Opinión
Con un nudito en la garganta
La heladita de la madrugada se filtró por las sábanas y no pude seguir durmiendo. Eran cerca de las cuatro, no llegaba el minutero a las cuatro. Un silencio suave se coló por la ventana e invitó a levantarme de la cama, sin tedio. Quise disfrutar el momento. En mi barrio todavía no llega el gas natural y se hace muy pesado bancar en invierno esos tubos gigantes que parados parecen tipos haciendo guardia, de verde, inmutables. Cuando te quedás sin gas por la noche no tenés tiempo de reaccionar.
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Me quedé una media hora pegado a las lenguas, mirando estrellas, acariciando a mi perro y fumando un faso. Pensaba en la vida, la muerte, los amigos, mis hijos, mi esposa. Pensaba en los arboles, la montaña, los chañares, los algarrobos, los cactus. Respiraba. Sentía. Vivía.
Pegado a mi casa vive hace añares un eucalipto gigantesco que explota de hojas y trompitos, y no se me ocurrió mejor idea que podarle algunas ramas sequitas de las puntas y tirarlas al fuego. El barrio empezó a perfumarse y mi ropa resplandecía. Busque unos mates en la cocina y volví al santuario. No quería que ese fuego quedara ahí, solo.
Pensé, en Víctor Hugo Cúneo y en Vicente Huidobro. En Jacques Prévert y en Alejandra Pizarnik. No sé por qué pensaba en ellos. Pero también pensé en mi tío de San Juan y sus guitarras de madrugadas beodas. Pensé en las serenatas de los enamorados y en mi amigo Juan, el marinero que falleció aquella noche calurosa en Portugal luego de cruzar el atlántico en su velero loco junto a su esposa brasilera y su hija beba.
Pensé y pensé. Voy al fuego, pensé, a pensar. Pensé de golpe en el discurso de Salvador Allende, su último discurso, apasionado, declarando que no se entregaría y que daría su vida en la resistencia. Pensé en el dolor de un amigo con su hijo agonizando, y si bien no soy religioso, el pensamiento era una plegaria para él y su familia. Pensé en mi hermano a miles de kilómetros que hace años no veo. Pensé. En la tierra pensé. Pero en la tierra de mi casa, salada por el agua, maltratada por los fríos, y pensé en la chipica noble y estoica.
Pensé en agosto del 87, en agosto del 88 y agosto del 89, recordando momentos de amores furtivos de militancia política. Sexo joven. Fuegos. Pensé hacia atrás y adelante. Hacia los costados, hacia abajo y hacia arriba. Pensé en los que dejaron de ser amigos y los que no veo más. Pensé en la soledad que te viene encima con los años. Esa soledad intima rodeada de muchedumbre.
Pensé en los supuestos logros y los supuestos fracasos. En el amor y el desamor. En la traición y la lealtad. Pensé en “Corazón Satánico” de Alan Parker. Pensé también en las noches de domingo en familia, en las carcajadas con Olmedo, Porcel y Portales. En los sifones de soda Drago y en los pingüinos con vino tinto que usaba mi viejo. Pensé en mis viejos perros envenenados. Mis viejos gatos desterrados. En las noches de San Pedro y San Juan. En la quema de gomas en el campito de la esquina. En las Fallas de Valencia. En el Corso por la plaza 25 de mayo en San Juan. Pensé en no pensar y no pude más que pensar.
Y el tiempo pasaba, y el fuego se alentaba y mi pensar tornábase más lento aún. ¿Cómo pensar sin fuego? me pregunté ¿Cómo vivir sin fuego? Pensé, entonces, en “La guerra del fuego” de Jean Jacques Annaud. Tres horas de film sin diálogos articulados, tribus peleando por la conquista del fuego, una fuerza productiva motora del desarrollo.
Pensé lento, pero pensé. Y como el fuego moría de fuego, pensaba alternativas. Y pensé en el viejo brasero que no tenía. Improvisé uno con una chapa desvencijada del baldío contiguo, en la penumbra fantasmal del piedemonte. Lo cargué de brazas naranjas fosforescentes y lo trasladé desde la churrasquera del jardín a mi casa, precisamente al living. Y puse la pava allí. Y puse la tostadora con panes caseros allí. Y levanté a mis hijos para ir al colegio. Y mi casa estaba calentita, muy calentita. Tiré unas cascaritas de naranja como se hacía antes en lo de mi abuela, y mi casa olía bien. Y mis niños hicieron una rondita en derredor de las brazas y desayunamos en círculo sentaditos en sillas, despegando los ojos. Y dejé de pensar. Y dejé el pasado por un buen rato. Mate, tostadas y café con leche para todos. Fue una madrugada feliz, con un nudito en la garganta.
(*) Marcelo Padilla es columnista de MDZ.



