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Opinión

El trastorno de Amadeo (tercera parte)

El doctor Lacerna relata su encuentro con el hijo de Carius Hallfayed en Chicago, 1964. La reapertura de la causa por el asesinato y las diatribas del Dr. Vitorio Hallfayed contra su padre. ¡Esto es EEUU, señor Lacerna!
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Cuando llegué a Chicago, un jueves de julio de 1964, en la portada de los diarios se hablaba de la reapertura de la causa por la muerte del científico Carius Hallfayed. Quedé insomne ante las notas de los periódicos. Justamente cuando aterrizaba en Chicago para entrevistarme con el hijo del muerto en el 22, se reabría la causa, y yo en la misma tierra, a minutos del lago donde fuera arrojado dopado con morfina.

Recuerdo que el Chicago Tribune y el Chicago Sun Times ilustraban sus primeras páginas con las fotos de Mein (el asesino) y Hallfayed (la víctima); pero también el New York Times y el Daily News lo hacían, reportando extensas notas sobre el caso que terminó archivado con la liberación de Mein. Con eso me topé al llegar a la ciudad de Chicago, una poderosa urbe industrial y ferroviaria, capital del Estado de Illinois. No obstante, si bien la saga policial en los medios fue siempre una de mis pasiones, mi cabeza estaba puesta en un solo objeto: el Trastorno de Amadeo, y la posibilidad de juntarme a charlar sobre el tema con el hijo (Vitorio Hallfayed) del descubridor del trastorno constituía el deseo en su mayor expresión de singularidad.

A Vitorio Hallfayed lo vi recién al tercer día de mi estancia en Chicago. Prevenido, me fui unos días antes del encuentro pactado para anunciarle por teléfono que ya estaba en la ciudad, que había llegado y que me tomaría unos días antes de visitarlo para recorrer el lugar. Le mentí al Dr. Vitorio. No quería hacer turismo. Más bien caminar por las márgenes del Míchigan pensando en el cuerpo dopado con morfina de su padre arrojado al mar por unos delincuentes pagados por el Dr. Mein y visitar los archivos de época en los diarios de Chicago para copiarme las coberturas sobre el asesinato perpetrado. Indicios, análisis y opiniones de la prensa policial, hipótesis, pistas de los detectives e investigadores de la época que brindaban un mapa de exploración sobre esa muerte. Lo cierto es que en la búsqueda encontré una caterva de opiniones en contra del Dr. Carius Hallfayed, y una celebrada victimización del Dr. Mein. Fue, por lo que indagué, el caso policial más rimbombante de la psiquiatría por entonces en la ciudad de Chicago. La presión de los medios, el lobby de los laboratorios y del establishment médico lograron que la Justicia acortara los tiempos de prisión de Mein, con lo cual, al tercer año de su detención, el responsable intelectual del homicidio saldría en libertad ante vítores de la gente apostada en el supremo tribunal.

-Buen día, doctor Vitorio -lo saludo estirando la mano-, mi nombre es Manuel Lacerna.

-Buenos días, doctor, tome asiento, ¿le sirvo un café?

-Con mucho gusto, se agradece.

-Bien, vamos al tema que lo trae por Chicago: qué quiere saber de mi padre.

-Veamos, doctor, como usted sabe soy médico psiquiatra e investigo enfermedades no convencionales. A mí particularmente me interesa el Trastorno de Amadeo, patología que descubrió su padre. Pero debo ser honesto, y le pido disculpas por la pregunta que le voy a hacer: ¿por qué a su padre lo matan de esa manera? He seguido el caso y me interesa particularmente. Estoy al tanto de la relación que su padre tuvo con el Dr. Mein y de lo que dijo la prensa.

-Mire, doctor Lacerna, no entiendo muy bien a dónde quiere usted llegar, pero le voy a decir algo muy concreto. Mi padre, el Dr. Carius Hallfayed, fue una persona deshonesta, una mala persona. En su vida familiar y laboral. Al Dr. Mein lo maltrató por años en el departamento médico, le frenaba su carrera y, lo que fue peor, se adjudicó él el descubrimiento del Trastorno de Amadeo en soledad, cuando era un trabajo de años de todo el equipo. Eso no justifica el final, pero le debo confesar que además mi padre era amante de la esposa del Dr. Mein.

-Lo siento mucho, Dr. Vitorio. Imagino lo contrariado que debe estar con el tema. Sin embargo, al Dr. Mein lo condenan y luego lo dejan en libertad. Nada justifica el asesinato. Disculpe usted.

-Es cierto, pero es un tema sobre el que no me interesa explayarme. Hoy yo trabajo para el Dr. Mein en su clínica privada. Y en eso le voy a estar muy agradecido. Además, ya es un tema de índole familiar que no quiero compartir.

-Pero hoy es tapa de todos los diarios. La causa se ha reabierto y el Dr. Mein estaría nuevamente comprometido.

-Por eso mismo. Me preocupa la situación. No es un tema que me interese charlar con usted.

-Está bien, Dr. Vitorio. Solo me queda preguntarle sobre la enfermedad. Sobre el Trastorno de Amadeo. Como le dije en una oportunidad por teléfono, vengo de una zona donde se registran casos con las mismas características. Atiendo pacientes que lo sufren y quisiera que compartiéramos experiencias.

-Doctor Lacerna, el Trastorno de Amadeo se descubre en base a una serie de manifestaciones en pacientes que residen en Chicago.

-Eso no es cierto, disculpe usted, pero en la provincia de Mendoza se han reportado al menos 17 casos.

-Mire, Lacerna, nosotros trabajamos con nuestros casos en la Clínica, tenemos apoyo gubernamental, publicamos la investigaciones y hemos logrado un prestigio importante en los Estados Unidos. Yo le pediría que siga usted con lo suyo allá en el sur de Argentina, nosotros en lo nuestro.

-Está bien, intentaba compartir una experiencia de años que llevo en el tema. Me voy, no sin antes decirle que su actitud no contribuye a encontrar caminos de solución al trastorno. La ciencia debe socializar sus conocimientos para mejorar el bienestar de la población de cualquier país.

-No le permito que me dé clases de moral. Yo soy un científico que tiene muy claro cuál es el rol de la ciencia. Es más, somos pioneros en tratamientos de pacientes con enfermedades desconocidas. ¡Esto es Estados Unidos, señor Lacerna!

Continuará…