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Opinión

De cómo se construyó el menemismo y el kirchnerismo en la Argentina

Pensamiento salvaje, la columna de Padilla: Hay que aclarar algo que no se dice: el menemismo no fue solo el gobierno doble de Menem (1989-1999). Duró hasta la caída de Fernando de la Rúa, aunque la Alianza hubo de llegar al poder en 1999, el menemismo continuó hasta el 2001. Básicamente porque se profundizaron las políticas que inició el riojano que determinaron el estallido a fines del 2001.
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La mayoría de los análisis políticos mediáticos, generalmente, focalizan la atención en los “personajes” de la política, en su sentido más individual. Se analizan virtudes y defectos, reacciones y conductas, hábitos y declaraciones, historias pasadas y traspiés. Por eso el periodismo se ha ido transformando más en un fogonero del chisme de coyuntura que un oficio de información e investigación. Hoy en el periodismo garpa más la noticia rápida y digerible; si roza el escandalete pues mejor le irá en términos de marketing y audiencias. Se ofrece la lectura efímera de un acontecimiento particular que interpela a vastísimas audiencias televisivas, radiales y del mundo infinito de la web. La ciencia política y la sociología política, por el contrario, no tratan los problemas de la Sociedad y el Estado desde la individualidad de las personas, aunque son ellas quienes la desarrollan, pero nunca como “individuos” aislados, sino como portavoces, representantes condensadores de intereses de diferentes sectores de la sociedad.

El análisis sociopolítico no será correcto toda vez que al mismo no se lo conecte con el proceso económico-social del momento y con la superestructura política que se erige tras el mismo. Todo fenómeno político es posible (su emergencia es posible) sólo en un determinado contexto histórico y no en otro. Por ello, el menemismo, solo fue posible en la década de los 90 bajo determinadas condiciones de la economía mundial, en el marco la cual, desde el dominio de los países centrales se moldearon los perfiles y criterios de las economías periféricas. Son tendencias que no se dieron exclusivamente en un país, sino más bien en una región. Menem en nuestros pagos, Fujimori en Perú, Fox en México, Collor de Melo en Brasil, Aylwin en Chile entre otros presidentes latinoamericanos, aplicaron, más o menos las mismas recetas, en sintonía directa con los pedidos del Fondo Monetario Internacional en la larga década neoliberal.

El menemismo construyó sus alianzas sociales con los sectores más altos de la sociedad y los más bajos, dejando a la clase media pauperizada que dio lugar a la aparición de la categoría sociológica de “nuevos pobres”, aquellos que poseían capitales culturales y educativos y una tradición de bienestar, pero que fueron fulminados por la convertibilidad. Y si bien contó con la anuencia del movimiento obrero oficialista, al trabajador también lo fulminaron en sus condiciones de trabajo con la ley de flexibilidad laboral que ya se implementaba sin haber sido legislada hasta el gobierno de la Alianza. El proceso ponderaba la apolitización de la sociedad para poder imponer una serie de medidas antipopulares que obtuvieran el mínimo de resistencias.

Hay que aclarar algo que no se dice: el menemismo no fue solo el gobierno doble de Menem (1989-1999). Duró hasta la caída de Fernando de la Rúa, aunque la Alianza hubo de llegar al poder en 1999, el menemismo continuó hasta el 2001. Básicamente porque se profundizaron las políticas que inició el riojano que determinaron el estallido a fines del 2001. Reitero entonces, se trató de un proceso y no de personas. Menem-Cavallo-De La Rúa fue el menemismo en la Argentina desde 1989 hasta 2001. Luego vino una transición corta hasta la llegada de Kirchner al poder político el 25 de mayo de 2003.

En tanto el Kirchnerismo, débil en sus inicios en cuanto a legitimidad social (obtuvo el 22% de los votos) por el contrario, apuntaló sus alianzas reconstruyendo a la clase media principalmente, y tibiamente con los sectores obreros y excluidos, los desempleados de la década del noventa. Kirchner viene a reparar un proceso de desindustrialización y apolitización de la sociedad, empoderando a los sectores que ocultaba bajo la alfombra el modelo anterior. Recuperó la política como forma de relacionamiento social y como herramienta de transformación. Habilitó la política en el sentido amplio, esto es, dio espacio para que se expresaran las posiciones antagónicas y puso en discusión el destino del país. Esto solo es producto del proceso iniciado con el estallido social de diciembre de 2001. Quiero decir, no es la magia ni la hechicería de Néstor Kirchner la que lo posibilitó exclusivamente. Fue el pueblo en su conjunto que tras las luchas retomó confianza en sus propias fuerzas y pujó por el giro económico, social y cultural. Y Kirchner supo leer esa pulsión social. En ese contexto nace lo que hoy se llama Kirchnerismo que nace de las entrañas peronistas pero no representa solamente al peronismo, sino a todo un conjunto social más amplio. Kirchner demostró en su construcción política que con el PJ no alcanza ni alcanzará jamás para lograr una transformación radical de la sociedad. Y a eso debería llamarse realmente peronismo. No al partido justicialista, sino al movimiento de masas que tras unos ejes estratégicos claros se aglutina a veces desde la amorfidad de las inclasificaciones.

El proceso actual (2001-2012), a diferencia del anterior, solo es posible a partir del proceso devaluatorio y una fuerte participación del Estado a favor de los desvalidos. Porque el Estado nunca desaparece o actúa neutral o reduce sus funciones. El Estado siempre está presente, nunca ausente. El Estado en todo caso actúa a favor unos o de otros, pero jamás se diluye en el mercado. Es el Estado el que facilita la primacía de las reglas de mercado o no. Mientras Menem se alió al capital trasnacional favoreciendo la importación y privatización, Kirchner y Cristina apuestan al capital nacional favoreciendo lentamente la industrialización y el mercado interno. No podemos dejar de mencionar aquí su costado más flaco: el tema de los recursos naturales, petróleo, gas y minería, que siguen en manos de compañías multinacionales aunque YPF se haya recuperado en un 51%.

Menem a través de la historia, según Clarín.

El menemismo surgió como un populismo desde el interior engatusando al país con un tipo de “dominación carismática”, (diría Max Weber en Economía y Sociedad, obra cumbre del autor alemán) personificando su estilo en un caudillismo federal inicial, apoyándose en la resaca del peronismo posdictadura y deglutiéndose a la llamada renovación peronista de Cafiero, Manzano, entre otros. Así, formó un gobierno con fuerte liderazgo carismático. Construyó al fin un populismo de derecha y neoliberal que fue efectivo para el proceso.

El kirchnerismo, también nació desde el interior, pero con un escasísimo margen de legitimación tras las elecciones del 2003. Con el apoyo de la estructura duhaldista en la provincia de Buenos Aires, logró imponerse con solo el 22% de los votos. De ahí en más construyó un gobierno de centroizquierda, apoyándose en la vieja tradición setentista, aliándose al movimiento piquetero y al sindicalismo disidente de los noventa, alejándose de la tradición peronista para captar a otros sectores más representativos de los sectores medios. El kirchnerismo, como otrora el peronismo del primer Perón, está plagado de ex radicales y de militantes de izquierda no peronistas.

Menem, engulló a los socialdemócratas en la interna que lo postularía a presidente aquel 9 de julio del 89 contra Cafiero, y Kirchner se deglutió al duhaldismo que le permitió llegar al gobierno en el 2003. Es desde allí que sienta las bases para construir una fenomenal hegemonía política que le permite ganar dos veces más la presidencia del país con Cristina a la cabeza y enfrentar, en otra correlación de fuerzas, a sectores financieros, terratenientes, la corporación militar, sindical y al monopolio mediático de la Argentina de Clarín y La Nación.