Opinión
Acariñame
Ha llegado la nieve. Marisa me canta y mueve su boca e imanta la noche entrometida como en madrugada, suavemente, como un vientito en una playa de Bahía. Marisa sabe, que mientras más cante, más nieva en esta guarida a cielo abierto.
Estuve toda la tarde con Marisa Monte, escuchándola claro. La llamé desesperado porque alguien tenía que ponerle música y amor a esa tarde helada de soledad –era como un pozo la tarde-. No quería más nieve de la que tenía en el picaporte. Nos aflojamos. Su presencia cedió el tedio. Nos desnudamos a la altura de la estufa y nos servimos un Baileys. Le pedí una canción de cuna. Le dije: “Quiero Velha infancia Marisa, acústica en la voz, una Velha infancia acústica”.
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Como los buenos trovadores le propuse: “larguemos juntos, que no se note y sea amor”. Y ella empezó a cantar y no paró. Marisa Monte cuando empieza no para y la vida no para. Y yo le advertí que “Velha infancia” me importaba más en ese momento que un pedazo de playa bajo mi dominio. Y brilló su voz. La voz que acariña (Acariñar es un verbo que improvisó mi hija con 4 años, “acariñame papá”, me decía hace un tiempo).
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Ha llegado la nieve. Marisa me canta y mueve su boca e imanta la noche entrometida como en madrugada, suavemente, como un vientito en una playa de Bahía. Marisa sabe, que mientras más cante, más nieva en esta guarida a cielo abierto. Y bailamos. Por más frío bailamos. Pedimos más frío con el cuerpo. Y los cuerpos dejamos calientes.
No importan los tanques. Importan los cuerpos. Qué importan los misiles. Importan los pechos. Somos pechos avistados por Marisa Monte. Tenemos una infancia pacífica pero a la guerra la necesitamos. Quiero una metralleta para abrazar y hablarle de la tela que dejó mi araña sin despedirse. Solo para eso quiero una metralleta.

