Opinión
Juguetes eróticos
De chico, cuando tenía nueve o diez años, generalmente se me paraba cuando me dormía a la noche boca abajo, abrazado a la almohada; y me acuerdo que entre el sueño y la vigilia mi cuerpo se movía acompasado, dándole masa al colchón hasta que de mi pequeño gusano salía un líquido transparente, gelatinoso, que no era semen pero que dejaba una aureola acuosa en mi calzoncillo.
Te puede interesar
¿La autonomía municipal le puede mejorar la vida a los mendocinos?
También probé jugar a dormir la siesta con una vecinita en la piecita del fondo de mi casa donde nos tirábamos en un colchón desvencijado y hediondo a frotarnos pelvis con pelvis y besarnos solo los cuellos, apasionadamente. Estábamos tan calientes con ese jugueteo que lo hacíamos casi todos los días cuando sus padres y los míos dormían.
Éramos como una pareja que después de trabajar y almorzar (en este caso cada uno en su casa) nos tirábamos a siestear, vestidos, para darle franela a nuestro sexo ingenuo.
Se trataba de algo más que jugar al doctor o a la mamá y al papá. Era una de las formas del sexo. Jugar al sexo, ocultos del mundo, cerrando los ojos por horas.
-
Te puede interesar
La Corte Suprema enciende una luz de esperanza en la selección de jueces
![]() |
La cosa se empezó a complicar cuando probé con unas muñecas de trapo, a las que ya les hablaba y les decía cosas como en una porno. “La Flavia”, era mi muñeca preferida. Nunca decía que no y jamás cambió sonrisa por cara de culo. No era inflable, repito era de trapo y para mí era mi amante, mi juguete erótico de la siesta cuando rondaba los 16 años.
Un boludo importante ya.
Todo clandesta. Oculto. Como con culpa. Una vez me quise hacer el seductor con la perrita de la casa. Una callejera de nombre Kuki, fiera. Y ahí paré con la joda, paré con descubrir el mundo del sexo con juguetes eróticos. A la perra no le gustó un carajo y cuando empezó a ladrarme empecé a mirar a las chicas del barrio.


