Opinión
Aproximación a una historia política de la sociología en Mendoza
A partir de 1983, a tono con los cambios políticos e institucionales que vivió el país, se inició un proceso “normalizador” en la Universidad Nacional. Las carreras de grado más castigadas durante la dictadura militar fueron sin duda las del ámbito de las Ciencias Sociales, en particular la Carrera de Sociología que, en Mendoza, llegó a cerrarse y transformarse en una instancia de especialización de posgrado. Es decir, nadie pudo estudiar sociología entre 1976 y 1983. Muchos de los alumnos y docentes que recorrieron desde sus experiencias la sociología en Mendoza, debieron, tras el golpe militar, exiliarse, escapar a otras provincias o refugiarse en el interior de Mendoza, ocultándose tras la figura del “vendedor” de algún producto (conocemos dos casos concretos: el licenciado Aldo castro vendió ballenitas en calles de la ciudad en forma ambulante y el licenciado Mario Franco vendió perfumes en la provincia de San Juan y departamentos de Mendoza). Otros, dejaron la sociología y se dedicaron de por vida a otra actividad. Echaron de la universidad a alumnos y docentes. Fue recién a partir de la reapertura democrática, bajo el mando del decano normalizador Luis Triviño, que se reinsertaron alumnos a terminar la carrera, o a retomar la docencia para los que habían sido expulsados de sus cargos. La “normalización” del ’83, generó un clímax de reencuentro y solidaridad entre los colegas, y muchos de ellos fueron convocados a regresar del exilio. La institución les creó las condiciones para que vuelvan, y, en muchos casos, se les llamó a concurso cargos en distintas cátedras para que se desarrollaran profesionalmente en su tierra. La gran pérdida fue que muchos no volvieron ya que encontraron espacios académicos en universidades extranjeras durante el exilio, y pudieron seguir estudiando y luego trabajando allí.
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Algunos de aquellos sociólogos dispersos por el mundo lograron integrarse en países como Inglaterra, Brasil, México, EEUU, Colombia: llegando a destacarse profesionalmente entre sus pares. Por nombrar algunos: Emilio Tenti Fanfani, Eduardo Bustelo, Francisco Martín, quien regresó del exilio y se integró a la Facultad a cargo de la cátedra Teoría Sociológica Clásica; Aldo Vacks, Rubén Cervini, Aldo Isuani, entre otros.
Con la ejecución del nuevo plan de estudios, a partir de 1985, se recuperó la posibilidad de estudiar y trabajar institucionalmente en la sociología en Mendoza. Esto implicó una oxigenación intelectual para la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Sin embargo, convivieron durante una largo tiempo aquellos que no sólo no fueron expulsados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, sino que además colaboraron con la intervención en dictadura en la Universidad por aquellos años. Es el caso de María Inés Dugini, profesora de la cátedra de historia de la carrera de sociología, quien se desempeñara como Secretaria Académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales durante la dictadura entre 1979 y 1982. Nunca nadie le pidió explicaciones de su accionar en aquel período. Es decir, que en la facultad convivieron y conviven, colaboracionistas y reintegrados, ex expulsados y profesores que optaron por el silencio durante los años de plomo. Por una cuestión generacional y política, los más “viejos”, representaban a la derecha académica y eran intelectuales orgánicos de la misma, formados en la escolástica tradicional y profundamente antimarxistas. Casos de los profesores Dennis Cardozo Biritos, Rubén Calderón Bouchet, Dardo Pérez Guilhou, Enrique Díaz Araujo, Guillermo Mario Saraví, Enrique Zuleta Alvarez, entre los más representativos de este sector, ocupando cargos estratégicos en la gestión de la facultad y la universidad en dictadura. Sin embargo, estos, no fueron expulsados en la etapa democrática. Como si nada hubiese ocurrido, estos docentes se fueron jubilando, y en muchos casos luego fueron contratados por las autoridades en democracia. Otros optaron por dedicarse a la docencia en Universidades Privadas. La lucha de los sociólogos en ese momento consistió en recuperar la autonomía sociológica y el perfil de la carrera, rediscutir los planes de estudio y adaptarlos a la etapa democrática. La sociedad y la política habían cambiado, esta última se había recuperado como forma de construcción y discusión colectiva. En ese nuevo marco, las ciencias sociales también profundizaban ese proceso con reflexiones críticas, democráticas, nacionales y populares.
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Mientras tanto, lentamente, el proceso se fue desarrollando de tal manera que, ante la falta de docentes y graduados en la disciplina para que se integraran en las cátedras, se promovió la apertura a otras disciplinas, a otros perfiles de otros campos del conocimiento como la epistemología, la psicología, la filosofía, entre otros.
Otra de las luchas de la carrera por aquella época, consistió en “destronar” a la corte de abogados que se habían apropiado de las cátedras, y del poder académico de la Facultad en dictadura. Este proceso de transformación de la correlación de fuerzas sociológicas, logra cristalizarse hacia fines de los ochenta y principios de los noventa. El “polo democrático” había triunfado en la facultad frente a los sectores de la derecha católica que ocupaban el “poder simbólico” de la excelencia académica, el poder del conocimiento, la trayectoria en la investigación y la posibilidad de publicaciones. Frente a ellos, los “ninguneados” que empezaban todo de vuelta, “de cero”, retomaron las lecturas que dejaron escondidas en pozos del fondo de sus casas. Otros, los que venían del exilio, pudieron abrirse cancha con algunas certificaciones obtenidas en el exterior y así disputar espacios y ampliar las reglas para la formación académica y la docencia.
El proceso democrático y sus cambios, llevará a la creación de cátedras nuevas a partir de las reformas de los planes de estudio. Se incorporarán docentes jóvenes entusiasmados con el auge democrático y ávidos por nuevas lecturas o lecturas prohibidas años anteriores. En este amplio y nuevo “campo democrático” co-existían diferencias teóricas y políticas importantes entre los docentes, pero los unía un pasado común de lucha y resistencia, de padecimientos y penurias, que superaba los antagonismos, por el momento, considerados menores o secundarios.
En los años noventa, el país profundiza el neoliberalismo económico iniciado en la dictadura, constituyéndose en el proceso más brutal de los últimos años del modelo. Privatizaciones, concentración económica, desfinanciamiento educativo nacional en pos del financiamiento externo, apertura económica sin tapujos hacia el mercado internacional, desnacionalización cultural, desempleo sin precedentes, indigencia.
Este nuevo mapa político y social en la Argentina, producirá una serie de realineamientos en los miembros de las ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Políticas. Clasificamos a los mismos en tres grupos, articulados a través de tres matrices ideológico-políticas.
Los liberales tecnicistas:
Optaron por sumarse a la experiencia neoliberal desde una visión tecnicista de la ciencia social, acoplándose al pensamiento tecno-instrumental en boga. Pugnaban por un modelo educativo-universitario gerencial, financiado por los organismos internacionales de crédito.
Son los traductores del Know-how y de una serie de términos que desde el mundo empresarial invadirán la esfera estatal y pública, fundamentalmente ámbitos de gestión educativa, de salud y desarrollo social. Se transformarán los lenguajes que designaban procesos sociales y los organismos de ejecución de políticas públicas. De las históricas direcciones a las gerencias, conocimiento por know-how, política social por managment social, entre otros términos que significarán el proceso de colonización conceptual en las ciencias sociales. El modelo universitario de referencia estaba en los EEUU y se materializaba en convenios de intercambio y cooperación. Varios graduados de nuestra facultad viajarán a distintas universidades norteamericanas con el fin de adquirir alguna titulación ligada a formación en administración pública fundamentalmente. Estos profesionales, encontrarán en el modelo neoliberal el fundamento de su práctica, aparentemente despolitizada, justificando el proceso de privatizaciones y de ajuste, como única vía de ingreso al primer mundo. No se plantearon construir un pensamiento crítico desde la ciencia social, sino por el contrario, su pensamiento devenía en un pragmatismo a secas, administrativista y gerencial de los problemas sociales. Propugnaban la aplicación de programas diseñados por el Banco Mundial, BID o PNUD, de manera focalizada, es decir dirigido a poblaciones específicas, tomando a los sujetos como consumidores de servicios o clientes del sistema En todo caso se constituyeron en meros traductores de un arsenal de conocimientos producidos para designar y clasificar al mundo social desde el lenguaje de la empresa privada. Formaron, de hecho, una remozada derecha antiintelectualista en los noventa. Las definiciones políticas y teóricas venían ya establecidas por los organismos multilaterales de crédito. No tenían la formación académica de la derecha clásica ni pretendían tenerla. Sin embargo, al ocupar posiciones de poder importantes en el mapa educativo del periodo, se dedicaron, sin pretenderlo conscientemente, a gestionarles el prestigio a los que sí lo buscaban por aquel entonces: los intelectuales de la centroizquierda posmoderna.
Estos dos grupos, entablarán una relación muy particular, aunque paradojal, ya que los primeros (liberales tecnicistas) respetarán a los segundos (la centroizquierda posmoderna) en términos de “excelencia académica”, atributo que no tenían aquellos; y los segundos, si bien despreciaban a los primeros por su carencia, supieron arrebatarles prebendas, como por ejemplo las áreas de posgrado e investigación, eje de su política de acumulación. Cuando el modelo llega a su fin hacia el 2001, los integrantes del grupo de técnicos liberales se dispersarán hacia otros grupos, buscando protección y reorientando sus prácticas.
La centroizquierda posmoderna:
Lo constituyen, en primera instancia, un grupo de intelectuales provenientes mayoritariamente de la filosofía, aunque también algunos de la psicología y las letras, que no encontraron su espacio de desarrollo en su propia unidad académica, la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, no obstante la cual, sí les permitió doctorarse y adquirir una serie de titulaciones que luego invertirán, para ganar posiciones, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
La Facultad de Ciencias Políticas será el ámbito por excelencia donde depositarán sus expectativas de crecimiento, la cual les brindó un espacio importante en cátedras de filosofía y epistemología, entre otras. Para nuestra Facultad, significó una importante renovación, una oxigenación y aires nuevos frente a la tradición filosófica escolástica que copó la facultad durante décadas. Sin embargo, preocupados más por desarrollar filosofías críticas al interior de la carrera de sociología, no prestaron atención al desarrollo de la profesión. Aportaron a la disciplina pero en detrimento de la profesión. Así, construirán su posicionamiento en base a una firme política de acumulación de certificaciones y saberes, que potenciará, como modo de disputa, el prestigio intelectual que antes detentaba la derecha académica. “Los doctores”, en su mayoría provenientes de otras facultades, conformarán un grupo inicialmente chico pero sólido, que sostendrá su política en base a la bandera la “ética” en un contexto político nacional que les resultaba favorable. Su posición ideológico-política se definirá como “progresismo”. En este amplio marco, este grupo, utilizará las prebendas del sistema neoliberal universitario (becas, subsidios, financiamiento internacional vía universidad, apoyo para asistencia a congresos etc.) para construir currículum y prestigio. Sin embargo, desde el “discurso” se denunciará al neoliberalismo salvaje, se acusará a los técnicos de las ciencias sociales por colaboracionistas del modelo, se acusará de corruptos a todo aquel que ocupe un cargo de gestión en este período.
Además, ocuparán un papel central en la escena mediática en los noventa, como forma de reconocimiento y visibilidad. Los medios, bajo su lógica del marketing periodístico, y deseosos de voces que fueran a contrapelo de modelo cultural, aunque no del económico, ofrecerán sus espacios para este tipo de pensamientos, generalmente fragmentados, que denostaban las tradiciones teóricas de las ciencias sociales, que resignificaba inteligentemente las modas académicas francesas y americanas. Ofrecían a su vez, un atractivo especial a los públicos universitarios con sus reflexiones posmodernas (el análisis de los shoppings, la caída de los meta-relatos, la necesaria transdisciplinariedad, el análisis de los no-lugares y la celebrada posmodernidad).
Ideológicamente podríamos ubicarlos en la centroizquierda posmoderna universitaria, con un marcado elitismo cultural, que sedujo con sus discursos y bibliografías “actualizadas” a los estudiantes y graduados jóvenes que vivían el vacío del “desencanto menemista”. Su planteo epistemológico consistió en desarticular los discursos fundantes de la teoría sociológica para imponer un modelo de pensamiento sin tradiciones teóricas, con fuente en filosofías y pensamientos atractivos del mercado editorial, más que en teorías sistemáticas. Fundado en el posmodernismo filosófico de la época, construyeron un discurso que diluía a la ciencia social en reflexiones asistemáticas cercanas a la literatura y el ensayo. Sin embargo, su política de acumulación se caracterizó también por abrirse hacia sectores liberales por un lado, y hacia la izquierda clásica por otro. Hacia los primeros, porque aquellos les permitían el acceso al capital simbólico del conocimiento, expresado en el dictado de posgrados, adquisición de becas y financiamiento de proyectos, así como de las publicaciones científicas. Hacia los otros, como modo de conservar un filón crítico al sistema y contener los posibles descontentos ideológicos de sus miembros.
El campo nacional y popular:
Aquí clasificamos a aquellos que lucharon por la reapertura democrática desde una perspectiva nacional y popular y que provinieron de las experiencias de las ciencias sociales de los ´70. Formados en el nacionalismo popular de la Izquierda Abelardiana, la teoría de la dependencia Brasileña y el desarrollismo industrialista de los cepalinos, se reencontraron en democracia luego del exilio y las expulsiones en la Universidad. El impacto del proyecto neoliberal en los noventa desarticuló aquellas experiencias que se desarrollaron en pos de un pensamiento crítico de carácter nacional que le diera un rol a la sociología a tono con las necesidades de la sociedad. Esto llevó a sus integrantes a una gran confusión de sentido y no tuvieron claro cómo moverse en el ámbito académico durante el periodo. En definitiva no construyeron un proyecto de acumulación durante los noventa, sino más bien resistieron el embate neoliberal del gobierno nacional. Paulatinamente se fueron atomizando en varios grupos pequeños: unos denostaban la formación de posgrado por artificiosa para el conocimiento, otros se sumaron a la ola de una universidad del ajuste presupuestario y del financiamiento externo. Otros se avocarán a la práctica teórica desde un marxismo crítico, adaptado a las condiciones nacionales, a pesar de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del socialismo real.
Ideológicamente, este grupo nunca tuvo el poder formal en la universidad y en muchos casos no consideraron a la universidad como un espacio para la construcción política e ideológica. Sin embargo, si ocupó cátedras importantes en la carrera de sociología y desde ahí, a contracorriente, intentaron desmontar el discurso posmoderno, ya dominante en las ciencias sociales. Generalmente defendían la vigencia de corrientes clásicas en la teoría social frente a la “explosión” de las modas académicas. Ante esta situación, no acumularon poder en la universidad, aunque pretendían mantener los espacios desde donde discutir el voraz neoliberalismo. No obstante, tras la caída de De la Rúa, un nuevo impulso a las ideas del nacionalismo popular se dio en el país y por supuesto esto replicó en la universidad. El proceso abierto por la etapa sustitutiva de importaciones y la profunda voluntad política en materia de derechos humanos, vinculó nuevamente a los sectores medios de la universidad con las ideas de este espacio, antes divorciadas.
Cabe agregar que quienes se ubican en este espacio en la carrera de sociología, se encuentran en condiciones de subordinación en la facultad. No obstante, a través de acciones académicas y políticas, los miembros de este grupo intentan desplegar discusiones en torno a la problemática de nuestra disciplina y profesión.
Lo cierto es que se rediseñó el mapa de los intelectuales universitarios. Hoy los miembros del primer grupo -liberales tecnicistas- fueron derrotados por la fagocitación de los noventa y por el desgaste de gestionar un modelo decadente que hizo eclosión con el país en el 2001. Los grupos en disputa en la actualidad enfrentan, principalmente, a los miembros del segundo y tercer grupo.
Finalmente, diremos que, durante los años ´90, en el marco de la dominancia del discurso neoliberal, la Universidad Nacional fomentó la idea de la “excelencia académica” ligada a la adquisición de titulaciones aranceladas (maestrías, doctorados, principalmente) como estrategia de formación de “cuarto nivel”. Sin embargo, a más de una década de esa política, esos “títulos de nobleza cultural” –tal como los denominaba el sociólogo Pierre Bourdieu- se han convertido en patrimonios individuales, puestos a funcionar como capital de distinción, que se acumula y se invierte, frente a los que no lo poseen. Así las cosas, en la actualidad, ser doctor, o magíster de “cualquier cosa”, otorga un plus de poder personal en el mundo académico. Esta “industria del posgrado”, desordenada y sin un criterio de planificación en las instituciones universitarias, lleva a los graduados a la desesperación por adquirir nuevos títulos, a desviar la atención del recorrido académico que vienen realizando desde sus tesis de grado y, en muchos casos, a desangrarse pagando por algo que sólo les sirve a modo de antecedentes para competir en un mercado con salarios de poca monta. Entonces, el poseedor del título de posgrado, se enfrentará con los que no lo tienen en toda contienda académica: concursos docentes, becas de investigación, cargos de gestión concursables, etc. Y, por supuesto, los sobretitulados tienen las de ganar dadas las reglas. Han pagado más peajes en su viaje académico. Esta competencia neoliberal de mercado, reina en las facultades, por lo menos en las de Ciencias Sociales es así, llevando a las unidades académicas a una guerra de todos contra todos, acentuando la brecha entre los que pudieron acceder a un título universitario en la Universidad Pública, provenientes de clases populares, y los que, ubicados en mejor posición social, se adecuan al arancelamiento del posgrado. Es a estos últimos a los que termina promoviendo el desigual esquema universitario actual.
Marcelo Padilla es columnista de MDZ y sociólogo. Profesor de Antropología y de Sociología Sistemática de

