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Opinión

La calle y las urnas

El deseo de pertenecer al primer mundo hoy es ser un indignado como en Europa con la diferencia que allí se indignan por el estrepitoso aumento de la desocupación y salen a robar supermercados hasta en Barcelona. Y además en Europa los están reprimiendo a capa y espada. Hay muertos en España y Grecia. Hay heridos en todas las movilizaciones en los países europeos.

Insuflada como la manga que se erecta sobre el pasto en la cancha, donde salen los jugadores de fútbol, así salió la clase media el 8N en todo el país. Erguida, segura de sí mismo. Envalentonada. Hay que reconocer que fue multitudinaria su presencia en las calles. Tomaron las calles como en otros momentos, las más de las veces, lo hacen los desvalidos sociales cuando piden pan y trabajo, educación y salud. Ayer no pedían eso. Eso ya lo tienen. Son los indignados globalizados. El deseo de pertenecer al primer mundo hoy es ser un indignado como en Europa con la diferencia que allí se indignan por el estrepitoso aumento de la desocupación y salen a robar supermercados hasta en Barcelona. Y además en Europa los están reprimiendo a capa y espada. Hay muertos en España y Grecia. Hay heridos en todas las movilizaciones en los países europeos. Por eso se engañan con la ficción de clase de pertenecer al viejo mundo. Luchar, indignarse. Bien, pero sin reprimendas. Y eso se celebra.

Las luchas populares se realizan en las calles y se dirimen en las urnas. A veces se avanza y a veces se retrocede por el impacto de las balas, los camiones hidrantes, los palos y los caballos. Eso sucedió en las jornadas de diciembre de 2001 cuando el pueblo, obreros, desocupados, militantes barriales y sectores medios, arrastrados por el huracán popular hastiado, frenaron al neoliberalismo para pedir e imponer cambios de fondo. No fue el caso de la marcha del 8N. Tanto no fue el caso que los sectores movilizados, las decenas de miles en todo el país no sufrieron golpizas, represión, balas de goma, infiltrados destrozando todo a su paso para deslegitimar el reclamo. Al contrario, la democracia plena y la libertad de expresión que tanto reclaman la pudieron disfrutar gozosamente. En todo caso algunos de ellos golpearon a periodistas, brutalmente.

Fueron muchísimos. Sí claro, muchísimos sectores de los sectores medios y altos. El componente de clase no es un dato menor. Nunca debe subestimarse el componente de clase de una marcha o movilización imponiéndole un número. Fue más cuantitativamente que cualitativamente en términos sociales. Para decirlo más clarito: en la marcha no estuvieron los obreros ni los residentes de barrios populares. Fue masiva si tenemos en cuenta que esta vez se expresó con mayor contundencia ese 46% de la población que no votó al gobierno de Cristina. Y en horabuena que sepan que la calle es “el lugar” privilegiado para expresarse, pero que también es en la elecciones donde se cambian los gobiernos.

Sin embargo, lo que no deja de llamar la atención es el contenido aparentemente apolítico de los movilizados, ponderado como una virtud más que como una carencia. Mientras que la clase media y alta se unió claramente contra el gobierno en las calles para protestar con consignas abstractas (no a esto, basta de, estamos hartos de) la oposición política, tímida y cobardona no fue a contramano de ese supuesto apoliticismo. Al contrario. Apoyó al mismo como si se tratara de una gran juntada social sin banderías donde muchos aprovecharon para que fluyera el odio, la misoginia, el llamado a los cuarteles, la denuncia de corrupción como esencia del actual gobierno.

La oposición debería sonrojarse al menos. Porque no unieron al 46%. No tienen a un Capriles ni mucho menos. Son un abanico de fracasados en la política que han cambiado dos o tres veces de partido. Y le han cedido al multimedio Clarín la iniciativa junto a la Sociedad Rural y a la derecha más recalcitrante de la argentina “la política”. Digamos, no es para que la oposición política se ponga contenta. Porque entre ellos no llegan al 16% separados. La clase media con su presencia en las calles se manifestó también en contra de ellos, inconscientemente. Porque no se sienten representados por Alfonsín hijo, ni por Binner, ni mucho menos por Pino Solanas. Tal vez muchos en la Capital Federal por Macri. Pero no todos. Lo cual es un hecho preocupante porque sabemos por la historia que cuando hay movimientos civiles "apolíticos", mejor decir "apartidarios", que se mueven en las calles con anarquía partidaria, cualquier sector pro golpista puede articularlos.

Todos los golpes militares tuvieron apoyo de un sector importante de la población. Y son los que en definitiva los legitiman. Por ello deberían tomar nota los partidos opositores y no frotarse las manos. Porque estarían escupiendo para arriba. A no ser que estén efectivamente jugando a un golpe. De esos que se usan ahora en Latinoamérica, suaves, con un tamiz democrático. Pero golpe al fin y al cabo.

Veamos cómo reacciona el gobierno. Si está dispuesto a ir más a fondo en algunas medidas que hacen falta para construir un bloque que incluya a vastos sectores medios pendulares ideológicamente. Pero no comamos vidrio. Todo esto y la plena vigencia de la Ley de medios tiene algo que ver. Que no decaiga.