurso oficial de la Iglesia.
¿El “coleccionismo de sentidos” y explicaciones de los que nos rodea, viene a reemplazar a los anteriores relatos totalizadores? ¿Es la época de la religión doméstica y cotidiana, como forma perversa del capitalismo salvaje mundializado?
¿Es un “aura” que estalla en miles de pedazos, pero que en el consumo es re-interpretada a gusto, a la carta, como un menú?
Se vaciaron ya los santuarios tradicionales donde se sacralizaban los discursos: los templos para la oración, la plaza pública para la revolución. Más bien encontramos en la tele y la radio, y desde hace unos años en Internet, las respuestas al espíritu, aquellos hábitos del corazón y la imaginación que tanto promueven los medios electrónicos: el consuelo individualista con la maquina.
Nuestra época, “aparentemente más libre” y menos cerrada a otras formas de pensar, sentir y actuar, se disfraza con estos nuevos discursos. Es la religión y el estilo de vida a la carta según la clase social y el nivel educativo.
En los sectores más ligados al éxito del neoliberalismo (políticos, empresarios, actores, conductores de TV y radio, modelos y músicos) prende más el culto del cuerpo, de los gym, los masajes, y la idea de ser eternamente jóvenes.
En los sectores más vulnerables de la estructura social, reaparece el discurso de la iglesia católica ahora preocupada por las consecuencias del modelo impuesto en los 90, y los discursos evangélicos con una marcada inserción territorial.
Todas prometen, desde el culto a la esperanza y sin negar que en este mundo serán siempre pobres, que en el paraíso derrocharán riqueza, pero la del espíritu. Habrá que esperar nomás.

