Opinión
Carta a mi abuela Isabel, la peronista sentimental
Descanse abelita, descanse. Igual yo le cuento algunas cositas que pasan aquí en el desierto pa que tenga y guarde en la memoria de los ojos cerrados, en la calma de la muerte, compañera abelita, peronista sentimental.
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Usté que me enseñó todo con la mirada y el cariño, que me crió y me limpió el culito sucio allá en San Juan, entre lunas llenas y frondosos paraísos llenos de pelotitas verdes, usté abelita siempre está en mi recuerdo. Porque no puedo olvidarla así como así, si soy usté en mi sangre y en mis gestos, en mis mañanas de frío usté me acuna y me habla de evita capitana, de los juguetitos para reyes que buscaba en el correo, de la pobreza digna de un pueblo derrumbado por terremotos ardientes de enero, del abuelo que no quiso levantarse más del catre calientito cuando se movió todo y las casas se caían como naipes y la gente corría y gritaba como si fuera el fin del mundo.
Allá por el 44 pasó todo eso. Y ese carrusel desesperante fue como un anuncio de que todo iba a cambiar más allá de los costos, de los vecinos muertos en la vereda y las fosas comunes de nadies. Fue en ese San Juan argentino que el General la conoció y no se separaron jamás. Yo me acuerdo todito abelita de sus cuentos peronistas, sus relatos suaves de pueblo, donde la gente regaba con el palo atado con alambre a un tacho de lata que sacaba el agüita de las acequias pa baldear las veredas y calles de tierra.
Usté me hizo peronista, usté no me dio libros pa leer porque para ser peronista primero se siente y después se lee. Y fue así abelita. Yo después leí cuando tenía al peronismo como religión en el espíritu. Si siempre fuimos como ateos paganos pa los curas garcas porque le creíamos más a la Difunta Correa que al cura de la catedral, vestido de vieja y con un gorro ridículo.
La religión de los pobres en este país se llama peronismo, y mire abelita que por estos años que usté no ha estao, vino un señor del sur que se llamó Néstor Kirchner y una señora, su esposa, Cristina Fernández, y se acordaron de usté y de los suyos, de aquellos que murieron en los escombros de la miseria. Y hoy gobernamos abelita, hoy gobernamos con muchos problemas porque unos hijueputas acopian yerba y sale cara. Con lo que a usté le gustaba tomar mate conmigo abelita. Estaría puteándolos a esos sinvergüenzas.
Ese señor se murió hace un tiempito y acá lloró el pueblo, y lloró la señora pero también los pájaros y los gatos y los perros. Todos nos echamos en el piso a penar porque se nos fue don Néstor. Pero le cuento abelita que quedó ella, doña Cristina, y sabe una cosa, ella la pelea contra viento y marea, como la evita de sus velas, como la difunta que no se amilanó en el desierto. Quédese tranquila abelita querida que acá estamos muchos honrando su memoria. Y que San Juan está más lindo. Solo falta usté pa el carneo y la fiesta.



