Opinión
Lo que garpa ser progre: Santaolalla (por ejemplo) entre otros
Una palabra vapuleada, gastada y manoseada por estos años, y que tiene un sinnúmero de significaciones, es el término “progresista”. Pareciera que ser progresista adquiere un plus de sentido en el contexto sociopolítico e ideológico actual que deja la conciencia tranquila a quien califican con ese término-adjetivo.
Si hay algo que no puede eludirse (o casi) son las clasificaciones, las taxonomías, las tipologías y los rótulos. Es la parte del lenguaje, inevitable, que tiene a la síntesis o a la simplificación, y demasiadas veces a la confusión, como herramientas a mano para ordenar el mundo. Me hago cargo como escribiente de caer por lo general en ello, porque como dije al principio, es casi inevitable reducir una complejidad a la simplificación, a la adjetivación simplista o sintética.
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Una palabra vapuleada, gastada y manoseada por estos años, y que tiene un sinnúmero de significaciones, es el término “progresista”. Pareciera que ser progresista adquiere un plus de sentido en el contexto sociopolítico e ideológico actual que deja la conciencia tranquila a quien califican con ese término-adjetivo. Ahora bien, la compleja Argentina no admite fronteras tan estancas para separar a quienes son progresistas o conservadores o a quienes calificamos de derecha o de izquierda. Pero es que a veces pareciera que no quedara otra según la coyuntura, las declaraciones de referentes políticos y sociales.
Todo este rodeo intenta una relativización de las miradas que bien podría acusarse y condenarse de licuación, toda vez que contribuye a diluir los posicionamientos sociales, políticos y culturales frente a la realidad o hechos de la realidad. ¿Por qué digo esto?
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Simplemente porque si hay algo que no me banco son a los progresistas que progresan. Cuando digo “progresan” me refiero al progreso individual traducido en adquisición de propiedades, prestigio, titulaciones infladas en las instituciones universitarias, promovidos en los medios como modelos de intelectuales o artistas; a costa de la coyuntura, pero que lejos están de representar profundamente un progresismo auténtico y popular.
Mientras, hay tipos que ni se preguntan donde están parados pero que hacen tareas en silencio, sin ganar un mango, y no progresan (en el sentido anteriormente mencionado) No son bien vistos ni por los que progresan siendo progresistas, ni por los que progresan rechazando al progresismo. Son tipos inclasificables. Que no venden discursos ni salen en su auto brillante hacia el complejo privado. Hay muchos abogados “progre” que son una maquina de facturar, hay una banda de médicos “progre” que son una fábrica de emitir billete. Hay contadores “piolas” que son unos lacayos a la hora de trampear balances.
En fin, son tan infames como los otros, quienes desde otra matriz discursiva hacen lo mismo. Y se terminan encontrando en ágapes, brindando hipócritamente por la institución o colegiatura que los nuclea. Pasa lo mismos con otras profesiones. Muchos artistas seudo loquitos facturan más que un maestro de escuela por saber venderse a los grandes galeristas o bodegueros y, cuando están con los congéneres, se ponen medio borrachines para aparentar vivir una bohemia desinteresada del negocio personal. Esos son de los peores. Y no se trata de ser un pobretón, vivir en una pensión de mala muerte y comer arroz todo el día para mostrar credenciales franciscanas. No es ese el punto.
No le creo al tipo que la juega en el discurso por izquierda y tiene la vaca atada o amarroca por derecha. Tampoco en el progresista que hoy lo es por conveniencia (está lleno) y mañana se posicionará en la vereda de enfrente cuando los vientos cambien. Me gustan los tipos que mueren con las botas puestas. Es muy fácil ser poeta a los 20 años. Pues bueno, hay que serlo también a los 70, hay que ser Juan Gelman, hay que ser Giannuzzi. O un ingenuo e idealista en la época de estudiante universitario hasta que carancha el carguito miserable y empieza a entender las reglas de juego pa trepar. Hay que bancarse ser idealista a los 40, 50 y 60 años.
Esos son los que valen, y es a ellos a quienes hay que creerles y escuchar. Los demás son progresistas que progresan.
En fin, son tan infames como los otros, quienes desde otra matriz discursiva hacen lo mismo. Y se terminan encontrando en ágapes, brindando hipócritamente por la institución o colegiatura que los nuclea. Pasa lo mismos con otras profesiones. Muchos artistas seudo loquitos facturan más que un maestro de escuela por saber venderse a los grandes galeristas o bodegueros y, cuando están con los congéneres, se ponen medio borrachines para aparentar vivir una bohemia desinteresada del negocio personal. Esos son de los peores. Y no se trata de ser un pobretón, vivir en una pensión de mala muerte y comer arroz todo el día para mostrar credenciales franciscanas. No es ese el punto.
No le creo al tipo que la juega en el discurso por izquierda y tiene la vaca atada o amarroca por derecha. Tampoco en el progresista que hoy lo es por conveniencia (está lleno) y mañana se posicionará en la vereda de enfrente cuando los vientos cambien. Me gustan los tipos que mueren con las botas puestas. Es muy fácil ser poeta a los 20 años. Pues bueno, hay que serlo también a los 70, hay que ser Juan Gelman, hay que ser Giannuzzi. O un ingenuo e idealista en la época de estudiante universitario hasta que carancha el carguito miserable y empieza a entender las reglas de juego pa trepar. Hay que bancarse ser idealista a los 40, 50 y 60 años.
Esos son los que valen, y es a ellos a quienes hay que creerles y escuchar. Los demás son progresistas que progresan.


