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Opinión

Faubourg sentimental

Antes había que mirar, esperar que te miren, vigilantear que te volvieran a mirar y aparecerles cara a cara para empezar un monólogo que las apabullara hasta que te dieran bola para salir a bailar, porque si le gustabas, el apabullamiento del chamullo les daba tiempo para que ellas perdieran la timidez y se animaran a un “sí, vamos”.

Cuando me paré en la esquina a esperar que cambiara el semáforo, me di vuelta, y de golpe, pasaron 30 años. 30 años todos juntos y apretados. A mis espaldas, en ese instante, como una ráfaga violenta de zonda, pasaron. Y cambió el semáforo y no crucé. Me quedé ahí, solo, estancado en el tiempo flotante. Ido. Justo en esa esquina que queda a 20 metros de la casa de mi vieja y a 50 metros de mi departamento. No se paró el mundo, me paré yo. Quedé en estado vegetativo pero parado, con una bolsita del supermercado en una mano y un pucho en la otra. Una estatua vegetativa.

Y me di cuenta en mi vegetalidad que todo estaba exactamente igual. Que la esquina de Doña Chela nunca se cayó por el terremoto del 85. Que en todo caso, ahora, ya no estaba la peluquería de Don Miguel, un viejito italiano que atendía de mañana y hacía corte americano y a la navaja. Solo eso hacía. Ah, y leía el diario pero dado vuelta, el Los Andes leía. Pero con los pies en la cabeza. Don Miguel no sabía leer ni escribir, tampoco hablar en español. Vino de chico a Mendoza con su esposa, también italiana, y no aprendió o no quiso aprender el idioma. Pero era bueno y cariñoso el viejo que con 80 años seguía cortando el pelo, con navaja. Un peligro, pero bué…el viejo se murió dormido soñando con cortar el pelo la mañana que lo despedía de este mundo.

Y yo era amigo de su nieto, muy amigo, en la adolescencia. Por eso lo conocía mucho al viejo y a la vieja y a la madre de mi amigo. ¿Viste, cuando andas mañana, tarde y noche con un amigo de pendejo, prácticamente viviendo juntos? Bueno, así. El Charly le decíamos todos. Un pibe simpático y ganador, muy animado, emprendedor y busca. Un busca divino.

Como le gustaba vestirse bien y era fachero el charly, laburaba en una casa de jueguitos electrónicos para tener sus mangos. Un crack. Y tenía a las mejores pibas. Pintón era, pero tenía labia, verso, imantaba, y salvo que era un flaco sin un mango, así y todo las minas más lindas morían por él. Tenía onda el Charly. Encima ojos claros. Garpaban mal.

Y vivía ahí, justo en esa esquina donde me quedé vegetativo, parado como un espantapájaros, mientras pasaban ciento cincuenta mil autos y cincuenta micros. Sin quererlo, él me enseñó a perder la timidez con las mujeres. Para encararlas, para hablarles y convencerlas. Porque antes era distinto. En los bailes había que encarar y parlar. No era como ahora que las minas bailan en grupo y no te dan ni la hora. Encima ahora encaran ellas, si quieren. Y vos  te quedas de garpe con tus amigos tomando esos tachos de cerveza de litro que sirven ahora que no podes ni moverte porque se te cae la mitad. Y bué…

Antes había que mirar, esperar que te miren, vigilantear que te volvieran a mirar y aparecerles cara a cara para empezar un monólogo que las apabullara hasta que te dieran bola para salir a bailar, porque si le gustabas, el apabullamiento del chamullo les daba tiempo para que ellas perdieran la timidez y se animaran a un “sí, vamos”.

Y te tenías que apurar en los movidos así cuando largaran los lentos la cosa viniera más o menos charlada. Si no, estabas muerto por el resto de la noche. Y podías dar mil vueltas por el baile que no cazabas ni una mosca en pedo. Por eso se armaban las piñaderas, por los colguetis que de tanto dar vuelta sin levantar ni sospecha, ya le querían arrebatar la naifa a un flaco. Pero eso era otro tema. Bueno, eso lo aprendí, sin quererlo, del Charly. De mirarlo nomas. De observar cómo les entraba y les arrancaba una sonrisa a todas las pendejas de 15, 16 y 17 años.

Andábamos siempre sin un mango. Pero no nos faltaban datos de cumpleaños de 15 o de fiestas para colarnos. Siempre nos colábamos. Era un arte colarse. Y, una vez adentro, nos sentíamos Gardel y Lepera en el Montmatre. Además, este Charly -como se imaginarán- era amigo de todo el mundo, asique ahí nomás saludando y a los abrazos de aquí para allá.

Habré estado ahí, en la esquina, parado unos diez minutos -como les decía- vegetando. Hasta que por atrás alguien me tapó los ojos, como la vieja joda de taparte los ojos para que adivinaras quién carajo era el que te tapaba los ojos. No lo podía creer, imaginen quién era.