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Opinión
Se fue Coco Romairone, discretamente
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cuando la tierra nos llegue a los ojos.
No se sabe quienes nos han medicado.
Menos aún si las indicaciones para la subsistencia tuvieron algún sentido.La telaraña es la única vigía,
un atrapasueños,
una destripadora de corazones difuntos
El viento se lleva el silencio frente a los féretros,
los deudos agachan la cabeza,
el sol lanza cuchillos como en los circos pobres de Lima o Arequipa.
Se han ido fileteados sus versos. Pero ha dejado unas carpetas
abarrotadas de papeles mohosos por el tiempo
Ya se han borrado sus pasos de la alfombra. Huellas no quedan para que no nos encariñemos con el polvo
El verdulero Gustavo inunda de llanto las acelgas, los zapallitos italianos y los melones.
Ya no está Coco. Claro, ha decidido el viaje con estilo, discreto, respetuoso, sin aspavientos.
Por la esquina de Rioja suceden: el amor, el ademán cansino de las doce y el fisgoneo de los vecinos que se han anoticiado.
La caoba es un legado hecho poema, bello, perfumado,
para recordarlo.
Pasan los micros. Nunca sabremos a cuál de ellos se ha subido Victorio.
No sabemos por dónde va en el viaje.
Solo Juan y Federico guardan su último secreto: cómo descubrió aquella carta, dónde dejó el reloj de arena y qué poema se guardó en el bolsillo cuando se fue sigiloso por los techos del hospital.
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