Opinión
Luis, el viejo al que lo dejó su mujer por su sobrino
El viejo es un tipo flaco y denota buena salud. Sin dientes, con la cara arrugada y curtida por el sol, calmo. En fin, un señor que se las rebuscaba porque a su edad dijo no conseguir trabajo de sereno porque “a los serenos les pegan, les roban, así que mejor aquí tranquilo, sin problemas”.
El sol de la siesta era un calmante otoñal para esa calle atestada de autos estacionados frente a la clínica. Con Jacinta Fantasía teníamos un turno a las 15:30, pero como se sabe, las esperas en el ámbito de la salud son largas, interminablemente tediosas. Charlás, dormitás, le mirás los ojos a la gente, te animás a tirar comentarios con el de al lado, y eso.
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Igual el tiempo no pasa. Está detenido en ese pasillo abarrotado de rostros adustos, de gente con bolsos y botellitas de gaseosas. De las 15:30 a las 17 hs puede contabilizarse un siglo. Y el tipo que ronca, el bebé que llora y mama, las colas que se agigantan en la mesa de turnos. La vida es un pasillo de una sala de espera al médico, pensé.
Con Jacinta nos tomamos un cafecito en vaso plástico en la puerta de la clínica para volver al futuro por unos minutos. Igual, no te podés demorar mucho afuera porque en cualquier momento te llaman y perdiste. El embole te lo tenés que comer en la sala de espera, no queda otra. Cada tanto, salía a fumarme un pucho que no duraba más que cuatro pitadas.
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Nuestro turno pintaba como para las 18 hs y salí en busca del sol que pegaba en la esquina donde estaba Luis, un viejo de 75 años, desdentado, con un pucho entre los labios y un pañuelo en la mano para orientar a los autos que estacionaban. Luis era el cuidacoches, el tipo que dice “¿se lo cuido?”.
Me acerqué a Luis a terminar de fumar y le saludé. El viejo, amable, me dijo “cómo anda mijo”, “y…acá esperando que atiendan a mi mujer, estamos desde las 15:30 esperando”, respondí. “Y bueno pues, aproveche pa descansar, charlar un ratito con ella”. Quedé en silencio unos segundos y pensé en él. “Y digamé jefe, cómo anda el laburo”. “Y más o menos, algunos te dan algunas monedas, otros solo te saludan y te agradecen, así nomás”.
El viejo es un tipo flaco y denota buena salud. Sin dientes, con la cara arrugada y curtida por el sol, calmo. En fin, un señor que se las rebuscaba porque a su edad dijo no conseguir trabajo de sereno porque “a los serenos les pegan, les roban, así que mejor aquí tranquilo, sin problemas”.
Nos pusimos a charlar de la vida entre coche y coche que atendía. “Yo estoy esperando un bebé” le dije. “Enhorabuena muchacho, ¿cuántos tiene?” Yo voy por el quinto, pero con mi nueva mujer, respondí. “Pero qué bien”, soltó. “Mire vea, yo tengo 12 hijos”, “epaaa…eso sí que es un familión” complementé. “Sí, pero vivo solo, ¿sabe por qué? Porque mi mujer me dejó hace siete años por mi sobrino, el hijo de mi hermana que no bien salió de la cárcel se enganchó con ella. No sé lo que le pasó a mi mujer, algo le hizo el tipo, la engualichó con algo”. “La puta madre”, espeté. “Y aquí estamos, por suerte tengo buena salud y no tomo ni una bayaspirina y no me quise matar ni tirar debajo de un micro”. “Cuando me enteré le dije: vení pa dentro que vamos a arreglar esto, y ella llorando me decía que no, que le iba a pegar (porque yo me hacía respetar con ella) y le dije que se fuera nomás, pero que no la quería ver más en mi vida. Y ahí están, todavía siguen juntos”.
¿Pero usted la quiere? “Y mijo, claro que la quiero, pero qué quiere que haga si me abandonó con un sobrino…la pasé muy mal, ¿pero sabe una cosa?, tengo una mujercita” ¿Cómo es eso?, pregunté. “Sí, tiene 26 años, jovencita la chica, es gordita y blanca, y muy buena” confesó el viejo con mirada pícara. ¡Con razón maestro se lo ve tan bien! Ese era el secreto de su salud entonces… “y…no es bueno que el gaucho ande solo” me largó mientras le recibía unas monedas al tipo que le cuidó el auto donde se despidió el sol esa tarde.
Bueno jefe nos vemos, me voy a ver si ya nos toca el turno, mi nombre es Marcelo, “y el mío Luis, Luis Ríos” aclaró. Nos dimos la mano y nos despedimos. Y mientras caminaba hacia la clínica, de espaldas a don Luis, me gritó “Que le nazca sanito don Marcelo”.
El viejo es un tipo flaco y denota buena salud. Sin dientes, con la cara arrugada y curtida por el sol, calmo. En fin, un señor que se las rebuscaba porque a su edad dijo no conseguir trabajo de sereno porque “a los serenos les pegan, les roban, así que mejor aquí tranquilo, sin problemas”.
Nos pusimos a charlar de la vida entre coche y coche que atendía. “Yo estoy esperando un bebé” le dije. “Enhorabuena muchacho, ¿cuántos tiene?” Yo voy por el quinto, pero con mi nueva mujer, respondí. “Pero qué bien”, soltó. “Mire vea, yo tengo 12 hijos”, “epaaa…eso sí que es un familión” complementé. “Sí, pero vivo solo, ¿sabe por qué? Porque mi mujer me dejó hace siete años por mi sobrino, el hijo de mi hermana que no bien salió de la cárcel se enganchó con ella. No sé lo que le pasó a mi mujer, algo le hizo el tipo, la engualichó con algo”. “La puta madre”, espeté. “Y aquí estamos, por suerte tengo buena salud y no tomo ni una bayaspirina y no me quise matar ni tirar debajo de un micro”. “Cuando me enteré le dije: vení pa dentro que vamos a arreglar esto, y ella llorando me decía que no, que le iba a pegar (porque yo me hacía respetar con ella) y le dije que se fuera nomás, pero que no la quería ver más en mi vida. Y ahí están, todavía siguen juntos”.
¿Pero usted la quiere? “Y mijo, claro que la quiero, pero qué quiere que haga si me abandonó con un sobrino…la pasé muy mal, ¿pero sabe una cosa?, tengo una mujercita” ¿Cómo es eso?, pregunté. “Sí, tiene 26 años, jovencita la chica, es gordita y blanca, y muy buena” confesó el viejo con mirada pícara. ¡Con razón maestro se lo ve tan bien! Ese era el secreto de su salud entonces… “y…no es bueno que el gaucho ande solo” me largó mientras le recibía unas monedas al tipo que le cuidó el auto donde se despidió el sol esa tarde.
Bueno jefe nos vemos, me voy a ver si ya nos toca el turno, mi nombre es Marcelo, “y el mío Luis, Luis Ríos” aclaró. Nos dimos la mano y nos despedimos. Y mientras caminaba hacia la clínica, de espaldas a don Luis, me gritó “Que le nazca sanito don Marcelo”.


