Opinión
Nochecita lumpen
“La María” nos llevó, mejor dicho nos guió a los barrios bajos de San José donde te la venden con un chumbo en la mano que te lo asientan en la nuca para que no pirés de toque. La maría, siempre lo hace, pide rescate y se toma un tiro y le chupa la verga a mi amigo que va sentado en el asiento de atrás del auto.
Habíamos leído poesía erótica en una casa que oculta un restaurant donde la gente se encuentra sin decirlo abiertamente. Un sitio clave para esconderse con quienes uno desearía esconderse o perderse sin que nadie sepa dónde te has metido por tantas horas. Bueno, ahí leemos cada tanto con unos amigos y amigas escritores poesía erótica o algo así.
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Textos de cuño propio o de algunos escritores del rubro, como Anaïs Nin, Marqués de Sade o del alejandrino Konstantino Kavafis. Aquella noche bebimos suficiente vino (digo, una cantidad irrazonable como para malgastar la conciencia); y como sucede en esos casos, los cuerpos alienados a los estimulantes quieren mucho más. Y salimos al ruedo nocturno en busca de porquerías cortadas a la zona de travestis donde manda “La maría”, un chabón de unos 28 años, huesudo, morocho y ronco, de gran porte.
“La María” nos llevó, mejor dicho nos guió a los barrios bajos de San José donde te la venden con un chumbo en la mano que te lo asientan en la nuca para que no pirés de toque. La maría, siempre lo hace, pide rescate y se toma un tiro y le chupa la verga a mi amigo que va sentado en el asiento de atrás del auto. Se la masca de tal manera que mi amigo pega un par de alaridos, “salí, salí hijadeputa, me la vas a cortar”.
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La maría la suelta llena de baba y pide el segundo tiro, lo exige, y se lo toma como si fuera el último de su vida. “Déjenme aquí nomás, en esta esquina” dice La María. Frenamos de golpe y sin saludar ella se baja, taconeando histéricamente y sacada. Nosotros rumbeamos, sin un destino claro, como en la vida misma, y nos dirigimos a un bar-drugstore a beber cerveza congelada y tomar la mierda en el baño. Habrán sido las cinco de la mañana, calculo.
Cuando salió el sol decidimos la vuelta, en silencio, sin nada que acotar, sin deseos de matar a nadie. Más bien a derrumbarse en un colchón solitario. Por las ventanas se asomaban las viejas esperando que pase el diarero, por las calles deambulaban unos perros mugrientos. Especie de storyboard bocetado para la película de una madrugadita lumpen.
La noche una vez más había sellado su desencanto.
La noche una vez más había sellado su desencanto.


