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Opinión

El vientito y la cata más despistada de abril

Y ese vientito austero, que algo querrá decirnos, se demora unos minutos en el árbol de las catas, las limpia del polvo, las deja listas. Y este vientito, repito, no sé qué quiere darnos, es nuestro y ya.

Hay un vientito fresco y no sé qué trae. Un vientito suave, melosito, mañoso. Hay un viento y no sé qué dice. Imagino al amigo, al hermano distante o a la tumba inmutable de un padre o de un niño con cruces de lata que se mecen en el cementerio de los nadies.

Hay un vientito calmo y no sé cuánto durará. Un anuncio de peregrinos con folletines salvadores, el aliento de una enfermera sobre la frente del convaleciente o el último abrazo al loco en el manicomio antes de la dosis que lo deja idiota, veinte horas por día.

Hay viento, una marea de nubes que se zangolotean en el patio, y tiemblan temerosas las hojas de la parra pobre, ya sin uvas, picoteadas por gorrioncitos altaneros.

Hay un vientito triste y no sé qué canta. Si viene de una hondonada, si viene para saludar o para oxigenar las casas de mi manzana. O si ha equivocado su ruta aérea y está perdido, buscando vaya a saber qué destino.

Hay un gris melanco, humeante. Es abril que muere de abril. Y las parteras corren a avisar, gritando por los barrios que nacieron doscientos treinta y tres niños en abril, hasta ahora.
Y ese vientito austero, que algo querrá decirnos, se demora unos minutos en el árbol de las catas, las limpia del polvo, las deja listas. Y este vientito, repito, no sé qué quiere darnos, es nuestro y ya.

Es efímero, como la vida de una mariposa, como la vida del desgraciado o la niñez de los sin padres. Y el vientito que ya se está yendo, que nos va dejando, es nostalgia en las catas y gorriones. También en el picadero y en la plaza abandonada con mástil y sin bandera.

Se lleva, así, como vino, suave, puestos a los besos de los pibes en la parada del micro, al ratito del café del tachero en la puerta del hospital, al yerbeao del obrero golondrina, al poeta que sueña con libros de cartón, a la viuda que hace milanesas de pollo para sobrevivir de su dolencia y al rostro del deprimido que se asomó a sentirlo unos minutos por la ventana de su habitación negra.

Y ya despedido el vientito fresco de abril, hago unos mates compañeros, fumo puchos compañeros, y me cuelgo, ocioso, con las picardías del gato del vecino que aparece en mi patio, huido, con las plumas verdes de la cata más despistada del árbol de mi puerta.