Opinión
Maldito barrio de la infancia
Tanto adiós al barrio de la infancia que no vuelve más que en recordación acuosa. Lo miro de lejos, imaginándolo cada vez más lejos y me veo junto a los que eran míos peloteando en el campito de la esquina, el potrero inmenso como una pampa ardiente, fulminado por mil soles de verano en las siestas de provincia.
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La puta maldito barrio, cómo es que no hicieron nada los pibes, al menos pincharles las gomas al camión que trasladaba los muebles, o cagar a piedrazos los vidrios del chofer para que renuncie, o algo; un gualicho, un laburo de una bruja, un ritual satánico para que no me acarreen más.
Y así deambulo con la infancia a cuestas en cada uno de los barrios que te dejan ir. Y termino con un tajo sangrando cada tanto, como diabético paseando una herida profunda. Y convierto el dolor en llanto y palabras, poesía o asma, que es como un sollozo que no llega a llanto.
Maldito barrio de miles de infancias, me has hecho solitario, medio loco charlando con fantasmas y ángeles, hablándole al espejo o a la luna. Viajo, retobo, brinco como cabra suelta supuestamente libre, pero no. No se es libre en el nomadismo. No se es libre en la libertad ficcional.
Maldito barrio que me has dejado peregrino predicando escepticismo a tientas. Si allí había una ciencia y una capilla, una biblioteca y un potrero, un sifón con gusarapos, tierra, mucha tierra, manzanas para caminar un día y tocar los timbres, fiestas donde uno se metía y era convidado con jugo frío y frutas del fondo de las casas, guitarreadas y carneos, rituales de sangre y manufactura de chacinerías, una parva de mujeres hermosas y amigos, y una escuela. Viejos que para mí no mueren hasta que te avisan. Y como no recibo las noticias el maldito barrio está intacto como una foto añeja, pero intacto, retrato de carasucias en pleno viaje iniciático.
Barrio de mi hermosa pobreza donde tenía todo. Barrio de atardeceres sin límite horario, barrio baldío adornado de zaguanes y paraísos, de noches que escupían estrellas para cada uno, para elegirlas solo poniendo las manos juntas cuando caían en dulce serpenteo. Para que cuando volviéramos a la casa le regaláramos una a la vieja y otra a la abuela.
Maldito barrio, hoy al evocarte me has despellejado una vez más, saltando de la cama en la siesta sola, calma, poblada de fantasmas y ángeles.
¿Serán los diciembres donde uno pone la pena en una palangana noctámbula para el rito sanador? ¿O es que perderemos en algún momento demencial la saga que nos constituye con relatos identitarios?
Maldito barrio, préndete un fuego para el carnaval con gomas de camiones quemadas con palos y paja. Tal vez el humo se lleve las malas. Tal vez el fuego limpie las almas.


