Opinión
Dispersos y marginales: los que juegan con los límites
Hay una lógica de la razón occidental dominante que instiga al orden a como de lugar. No se trata solo de pensamientos de izquierda o de derecha o socialdemócratas. La lógica domina a todos estos paradigmas o matrices de razonamiento civilizatorio. Desde el marxismo de biblioteca al trotskismo militante de panfleto. También sucede con los gurúes neoliberales o los políticamente correctos planteos de medio pelo europeos de la socialdemocracia que se importan como modas en la academia y la política. Todos instan a un orden en el discurso, a la coherencia lógica o razón instrumental como lo plantearan los frankfurtianos en “dialéctica del iluminismo”.
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Jorge Leónidas Escudero.
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Otros son los que se construyen sobre la base de la afectividad emocional. Y, sin lugar a dudas, estos están vinculados a las prácticas ritualizadas de los sectores populares que se transmiten de generación en generación. En la salud por ejemplo hay miles de casos. La cura de la ojeadura, el empacho o la insolación. La consulta a brujas que te adivinan la suerte, la cadena de rezos para la cura de un ser querido. La vela a la Difunta Correa o al Gauchito Gil y a la Rosa Mística.
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Rodolfo Kush.
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Hace poco vi un documental del realizador argentino Jorge Prelorán en el Canal Encuentro –“Huellas y memorias de Jorge Prelorán”- que reivindicaba su obra (más de 60 películas de carácter etnográfico sobre ritos populares en la argentina) y también estoy leyendo, empezando a descubrir, la obra de Rodolfo Kusch, un filósofo antropólogo que investigó y reflexionó en los 60 sobre el pensar indígena opuesto al pensar occidental.
Olvidados. Piezas de museo para los que devoran novedades del mercado editorial. Y también incluyo en la lista a los poetas y escritores nadaístas colombianos con Gonzalo Arango a la Cabeza, Jotamario Arbeláez y Jaime Jaramillo Escobar. Otro mambo. Menos me olvidaré del sanjuanino de más de 90 años, jodido el viejo hoy, poeta pueblerino de San Juan Don Jorge Leónidas Escudero que escribe desde una combinatoria del uso de la lengua y el habla popular inédita en la Argentina. Leer al viejo Escudero es una aventura del lenguaje. Leer a los nadaístas colombianos es viajar al vitalismo más extremo. Mirar lo que hizo Prelorán con su cine es meterse de lleno en el mundo oculto de los marginados de la argentina.
Paganos y hasta malditos que de a poco se van recuperando en algunos espacios pero que no son parte de la agenda de la vida organizada del poder. Ellos están sin ser vistos como fantasmas que aparecen en las noches de luna llena. Y yo con esta nota intento llamarlos a que aparezcan más seguido por las casas de los lectores. Es como hacerle un exorcismo a la oficialidad cultural que ha pasado por la horca y el cadalso a lo que no contribuye con el proyecto de la modernidad capitalista tardía que nos imponen día a día.
Agradezco a mi amigo Juan López, a mi compañera Mercedes Cuervo y a la infatigable Graciela Maturo por estas pistas. Por sus libros y por sus charlas. Invito a dar con esas pistas. No para encontrar el sentido sino para perderse en un mundo sin certezas. Lo demás es fácil, hay fórmula y se repite como loro.