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Opinión

Desde dónde entender el mundo

Y de la historia…venimos, ella nos precede, como el lenguaje que nos determina en el seno familiar (ma-má, pa-pá). Por eso los medios son posteriores, siempre, a toda reflexión: porque consuelan, entretienen, enojan, manipulan, están en la coyuntura, viven de la coyuntura y rumean la diaria.
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Las dos grandes obras cosmogónicas que parió la historia del pensamiento son sin dudas “El Capital” de Carlos Marx y “La Biblia” del Sr. Dios. En esas dos obras está todo explicado; sin embargo, miles de interpretaciones de las mismas se dan cita en cofradías religiosas e intelectuales, académicas y apócrifas. Habría que agregar “El Corán” de Don Mahoma, y “Economía y Sociedad” de Max Weber –un clásico de la sociología- quien desde una posición opuesta a Marx explica el nacimiento del capitalismo.

De aquellas monumentales obras nacieron instituciones y gobiernos, estilos de vida y modos de funcionamiento social. Agreguemos “El príncipe” de Maquiavelo (redactado de un tirón entre agosto y diciembre de 1513), libro cumbre que inaugura la ciencia política y explica el funcionamiento del poder en la época del conflicto con el papado en el siglo XVI. No podemos excluir a “La verdad y la formas jurídicas” del filósofo Michel Foucault y menos a “el malestar de la cultura” de Freud, ni a los “Cuadernos de la cárcel” de Antonio Gramsci. Solo por nombrar algunos (aclaro: ninguno fue peronista).

El mundo fue explicado e interpretado por todas esas lecturas y sin ellas no entenderíamos nada, puro sentido común, para nada “independiente” (aclaro 2: con perdón de los que se creen “independientes”). Por más que leamos cualquier librito, siempre, explícita o implícitamente estarán presentes, de alguna manera, aquellas teorías que se filtran hasta en el más ramplón de los pensamientos pretendidamente avezados. “La Escuela algo habrá hecho”. Por todos ellos también creo que vamos hacia la nada, filosóficamente hablando, y no al paraíso (aclaro 3: excepto para los que van al paraíso, en Las Heras, yo fui una sola vez y me pidieron que no vuelva más en el baúl de un Taunus).

Al fin, el tránsito espiritual va por la mejor carretera para soportar la materialidad cotidiana. Pero sospecho, es una historia “sostenida” en el “deseo” de un final feliz; y ninguna historia tiene final feliz, porque los finales son infelices, crepusculares. La caída de un gobierno democrático, una separación, la muerte, el pitazo final del árbitro en cualquiera circunstancia, la vuelta a casa a las 6 de la mañana, el final de las vacaciones de la vida. Conspiraciones contra la experiencia vívida, contra el trance del eterno presente, prestos a ser historias.

Y de la historia…venimos, ella nos precede, como el lenguaje que nos determina en el seno familiar (ma-má, pa-pá). Por eso los medios son posteriores, siempre, a toda reflexión: porque consuelan, entretienen, enojan, manipulan, están en la coyuntura, viven de la coyuntura y rumean la diaria; no pueden explicar nada, solo palabras para salir de casa “creyendo”, para soportar la vida (aclaro 4: excepto para los medios que no consuelan ni entretienen, ni enojan. Que los hay, los hay) Por eso, lean, sospechen, discutan, peléense; y cuando vuelvan de todo ello, lean. La satisfacción y las certezas son malas compañías. Lo escribo para mí y leo en voz alta para ustedes.