Opinión
Poder cultural para el pueblo
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Desde tiempos remotos el hombre, animal simbólico por naturaleza socio-biológica, se ha caracterizado por juntarse con iguales. Vivir en comunidad, en clanes o tribus hasta la sociedad concebida en la actualidad, constituye la condición humana. Al hombre lo unió el símbolo y el lenguaje y su lucha por la supervivencia creando tecnologías para adaptarse a su medio ambiente. El fuego, su invención, dividió y generó guerras entre tribus. Poseer el secreto del fuego y no sólo adorarlo implicó una de las primeras luchas entre sectores que pugnaron por el poder. Poseer la técnica del fuego generó el calor, la cocción, el abrigo y también un arma; bien los describe para el caso la película del francés Jean-Jacques Annaud, “La guerra del fuego”.
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La disputa por las invenciones tecnológicas es una de las claves de toda cultura. Podías tener un ejército de cientos de miles con arco y flecha pero si enfrente tenés a cien tipos con escopetas la cosa cambia de lo numérico a lo efectivo (revisemos la aparición del rifle Remington o el Patria, utilizados para combatir al indio en la campaña al desierto) Pasó en todas las guerras. Y la guerra, como se sabe, es el terreno donde se define lo que no se puede arreglar con la diplomacia y la política. La historia del imperialismo norteamericano es un claro ejemplo que se reinventa hasta nuestros días.
Sin embargo hay una forma que en la actualidad una sociedad puede adoptar como arma estratégica para combatir las imposiciones culturales y políticas: la cultura. La propia cultura de un pueblo es su defensa, la democratización cultural y la transferencia de poder cultural hacia el pueblo es tal vez la mejor arma para hacerle frente a los poderes actuales; sean políticos, económicos y hasta militares en ciertos casos.
Nuestra cultura nacional y popular argentina y latinoamericana debería ser el sentido que fije las acciones sociales. Los valores locales, regionales y nacionales –en definitiva la diversidad sociocultural- son los capitales que nos hará más libres, más soberanos, más independientes, más críticos, más reflexivos. Pero esa diversidad no puede nunca ser un muestrario multicultural desfasado de un proyecto de país y de nación. Aquí todos contamos. Por eso creo que deberíamos combatir todo tipo de jerarquías sociales, políticas, económicas y culturales para que no haya elitismos que terminen realizando la función de policía de las producciones culturales.
La inmensa masa de productores de cultura que tiene la provincia y el país debe salir de su letargo individualista y asociarse en colectivos de cultura. Dejar ya la idea ególatra del artista que busca su disco o su libro en soledad y construir colectivos de poder cultural. Un trabajo colectivo donde la identidad del mismo incluya lo individual. Necesitamos más que nunca de la asociación de voluntades para potenciar la cultura popular que viene postergada y solo es rescatada por realizadores de cine, documentalistas, patrimonialistas con el fin de mostrar que “existen”. El tema es al revés, hay que dotar de recursos a los sectores populares, de capacitación y de confianza en sí mismos para que sean los propios sectores postergados quienes atropellen las ciudades. El verticalismo cultural es un vicio también de la izquierda y de la democracia liberal.
“Bajar la cultura al pueblo” es una noción neoliberal que sigue atravesando las políticas culturales. No deja de ser una “invasión” bajo la cual subyace la idea de que el pueblo es bárbaro y hay que “civilizarlo desde arriba”. Las formas de la escritura, de representación, la oralidad de los sectores populares, entre otras, son todavía combatidas de arriba hacia abajo. Se busca la domesticación del “buen gusto”, de las “buenas formas del habla”. Y es ahí donde interviene la escuela que en muchísimos casos anula y reprime los capitales culturales que se “llevan” a la escuela. No hablo de dialectos étnicos porque en algunos lugares de la argentina y en muchos de Latinoamérica estos se rescatan y se socializan paralelos al castellano. En todo caso pienso en las formas del habla popular que se recrean en los barrios y en el campo que son permanentemente corregidas, “llamadas al orden” en busca de la estandarización burguesa del idioma.
La política cultural no solo corresponde a los ámbitos gubernamentales. Eso de esperar a que a uno lo atiendan y pedir audiencia y presentar notas torna tediosa e inalcanzable a veces la materialización de una producción. La política cultural real debe pasar por manos de quienes se organicen en focos, asociaciones, brigadas, colectivos de cultura, que son los que mueven el avispero desde abajo y pensar las alternativas para llevar adelante los proyectos. La relación entre los artistas, productores y el pueblo es siempre una relación política y estratégica. Lo demás es buscar “el contacto” y eso es muy pobre.