Opinión
Los infelices
No pueblan los cafés por la mañana ni leen los diarios tibios, no; jamás los verán meterse y mucho menos taponarse una medialuna empapada de café con leche en la boca, empujándola con el dedo índice. Tal vez ni recuerden las calles ruidosas en primavera en el centro de la ciudad o la cansina calma del barrio ni el perfume de las panaderías de madrugada. ¡Qué va!
No les llega el amor para sorprenderlos, no les quita el sueño un beso suave en la frente; nada de eso puede ocurrirles, aunque tal vez les haya ocurrido, alguna tarde gris en la antesala del infierno o en el purgatorio que de seguro se ha rebuscado la memoria oblicua para archivar o anular, para evitar el dolor, esa imposible búsqueda, anti- exploratoria, sin aliento, que les dice que no hay presente.
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Bueno, ahí quería llegar. Los infelices no tienen presente sino mejor una historia clínica que sistematiza somatizaciones y brotes, diagnósticos y dosis de pastillas o inyecciones, algún electroshock y esas cuestiones de archivo, dispositivos de conocimiento del otro, diferente, invariable. Métodos de control de los cuerpos luego de anular las mentes, población que necesariamente debe ser exhibida como referencia de la “enfermedad mental”, paroxismo de la infelicidad pura.
Incluidos sí, pero en el envase social que los ha concebido como contenido para justificar el sentido institucional de unos aparatos ideológicos especiales que bien se las han arreglado para dominar la sinrazón social, tratándolos más como individuos que sujetos sociales, privando, eso, privándoles todo desde el alba hasta el alba. Sin derechos.
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La libertad, realmente no existe. También es complejo determinar el afuera y el adentro. Claro está que el discurso dominante está por fuera del subalterno aunque se inscriba en su cuerpo y en sus prácticas. No hay un exterior ni un interior, hubo que crearlos, hubo que producirlos a fuerza de necesidades políticas, sociales, filosóficas y económicas.
Los infelices fueron producidos y nunca vinieron así, naturalmente, de la entrañas. Los infelices debieron ser encerrados para ejemplificar-nos. Como los presos pero a los que se les quita el alma. La infelicidad encerrada y sin derechos, en un hospicio para pobres, rodeada de ojos que la estudian.

