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Opinión

Chat hot: ¿chetez o chotez?

La fantasía del cibersexo en Mendoza ha crecido enormemente. Muchos confiesan haberlo practicado por lo menos una vez. ¿Está bueno? ¿Cuál es su virtud? ¿Desplaza en el siglo XXI al levante, al encuentro "piel con piel"? Una nueva tendencia, una nueva posibilidad de opinar para vos, lector.

Así como internet y las redes sociales ocupan cada vez más sitio en la vida del hombre actual, la posibilidad de “descarga sexual” rapidita y al paso ahora tiene un “telo virtual” las 24 horas, los siete días de la semana.

En el mundo hay millones de personas que han hecho del cibersexo una práctica común en la web. Y nuestra provincia no se queda atrás: cada vez son más los mendocinos que confiesan haber tenido por lo menos una vez un “encuentro virtual caliente”.

Ell@s, de diferente edad y con diferentes preferencias buscan frente al monitor lo que no encuentran (o no se animan a buscar) en la realidad.

Textuales

“Yo considero que el sexo virtual puede ser tan morboso como a veces divertido”, aseveró una treintañera.

“Mirá, la verdad es que yo me pongo a pensar y si estás soltera, tenés estrías y hay celulitis… una luz adecuada y la camarita son una buena opción para pasar un momento cachondo. De ser el lagarto Juancho podés pasar a verte como una Megan Fox sin escalas”, lanzó otra.

“Las mujeres se pelean con sus novios y lo primero que hacen es ir a la compu y buscar un amante. Eso es así, aunque por supuesto, ninguna te lo va a reconocer”, opinó un periodista.

"Eso sí, hay una regla fundamental: no mostrar la cara, solo el cuerpo. Para que no te escrachen", aportó otro comunicador.

“Es la infidelidad más leve hacia un marido que no está nunca, hacia una esposa que solo quiere un rapidito porque está cansada… o cuando el matrimonio ya se te transformó en tedio”, afirma otro con un poquito de sentimiento de culpa.

"Yo creo que no hay un compromiso ni una custión de jugarse demasiado. Pasás un rato loco, y después chau, a otra cosa. Además ni hace falta darte a conocer. La careteás", remata el más joven de la charla.

Parece que no se trata de una cuestión sexual, sino de autenticidad.

¿Por qué será que cuesta tanto ser auténtico en este siglo XXI?

Es un hecho: los hombres y las mujeres del nuevo milenio somos más miedosos que los de antaño. Ahora la comunicación face to face es más careta, más tibia. Los verdaderos sentimientos y emociones se esconden… no hay verso, no hay levante y necesitamos un escape para mostrar las pasiones, lo más básico, lo animal.

Como si tuviéramos una máscara vivimos. Hay una horda de Mr. Hyde ocultos en esta ciudad, y la avidez por tener un lugar donde mostrar esa faceta, liberar a “ese que también soy” se deposita en el chat, la dirección de Messenger o Skype trucha, la camarita. Que nos permite establecer relaciones románticas, concertar citas sexuales, gozar solos mientras el otro también goza solo o incluso simplemente sentir que del otro lado alguien un poquito nos quiere.

Pero no es lo mismo. Nunca lo será.

Primera verdad. El chat, esa nueva sociedad virtual y super safe es, casi siempre, mentirosa. Porque la personalidad que inventamos está hecha a medida para enganchar a “ese” contacto. Porque decimos lo que nos damos cuenta que el contacto quiere escuchar –o leer- y porque no nos animamos a ser evaluados, o juzgados o lastimados, o rechazados.

Todos somos tipos hermosos, masculinos, hombres recios pero con sentimientos, facha y abolengo. O somos minas seductoras, femeninas, audaces pero ruborizantes, felices, lindas y con sueños.

Segunda verdad. Es una consecuencia de la anterior, y tiene que ver con que nos convertimos en expertos reformistas del significado de las palabras. Como si fuéramos la Real Academia Española, le cambiamos el sentido a determinados vocablos (y lo peor es que nos lo creemos).

Si somos gordos, decimos que somos morrudos “onda rugbier”. “Rapadito” en realidad significa “pelado”. “Tengo ojos celestes” tiene un alto porcentaje de equivalencia a “uso pupilent” y “estilizada” sería la nueva descripción de “chata”.

Ni hablar de la peor palabra a utilizar cuando te describís por chat: “soy re simpátic@”. A esa le huyen tod@s. Es que “simpátic@” es el nuevo sinónimo de horripilante, cuco, bicho canasto, muppet.

Tercera verdad. Este voyeurismo, fetichismo fácil, pornografía al alcance de un botón atonta, tara, hace que dejemos de usar la cabeza y hasta nos hace perder sensaciones maravillosas. ¡Todo está servido! ¿Para qué imaginar, para qué añorar, para qué soñar?

Nunca el chat va a ratonear tanto como las páginas de Corín Tellado hacían transpirar a las tías solteronas. Jamás el Messenger va a permitir el cosquilleo en la panza por una primera cita, el escalofrío de ver pasar a alguien que te gusta, el delicioso maridaje entre el perfume del champú y la frescura al tacto que produce acariciar una cabellera recién lavada.

La verdad verdadera. No hay nada como la piel. El sexo virtual puede resultar divertido o picantón como la previa de "the real thing", pero si se torna más largo de lo necesario, lo más probable es que nos aburramos.

No se me ocurre nada más feo que perder los sentidos. Dejar de reconocer a alguien por su olor, no saborear besos,  no oír piropos o hasta estúpidas frases hechas, o dejar de quedarme estaqueado en medio de la vereda cuando veo a alguien que me alucina por primera vez.

Calentar por calentar, y con el solo fin de mirar a otr@ haciendo piruetas desnud@ delante de una camarita, no me parece. El jueguito puede estar bueno por un rato, pero la idea debe ser siempre “concretar”.

“Si caliento, es porque quiero ir a los bifes”, dice una amiga.

Y me parece la mejor frase para cerrar esta columna.