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Opinión

El trastorno de Amadeo (segunda parte)

Tras las charlas me di cuenta que el caso de mi esposa para el Dr. Manuel Lacerna se transformó en “su” preocupación, especialmente porque hacía más de diez años que no se detectaba en Mendoza un trastorno de ese tipo.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Caminamos lentamente por el lago del Parque General San Martín, rodeándolo, unas tres vueltas, lo cual nos tomó un prolongado par de horas. Era el tercero de los encuentros con el Dr. Manuel Lacerna porque fue él mismo quien en el primero de ellos, en su consultorio de la Calle Aberastain al 578 en la Capital de San Juan donde me trasladé a informarlo, me propuso “otro espacio” para charlar sobre la enfermedad de mi esposa. Por eso fuimos luego, a la semana, a un café de la calle Leónidas Aguirre y a posteriori a parlamentar al lago del parque, aquí en Mendoza.

El Dr. Manuel Lacerna es un médico psiquiatra de unos 70 años o más, investigador del Conicet y Profesor Titular de la Cátedra de Psiquiatría de la Universidad Nacional de San Juan. Si bien se jubiló hace unos años, el Dr. logró seguir con sus investigaciones sobre el TA a partir de un subsidio internacional que pudo llevar adelante a través de un convenio con la Universidad y el “Hospital de los trastornos” en el Estado de Pará, Brasil, junto a otros colegas interesados en el caso y a propósito de lo que la prensa brasileña llamó “el ahogo de los niños del Acre”, tema que suscitó una profusa dedicación de la prensa paulista, nacionalizando la inquietud y, colateralmente, promoviendo el pensamiento mítico por la desaparición de la tribu.

Tras las charlas me di cuenta que el caso de mi esposa para el Dr. Manuel Lacerna se transformó en “su” preocupación, especialmente porque hacía más de diez años que no se detectaba en Mendoza un trastorno de ese tipo (en Chicago se diagnosticaron ocho casos en un solo año, en 2002) por eso viajaba él ahora a entrevistarse conmigo a Mendoza, en charlas monologadas y extasiadas, bajo calores insoportables de enero.

El Dr. Lacerna es un tipo afable, cadencioso en sus parlamentos, de porte robusto, medio parecido a René Favaloro; posee un tono de voz cavernosa y con prestancia. Recuerdo que nunca lo vi transpirar una gota de sudor así estuviéramos bajo el mismo sol de las dos de la tarde charlando animadamente. Es más, nunca lo vi sin su saco italiano color crema, liviano,  ataviado con un pañuelo de seda verde manzana anudado a su cuello y un sombrero blanco de hacendado portugués. Convincente por demás, uno no puede menos que entregarse a las manos del Dr. Lacerna y a sus pesquisas sobre el origen del trastorno, sus manifestaciones y pruebas de medicación genérica que un laboratorio de Buenos Aires le provee para experimentar con sus pacientes.

El padecimiento de mi esposa Berta data desde que tuvo a nuestro primer hijo, Octavio. Berta sufrió demasiado en el parto y desde aquella vez no paró de llorar, literalmente. Cuando digo no paró de llorar literalmente quiero decir que hace siete años que llora sin descanso, de día y de noche, cuando duerme y cuando se levanta. Lo significativo es que no se trata de una depresión ni de angustia. Ella me lo ha dicho, muchísimas veces tiene buen ánimo pero llora igual, y nunca para. Los médicos no concluyen que se trate de depresión. Berta no tiene ideas de muerte, tendencia suicida, baja estima, ni ha sufrido ningún shock postraumático. Tuvo una infancia feliz, padre y madre vivos, hermanos cariñosos con su familia, de buen pasar. Nuestro hijo es una persona adorable, goza de buena salud, sus sobrinos también y nosotros como matrimonio no tenemos casi discusiones. Es decir, no hay, en apariencia, un solo hecho que justifique ese estado.

Cuando consulté con unos médicos, varios, sobre lo que le pasaba a mi esposa, me dijeron que la llevara al Dr. Manuel Lacerna en San Juan, un especialista en “enfermedades raras” que se aboca desde hace años a este padecimiento, investiga, viaja, sistematiza casos sobre lo que un médico americano en la década del 20 en Chicago denominó “El trastorno de Amadeo”. Una enfermedad incurable, extraña, detectada pocas veces. Pero lo que pudo ser una esperanza se transformó en una resignación. En cada encuentro con Lacerna, sus palabras taladraban mi cerebro, era como si el médico gozara despuntando su abanico de experiencias, inquietudes, viajes por el mundo. No puedo negar su afabilidad y contención pero lo cierto es que no encontraría una sola respuesta, ni un camino o tratamiento a seguir. Llegar a Lacerna fue llegar al desierto, encontrarse con otro humano pero que no tenía agua ni brújula. Un buceador pero sin destino. Por eso, a partir del tercero de los encuentros, le fui tomando bronca, sentí tedio y hasta pensé en insultarlo en más de una oportunidad en medio de sus parlamentos suntuosos de vida hecha. De a poco, el Dr. Lacerna se transformaría en un verdadero monstruo para mí.


Continuará