Opinión
Los gatos se limpian el culo entre ellos, de onda
Como somos pocos y nos creemos muchos, como somos chicos y nos creemos grandes, como somos cuartos y nos creemos primeros; los mendocinos, vos y yo, tu vecino despreciable que te deja su basura en tu canasto, tu amigo que se cojería a tu novia o esposa maleva no bien te levantas a mear en el bar, ¡Vos nena! hambrienta de braguetazo porque tu amiga “la pegó” con el pibe heredero, o el adulador que te sigue…para matarte, o la indiferencia del compañero de laburo que se hizo el pelotudo cuando te pasó algo bueno o malo, da igual. Esa palmadita en la espalda que no dice nada ¡Grande che, te felicito! En fin, paso a preguntar-me: la envidia ¿es nuestra especialidad?
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No la inventamos aquí, eso es cierto. En todos lados han hablado y escrito sobre ella. ¿Pero qué carajo importa que te cuenten cómo es la envidia en Madrid o en Guadalajara, en Tierra del Fuego o Casablanca? Lo que cuenta, lo que vale, es nuestra envidia, la mendocina; esa denodada pasión por estrolar o ignorar, destruir o sacar el cuero. No existe la sana envidia, verso. Aquí hay poca gente que se alegra de verdad por lo que lograste y pocos son los que se entristecen si has caído al barranco, de jeta, y salís con los dientes reventados. Nadie puede ser envidiable. Demasiado español diría Borges.
Los demás, son moscas que revolotean en la misma mierda. Yo he revoloteado y sé como tracciona el hedor. Porque hablo desde el mismísimo inodoro –literalmente les estoy escribiendo desde el trono-. Pero he visto a otros también flotando, succionados y desesperados cuando tiran la cadena. Cuando estás hundido, hermano, hermana, como un cofre pirata en el fondo del mar, si brillás, te rodean y llaman a las fuerzas federales para el rescate. “Algo debe haber allí para generar tanto interés”. Somos malparidos, y, después, intentamos curar las heridas lamiendo las ajenas.
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Bienaventurados los felinos. Los gatos se limpian entre ellos, de onda, por instinto; hasta el culo se limpian entre ellos, por pura solidaridad y onda. Esta provincia debería llorar, alguna puta vez. Todos sus habitantes deberían llorar, desesperados, a la vez, para que escuchemos, nos escuchemos. Me embola el regodeo por el dolor ajeno.