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Opinión

¿Quién nos cuenta lo que no recordamos que hemos vivido?

¿De qué materia están hechos los recuerdos? ¿Serán gotas desvanecidas y agotadas que dibujan su senectud con una aureola indeleble? ¿Acaso olores que remiten a cosas que remiten a momentos que remiten, que remiten, que remiten?
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

Ya me habían contado algunas historias parecidas. Creo que las oí en  juntadas familiares en veranos secos de zondas hirvientes, entre guitarreadas y vinos blancos de uva moscatel, allá, en la letanía de patiecitos cuadriculados de un San Juan perdido por los terremotos.

Mirando un punto fijo en el horizonte ondulante por el solazo que evaporaba las veredas de cemento, bajo los paraísos, tirándole las pelotitas a la veintena de chocos que disponían pasar la siesta eterna; creo que fue en esos contextos que mamé las leyendas de mis mayores, hoy borrosas en el recuerdo.

Y será por el hastío de un presente invariable que la memoria vigilante se empeña en combatir, que la historia y sus trayectorias humanas no yazgan como mustia flor ni tango olvidado. Esas siestas de chocos en trineos pobres sacuden y reponen la certidumbre de que hubo mareas bajas y mareas altas en la inmensidad de la infancia imaginada.

Porque de eso se trata cuando nos ponemos grandes, de imaginar la infancia y contárnosla a nosotros mismos, relatárnosla a tientas como quien se disfraza de fantasma con una sábana y sale a caminar por la noche oronda.

Hábitos del corazón, audiencia del cielo. Desierto mental pérfido. Todos avatares escamosos de silencios que tejen tramas como arañas compañeras, mientras una muere la otra cincela la manta que protegerá el recuerdo, la remembranza y la calidez de la anécdota.

Como hojas voladoras que nunca caen, que sobrevuelan cada vez más alto, que parecen perderse para la mirada, el recuerdo flirtea en los intersticios y queda adormilado en las juntas de las ventanas o en las alfombras de mugre debajo de las cocinas.

¿De qué materia están hechos los recuerdos? ¿Serán gotas desvanecidas y agotadas que dibujan su senectud con una aureola indeleble? ¿Acaso olores que remiten a cosas que remiten a momentos que remiten, que remiten, que remiten?

En fin, ¿Quién nos cuenta lo que no recordamos que hemos vivido?

No hay recuerdos falsos, más bien hay recuerdos dormidos.