Opinión
Los tubos, la sangre y un poema para seguir viviendo
El hombre está internado desde hace más de una semana. Tiene 85 abriles y una especial capacidad para reírse de su insuficiencia respiratoria. No puede hablar mucho pero balbucea por entre la mascarilla del respirador que le surte una nebulización eterna.
Te puede interesar
¿La autonomía municipal le puede mejorar la vida a los mendocinos?
-
Te puede interesar
La Corte Suprema enciende una luz de esperanza en la selección de jueces
Cada final de texto tiene un silencio compartido de un par de minutos largos. Tomamos agua del tiempo y el “reloj de arena” se filtra en la inmensidad de la tarde. Coco mejora, lentamente.
Pide ir al baño y descolgamos los tubos. Quedo sólo pensando en la vitalidad del escepticismo y en el pesimismo de la inteligencia.
Al rato, Coco me pide que lo ayude a salir del baño y volver a su lecho. “He pensado un poema”, dice, con dificultad. Le pongo la mascarilla, lo acuesto, lo tapo con la sábana.
“Dale, Coco, decime”.
Coco balbucea el poema pensándolo, haciendo memoria. Le pido que lo repita lentamente para escribirlo. Y dice:
“Esa singular capacidad del verso
Que nos hace encontrar sin medida
Aún en la palabra vida
Que, reverso, no es duplitud del verso”.
“Genial, Coco. ¿Cómo le ponemos?".
“Nocturno”, contesta.
Convaleciente, se inspira y apuesta. Le sigo leyendo a Borges al azar, Ausencia, La luna, El oro de los tigres, Recoleta, Chacarita, y así, pasando de un libro a otro, de Cuadernos de San Martín a Luna de enfrente, hojeamos los títulos de Evaristo Carriego, Los conjurados, Ficciones, El Aleph, Historia de la noche. Estuvimos tres horas y media en eso. Fue una buena siesta de una maldita primavera.
“Gracias, Coquito, nos vemos luego”, y me voy, prodigándole un suave beso en la frente.

