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Opinión

No quiero tener un millón de amigos

Con tres o cuatro es suficiente. De lo contrario, andáte a Facebook y perdé tu vida en ese mar de anónimos que convidan amistad. La soledad más patética que se haya conocido. Si a un amigo no podés tocarlo no es un amigo. La mano, el abrazo, el beso…qué se yo; el cuerpo que anda solo, desespera. Hay que tocarse. “El otro”, nos dice que estamos vivos.

El viernes pasado nos juntamos a tomar un café con Mauricio, un amigo que hace por lo menos 10 años que no veía. Fue en la calle 9 de Julio casi Espejo, en un cafesucho de tercera, esos que tienen las patas de la mesa enclenques y nunca sosiegan, donde las piernas entran pegadas, incómodas. Tomar un café en el centro es un hábito que perdí hace diez años. Ya no me interesa “la vida en el centro” y le esquivo a esa fauna que lo habita, profusa de gritones, sonidos de tacos, batidores de parches y pirómanos en movilización. Mientras, en los cafés, la plaga de asesores de políticos y empleados estatales que se escapan del laburo lengüetean la espuma del cortado humeante. No hay nada más desagradable que un asesor en un café. Demasiado argento pa` mi gusto. Cuando murieron los bohemios, a los cafés los invadieron los entongados. El café, hoy, es una oficina ambulante del alcahuete de turno. Para mí ya no hay “Bomarzo” ni “Dalí” y mucho menos “Café Bahía” ni “Virrey”. Es tiempo para otros. Son muchos los monos.

En Mendoza no se puede caminar tranquilo porque siempre te encontrás a un conocido que seguro te demorará entre cinco o diez minutos hablando boludeces, y nunca faltará el típico, “Ché, a ver si nos juntamos a comer un asadito, pasáme tu celular y te llamo”. Mentiras. Nunca nos llamamos, casi nadie se llama. Por lo general, cuando no me queda otra, anoto el teléfono del “conocido”, pero luego, apenas me despido del mismo, lo borro de mis contactos a la cuadra siguiente. Ya fue. Si no nos hemos juntado más es porque la vida nos arrasó. Hay tipos que nunca se juntaron a nada y se viven pasando los teléfonos cada vez que se encuentran. Increíble. A mi modo, ejerzo un sinceramiento contra esa fantasía de la amistad a medias. No se puede, ni quiero, tener un millón de amigos. Con tres o cuatro me conformo. Y al que quiere ser un millonario en amistad, que vaya a Facebook a perder su vida en ese mar de anónimos que convidan amistad. La soledad más patética que se haya conocido. Si a un amigo no podés tocarlo no es un amigo. La mano, el abrazo, el beso…qué se yo, el cuerpo que anda solo desespera. Hay que tocarse. “El otro”, nos dice que estamos vivos.

Ahora lo que vale es el interés, en el mejor de los sentidos. Te juntás con alguien porque necesitás algo o necesitan algo de vos. Y eso, a partir de los cuarenta, ya se blanquea sin tanta culpa. Es un signo de “madurez cínica” en la jungla en que vivimos. Una especie de pacto hipodérmico que transan los caminadores y se hace efectivo en cada semáforo en rojo. Del centro, siempre, se vuelve cansado. Ni mirar vidrieras se puede…porque no hay vidrieras.

Mauricio me cuenta que vive ermitaño y sale de su escondite solo por obligación o por evasión. Hablamos de viajes, reímos con un par de códigos y me suelta una gran verdad: “la gente que tiene power aquí en Mendoza, la que toma decisiones, no tiene onda”. Coincidimos. “Habría que mandar al mendocino al menos un año a vivir afuera, a otro sitio, Misiones o Uruguay, Brasil, al sur”, enfatiza. “Esta todo muy boludo por aquí, es cierto, y las relaciones sociales, laborales o amistosas caminan por la cornisa. Todos andan con los ánimos crispados, hay mucha mala onda y envidia”, le digo.

Nos alegró muchísimo encontrarnos después de tantas noches y madrugadas compartidas. En la mesa teníamos puchos, un par de celulares, una gaseosa y un té de hierbas. Charlamos una hora y media bajo el sol, entre bocinazos y gritos de peatones italianos, sobre su vida en Brasil, hace un par de años. Como autómatas, miramos un par de minas que pasaron frente a la mesita, siguiendo la parla, como si le habláramos cada uno por su lado a los tipos de una mesa pegada a la nuestra. Los tipos hacían lo mismo.

Me contó las diferencias enormes entre Sao Paulo y Bahía, las distancias, las mujeres perdidas, la religión negra, la experiencia del “movimiento antropofagia”. “Desde que llegué hace un tiempo solo me comunico por messenger con brasileros y porteños, casi ningún mendocino”. Se le nota a Mauricio su desapego, su cabeza está siempre en otro sitio, en un mejor sitio.

La última vez que nos vimos hace diez años nos habían echado de un bar del centro, a las cinco de la mañana, y en la esquina de 9 de julio y Gutiérrez nos despedimos para no vernos hasta este último viernes. A los dos nos han echado de muchos lugares y creo, nos seguirán echando, ¿por qué habría de cambiar nuestra actitud?, a esta altura es un prestigio ganado y no una vergüenza social. La supervivencia nos hace vivir más intensamente las jornadas. Con el discurrir de la charla nos damos cuenta que somos dos antropólogos habitando un lugar desconocido al que solo observamos sin mimetizarnos con sus nativos. Mauricio escribe y escribe, y nadie sabe lo que escribe porque nadie se lo publica. “esa gestión no la sé hacer” me dice resignado.

“No hay nada peor que cumplir 41 años, no alcanzás a elaborar la crisis de los cuarenta y ya entras en la crisis de los 41. Pura crisis. ¿Será así hasta el final?” digo, sin corresponder a su comentario.

¿Vamos? me dice. “Vamos”, le digo. Nos prodigamos el mismo gran abrazo en la esquina de Gutiérrez y 9 de Julio, como aquella noche. “Nos vemos en diez años”. Nos vemos.