ver más

Opinión

Es legítimo no querer llegar a ninguna parte

Perdemos, las más de las veces, por abandono. No somos perdedores como especie, más bien, abandonamos la lucha por la supervivencia cuando no damos más. Sencillamente, una gran paja es esta vida que te amontona años y más que sabio te hace un reverendo pelotudo que no puede con su cuerpo.

Estamos atravesados por convocatorias que apuestan a la construcción de colectivos. Somos, como especie, sociales por naturaleza, y la cultura nos regula, nos controla; y a veces nos reubica en una matriz de sentido.

Queremos tener “sentido”, saber que cada paso que damos va, indefectiblemente, hacia algún lado, hacia un nirvana que puede adoptar la forma de un auto 0 km, de una casa, un departamento, un viaje en globo, recorrer Latinoamérica en un Citroën pintado con flores, o, simplemente, tener hijos y llevarlos todos los días a la escuela. Algunos se agrupan y quieren cambiar el mundo y no pueden siquiera cambiar los muebles de su casa.

Perdemos, las más de las veces, por abandono. No somos perdedores como especie, más bien, abandonamos la lucha por la supervivencia cuando no damos más. Sencillamente, una gran paja es esta vida que te amontona años y más que sabio te hace un reverendo pelotudo que no puede con su cuerpo.

Por eso creo que es legítimo no querer llegar a ninguna parte. A ningún lado, a ningún punto exacto. Es tal vez, el gran problema teleológico que padecemos. Querer llegar. ¿A dónde? A la concha de su hermana con querer llegar. Solo transitamos como pasajeros de un buque que en algún momento tira el ancla y el capitán dice en el medio del río “lo siento, aquí se bajan todos”.  Y ahí es cuando uno se pregunta y repregunta si tenía sentido llegar. A remar o a nadar. O simplemente hundirse boca abajo hasta que te exploten los pulmones. Ni se les ocurra pensar justo ahí en ir en busca de un tesoro de un galeón perdido.

Las sociedades buscan su sentido, su destino, su imagen. Y en el camino van quedando, los miles y miles de desolados, de abandonados, de ninguneados, de ignorados. Lucha de clases y lucha de sentidos. Lucha de almas.

En definitiva, la religión sirve para dar sentido a las prácticas de las personas, porque unen. Pero si no tenés religión, -y me refiero por ejemplo a la religión peronista o  a la de pertenecer a la tribu del Heavy Metal (ambas, son un sentimiento)-  perdés por abandono en la vida. Se te escurre la arena por entre las manos y la ropa, los pantalones, y el viento te deja, de a poco, en pelotas en plena calle, y se te hinchan los ojos y mofletes. Y volás, alto y en zig-zag. Es ahí cuando vale la pena despedirse a carcajadas mientras te perdés entre las estrellas.