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Opinión

El trastorno de Amadeo (última parte)

Finalmente habla Berta, a través de estas líneas, desde la cárcel. La paciente desesperada, cuenta, cómo se resuelve el Trastorno de Amadeo. El final de las pesquisas.

Nadie sabe nada sobre el Trastorno de Amadeo. No se imaginan lo que significa. Cuando maté a mi hijo Octavio fue una liberación. No quedaba otra, desde la desesperación en la que me encontré tantos años, llorando sin parar. Por eso nadie quiso decir la verdad sobre la resolución del trastorno, matar al niño, a los niños.

Médicos, psiquiatras, detectives, periodistas, esposos, familiares, enfermeros; ninguno sabe nada.

Hay que padecerlo para entenderlo.

Desde la prisión, ahora que puedo escribir –antes no lo hacía por la medicación y el sueño eterno- puedo contarlo. ¿Se acuerdan de la tribu que mató a sus niños en el Acre tirándolos al río Envira? Así lo resolvieron.

Así se resuelve. Es la eliminación de la sociedad a cuentagotas, es la extinción de la especie lo que nos salvará de este maldito trastorno, de este mundo enfermo, de estas rejas.

A mi esposo Roberto lo internaron en el Psiquiátrico no bien se enteró la noticia. Pobre Roberto. Nunca lo entendería de esta manera. Jamás se hubiera imaginado que haya enfermedades que no se curan con la medicina. Yo lo entendí no bien efectué el filicidio. Fue una reacción de supervivencia. Y me liberé, cuando estrangulé a Octavio.

Mi llanto fue deteniéndose a medida que aumentaba el de él. Y así, la transmutación del llanto en silencio redentor tomó cuerpo en la habitación. Ahora puedan quizá entenderme. O no. Pero es el testimonio de la primera sobreviviente que lo cuenta.

El doctor Lacerna se suicidó dos años antes de mi condena. En realidad, su vida abocada a lo irresoluble lo llevó a un estado de ansiedad sin límites. Era un hombre incontinente. Su verba encantaba, cautivaba, pero al tiempo era un gran moscardón. Un hombre infeliz, con su mujer postrada hacía 20 años en una cama, sin sus hijos que lo abandonaron. Un tipo que hurgueteaba en el sin sentido de la razón instrumental. Me enteré en la cárcel cuando murió, cuando se murió.

Yo maté para seguir viviendo.