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Opinión
¿Con qué diario matar a las moscas?
El mundo social es un complejo multicausal, una lucha por las clasificaciones sobre ese mundo, una trama insospechadamente articulada de intereses contingentes. La ley del grano de arena que modifica el desierto borgeano existe en la ficción toda vez que esta vaya acompañada de una ilusión, de una fantasía.
¿Quién se anima a proyectar una serie de hechos concatenados que derivarán en una situación particular, específica, concreta? Sí, ya sé, muchos, especialmente los que son militantes guiados por la acción y la omisión de la crítica. Empero, nadie podrá corroborarlo antes que ese hecho o serie de hechos suceda.
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El mundo social es un complejo multicausal, una lucha por las clasificaciones sobre ese mundo, una trama insospechadamente articulada de intereses contingentes. La ley del grano de arena que modifica el desierto borgeano existe en la ficción toda vez que esta vaya acompañada de una ilusión, de una fantasía.
Lo que mueve al mundo es la fantasía –tesis que sería rebatida por el marxismo clásico, ortodoxo- la ilusión de la transformación de las cosas. Lejos de compartir una posición Weberiana que indicaría que al capitalismo lo inventó una ética protestante por sobre el desarrollo de las fuerzas productivas materiales, invito al lector a considerar esta proposición: “existe una necesidad de los paradigmas míticos, orientadores de sentido de las acciones, lo que muchos filósofos y sociólogos denominan la subjetividad”.
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La verdad siempre será universal si es partidaria, es decir, si pensamos lo universal desde una posición fuerte e intolerante. Ser intolerante no es ser autoritario a secas como la ideología hegemónica se encarga de presentarnos el problema. La intolerancia está en las raíces del relativismo, de la teoría de consenso, de la llamada al justo medio. Lo que cuentan son los argumentos que jamás son espontáneos o inocentes.
El ignorante no tiene argumentos, tiene más bien como capital de pavoneo al sentido común, el peor de los sentidos. No me pidan a qué viene a cuento este rodeo. No me interesa el futuro del planteo, en todo caso lo dejo a las habilísimas interpretaciones de algunos foristas-lectores que se ocupan de defenestrar lo que aparece como sinsentido para ellos. Me tiene hace 5 años sin cuidado desde que escribo en este diario, todo lo que me reclaman.
Si el pasado es un relato arbitrario de selección de sucesos según quien haya construido suficiente grado de hegemonía para contarnos lo que pasó, sean ganadores o perdedores, es porque somos animales mitológicos famélicos de sentido. He llegado a encantarme con quienes en varias ocasiones me piden ¿y la propuesta cuál es? Yo les digo “no sé”, éste es un medio de comunicación y no todos los que escribimos en él debemos, o estamos obligados a ofrecer una propuesta o una salida.
En todo caso, buceamos. Eso es lo que hacemos día tras día: bucear con un límite de oxígeno, con un límite cardíaco. No tengo encuestas en mano. Tengo unos puchos y mate. Y la cabeza hecha un laberinto, como la mayoría. Pero seguimos buscando.
Pesimismo intelectual vitalismo optimista. Una fórmula que le cuadra tanto al Indio Solari como a Bioy Casares. No son ni deben ser los medios manuales o recetas para vivir en este mundo. Pero dale que dale. Muchos pujan por buscarlas en Ravi Shankar, en Stamateas, en Coelho. Y después terminan pidiendo la cabeza a quienes no les dijeron “una verdad” que están buscando.
Nadie busca “verdades”, buscamos “una verdad”, solo una. La certeza del discurso único es lo que salva la taquicardia empujada con clonazepan. Uno quiere escuchar solo lo que busca escuchar y no está dispuesto a la contingencia, el azar, la variante. Necesitamos vidas que tengan bicisendas por todos lados. Saber desde dónde se parte y a dónde se llega. Lo demás es desesperante.
Es como la anécdota de Macedonio Fernández cuando le preguntan “pásame un diario que quiero matar esa mosca” y él responde: ¿el de la oposición o el del oficialismo?
Es ahí donde no quería llegar. Ustedes sigan…
Si el pasado es un relato arbitrario de selección de sucesos según quien haya construido suficiente grado de hegemonía para contarnos lo que pasó, sean ganadores o perdedores, es porque somos animales mitológicos famélicos de sentido. He llegado a encantarme con quienes en varias ocasiones me piden ¿y la propuesta cuál es? Yo les digo “no sé”, éste es un medio de comunicación y no todos los que escribimos en él debemos, o estamos obligados a ofrecer una propuesta o una salida.
En todo caso, buceamos. Eso es lo que hacemos día tras día: bucear con un límite de oxígeno, con un límite cardíaco. No tengo encuestas en mano. Tengo unos puchos y mate. Y la cabeza hecha un laberinto, como la mayoría. Pero seguimos buscando.
Pesimismo intelectual vitalismo optimista. Una fórmula que le cuadra tanto al Indio Solari como a Bioy Casares. No son ni deben ser los medios manuales o recetas para vivir en este mundo. Pero dale que dale. Muchos pujan por buscarlas en Ravi Shankar, en Stamateas, en Coelho. Y después terminan pidiendo la cabeza a quienes no les dijeron “una verdad” que están buscando.
Nadie busca “verdades”, buscamos “una verdad”, solo una. La certeza del discurso único es lo que salva la taquicardia empujada con clonazepan. Uno quiere escuchar solo lo que busca escuchar y no está dispuesto a la contingencia, el azar, la variante. Necesitamos vidas que tengan bicisendas por todos lados. Saber desde dónde se parte y a dónde se llega. Lo demás es desesperante.
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