Opinión
Muerte en los casinos de Mendoza
Fría madrugada de otoño en Mendoza. Bah, helada diría. Intento arrancar el auto como hace varias mañanas y no funca. Tose casi sin batería un agónico chirrido intolerable. Obstinado, insisto pero empujándolo hacia atrás para aprovechar la bajadita del puente del garaje a ver si se anima. Es noche oronda en un Dorrego seco y áspero. El auto es viejo y funciona por azar, como todos los autos viejos de este mundo. Nada, tos ronca del motor desganado. Puteo a las estrellas en la anchura de una noche que se despide. Lo acomodo como puedo en dirección norte y le doy envión con parte del pecho y el hombro derecho, corriendo, y subo esperando el milagro. Menos. Nada. Maldita tos de un motor congelado que emite nauseabundo arcadas sin vómitos. Quedo solo dentro y me dejo llevar por la cuadra oscura y vacía como un fantasma, derrotado.
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Maldigo, paro y me bajo. Me fumo un pucho mirando hacia las naderías de las esquinas oscuras. No pasa ni un gato persiguiendo a un ratón. “A tomar por culo”, me digo. Lo dejo en la esquina a tres cuadras abandonado y vuelvo a casa masticando el comienzo de la semana corta y burlona. Veo: la basura fuera de los canastos y dos perros compadres que zanganean por la cuadra. “Resacas de joditas del día del animal”, me digo pa mis adentros. “Estos pasaron de largo”.
Entro a mi casa y decido llamar a un taxi. Los números a los que llamo dan todos ocupados. Es hora pico. No quiero insistir, porque si me atendía uno lo putearía de arriba y lo mandaría a cagar para descargarle el embole que medité injusto. “Me voy caminando hasta que me canse”, así de caliente como estaba, pensé. Y salí al ruedo con mi mochila verde hacia la calle San Martín.
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La calentura pasaba de a poco en cada esquina mientras avanzaba. Caminar distrae, viene bien, siempre lo hice. De paso, hago como si el plan original hubiera sido este. No obstante, luego de quince cuadras de caminata sostenida diviso un taxi (Corsa off course) libre. Estiro el brazo y me ve y para. “Buenos días”.
Siempre consideré que hay que hablar con los tacheros. El taxi es un termómetro social de lo que la gente piensa en caliente. Son como consultoras que hacen entrevistas en profundidad a gente que putea la vida de mierda que lleva. O que quizá utilizan al taxi como consultorio psicológico ambulatorio para defenestrar al gobierno de turno. Es ahí donde el tachero construye su ideología en una ida y vuelta con esa sociedad consumidora de taxis. El tema es que funciona como un psicólogo al revés. Vos tirás el primer comentario y el tipo te fulmina con miles de respuestas y anécdotas.
Los tacheros se las saben casi todas porque andan en la calle mañana, tarde y noche. Es una opinión sesgada pero representativa de una franja de la sociedad. Por eso vale la pena escuchar y después pensar.
“Buenos días”, me contestó el hombre del volante, calculo de unos 60 años. Indico el destino y largamos la charla. “Mire éste”, espeté cuando el auto de adelante iba por medio de la calle sin dejar pasar. “Hace lo que quiere la gente en la calle (se refería a los conductores) lo que les conviene, no respetan nada, no conocen ni les importa conocer las reglas”- larga calmo… “y no se trata de respeto, no, es una cuestión individualista, no les importa el otro”- remata filosofando, a lo tachero. “Y…es así” digo aprobando el comentario del tipo que ya se había inspirado en soltar la anécdota.
“Mire”-me dice haciendo una pausa dramática, “el otro día subió una chica que trabaja en un casino, una piba que siempre la llevo a la salida del casino hacia su casa, y me cuenta algo que no se puede creer pero que es una muestra de lo que le digo” (yo me incorporo y doblo el cuerpo hacia adelante, para escuchar atento lo que iba a revelarme) “Ella trabaja en la caja que entrega monedas, fichas. Resulta que la piba vio un hombre caído en el piso de alfombra mientras hacía la cola para canjear las fichas, el hombre se había derrumbado en seco de un infarto y quedó ahí, ¿y sabe lo que hacía la gente? Pasaba por encima del cadáver para no perder el lugar y seguía cambiando fichas…la chica me lo contaba y no se lo podía creer”. ¿En serio?, pregunté estupefacto sin creerle demasiado lo relatado. “En serio”-me dijo, “y no es el único, mueren varios así, de esa forma, el juego te termina matando”, sentencia.
Nunca imaginé muertes en los casinos, más que en alguna película de la mafia, jamás pensé en la posibilidad de que gente muriera en los casinos por infartos. Por eso le pregunté: ¿y se ha enterado de otros casos, en otros casinos de Mendoza, porque no es común enterarse de eso, ni en los diarios sale?
“Y no, no sale porque lo tapan, imagine que no es una buena noticia para los dueños de los casinos. Lo tapan”. Pero me entero por la chica que llevo y por la gente que sube al taxi cuando sale, pasa.
“Acá nomás jefe, me bajo acá”, interrumpí, “buenos días”.
Pagué y salí pensando en la desesperación de los que juegan en el casino a todo o nada, en el estrés de los cientos de empleados públicos por aumentar sus ingresos, en los jubilados y en los adictos al juego. Imaginé es todos como a un ejército de perdedores de la noche que sostienen la fantasía de hacer saltar la banca o tener la gran noche de suerte, ese día, el día de su muerte. Y también pensé en que la vida se va en todos lados, aunque no salga en los medios. Aunque la tapen a la muerte en lugares donde la muerte no puede ser informada como en una dictadura.
“Eso son los casinos” reflexioné, una dictadura que succiona y a los muertos da por desaparecidos.

