Opinión
¿Se animan a dejar de abortar clandestinamente?
Está bien. El tema del aborto es uno de los nudos conflictivos por excelencia en la sociedad actual. Más que el matrimonio igualitario. No será fácil desprenderse de los dogmas o prejuicios instalados a capa y espada en algunos casos, ni mucho menos de los que la cultura católica interpela en los sueños a todo buen samaritano.
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La ideología funciona y circula en aparatos ideológicos que se construyeron para que la misma refuerce unas relaciones sociales especiales que al fin y al cabo garantizan el status quo. Hasta el más progresista está en contra del aborto. Las clases pudientes y las famélicas también. Es el paraíso del consenso donde reina una especie de “cobización” de las conciencias.
Ahora bien, a mí me gustaría que, si los que están en contra de “despenalizar el aborto” –esto no significa promover abortos, pero bué, las ratas no piensan más allá de la trampa- se animan a dejar de abortar clandestinamente, pagando más de una o dos o tres lucas a un médico que con el crucifijo en el consultorio te la hace cortita sin que se entere nadie.
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Pendejitas de clase media y alta o mujeres sin DIU que ni la dudan y pelan chequera o débito para cometer “ese asesinato-nato”.
Mientras, las pibas pobres se van muriendo en carnicerías donde la bola de lomo sale 12 pesos el kilo y el matarife, de blanco sangriento, te las atiende.
Que nada cambie. Que sigan abortando vidas de 14, 15, 16, 17, 18 años.
Vidas de mierda. Que se jodan si no tienen un mango y les gusta coger más que hincarse a rezar. Si son pobres que se jodan.
El padre ingeniero, el padre docto, el padre empresario, el padre la pone para que la hija no se castre la vida.
El padre obrero, el padre campesino, el padre de los pobres diablos conoce una dirección de una señora que dicen que sabe abortar y que capaz te la devuelven sanita y nueva.
Y sino… será de dios nomás.