Opinión
Elegía de calles escondidas
Las calles escondidas no aparecen a primera vista. Tampoco es fácil saber -o recordar- si las has transitado. Es más, entre tanto urbanismo hay que pensarlas para que aparezcan. Es que en esas calles hay casas de barro y caña habitadas por perfumes y evocaciones. Todavía les cuelgan rejas marchitas, de hierros deshilachados y despintados. Las calles escondidas y las baldosas flojitas, carcomidas, con pocitos, olorientas a cemento rancio y a tierra profunda. Las calles escondidas florecen en la siesta, aparecen, y se van, por la tarde, con el sol, con la fresca, del otoño. Las calles escondidas están ahí, para usarlas, y besarse con mujeres apuradas y dormirse en sus veredones para soñar con el bálsamo de sus cuellos, de sus dedos, de sus pechos.
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Las calles escondidas están a la vuelta de tu casa y de la mía. La ciudad está plagada de calles escondidas que no identificamos porque vamos reprochando y maldiciendo, demasiado, especulando: con la pulpa del salario, con la nata del trabajo, con la grasa del colchón que te amilana y desvela. Son esas calles, a la vuelta de tu casa, encerraditas, que duran poco, que miden poco, que terminan rápido; las únicas calles donde se piensa, se ama, se duerme, se calma, se siente, se ríe y se llora, a escondidas.
Son calles para pasearlas sin tiempo. Hay que equivocarlas y aparecerlas. No hay autos, no hay gente, no hay ruidos. Pero hay plantas y árboles gigantes, (de cien años), hay gatos de la guarda, (de cien años) hay casas semiabandonadas (de cien años).
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Las hay en Godoy Cruz, en Las Heras, en Luján. Me gustan mucho las de Dorrego, cuando camino a casa de mis amigos y las piso, las estrujo, las aliento. Me las llevo, me las robo, me las envuelvo.
También las he visto bonitas a una cuadra de mi casa y, de vez en cuando, salto expulsado de mi silla, con un pucho en la comisura de los labios, las manos en los bolsillos, en plena siesta, a eso de las tres de la tarde, a vivirlas unos minutos, porque ¿cuánto te puede llevar caminar esas calles escondidas, que miden dos o tres cuadras, y topan en un portón marrón donde caduca todo amor, donde expira el pensamiento de todo ladrón, o la ansiedad del asesino?
Y pienso –específicamente- en la calle Arce, en Godoy Cruz, a dos cuadras de la calle San Martín, subiendo por Rivadavia. Una calle. Sólo una cuadra se llama Padre Arce. Y es la mejor calle, la mínima calle, la calle achicada pero eterna. La calle que caminé de adolescente. La calle que usé para descansarme y relajar las primeras derrotas, los fatales desamores, las sorpresivas angustias, los perjurios silenciosos. Y ahí he vuelto no hace tanto ni hace mucho. A pasear a mis hijos, a pasear a mis perros, a pasearme entero y a pedazos. A veces voy, solamente, por ir, para comprobar que está, que no ha sido obturada por una clínica para ojos o un spa para ambiciosos o extenuados. A veces voy y vuelvo. Por una vereda o por la otra. Por el medio de la calle o haciendo equilibrio sobre el cordón de la acequia. Pero siempre voy y siempre vuelvo. Y espero la siesta, y espero las tres de la tarde, para que no se vaya, para que no me deje.

