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Opinión

Pájaros de la guarda

Nada más maravilloso: levantarse a las cinco de la mañana en pleno campo piedemontano, luego del canto del gallo, y respirar hondo para despedir las últimas estrellas. La hora exacta del más absoluto de los silencios. La soledad más pura, la más real de las soledades. Luego, lo cotidiano.

El hábito madrugador lo incorporé desde muy joven, cuando estudiaba en la facultad. Desde la casa de mi vieja en Godoy Cruz, me tomaba tempranito el 40 en calle San Martín y Rivadavia hacia el centro. Siempre me bajé en la misma parada -San Juan y Vicente Zapata- y de allí, a paso firme, le ponía cuatro cuadras por mano derecha, subiendo hacia colón hasta llegar a Patricias. En el edificio pegado a la esquina, por Patricias, vivía el Gonzalo, mi compañero de estudios, con su abuela "mimina": una viejita con clase, muy discreta, que siempre nos tuvo la bandejita con el termo y el mate preparada, y la misma servilleta de tela azul bordada con un pajarito, limpiecita, doblada en triángulo. A pesar de pensar distinto por aquellos años, con Gonzalo cultivamos una amistad duradera. El, más cerca del liberalismo democrático y yo del neo-marxismo nacional y popular ¿qué será eso dirán ustedes?. Lo mismo me pregunto, aunque ensaye algunas respuestas pa´ mis adentros.

Estudiamos juntos, casi toda la carrera de sociología. Meta mate, lecturas en voz alta y discusiones -por momentos fuertes- sobre la interpretación de algún texto de coyuntura.
Por entonces apareció el “Pagina 12”, bajo la dirección del joven Lanata (tenía 27 años por aquel entonces el gordo, aunque lo de gordo le vino después). Las distracciones en la lectura venían por el lado de los diarios. Comparábamos las noticias de los matutinos locales y a veces las de los diarios nacionales. Siempre nos interesó el tándem Pagina 12- La Nación. Sin decidirlo conscientemente, practicábamos un buen ejercicio de análisis sobre la coyuntura social y política en los noventa, además, teníamos a mano los textos de los teóricos de la Ciencia Política y de la Sociología para fundamentar nuestras posturas. Se disfrutaba la partida, y nos pisábamos en los relatos por la pasión de la discusión. Fumábamos como animales mientras cruzábamos espadas discursivas.

Vivíamos en pleno menemismo. Los días previos a cada examen, se sumaba Emiliano, un adrenalínico ariano al que le sobraba energía. Le decíamos “el fresco”, apodo que le endilgamos por una anécdota de su viaje a Colombia. Aunque ideológicamente, le cargamos la etiqueta “el facho”, por su pasado en la Escuela Militar de Buenos Aires. Conformábamos un cocktail ideológico que resultó por cierto, muy interesante. Podíamos convivir, comer asados con mucho vino y cagarnos de risa en la finca de Gonzalo en los retiros espirituales, tres días antes de cada examen. A mí, me decían “el zurdo” y a Gonzalo “el liberal”. La cuestión es que con el tiempo ni yo fui tan zurdo, ni Gonzalo tan liberal, ni Emiliano tan facho. Lo más importante es que fuimos amigos, básicamente, apasionados por la sociología.

“El fresco”, pura sangre caliente, muy generoso, murió joven, producto de una aneurisma cerebral a los 40 pirulos. Se desvaneció en el centro de Rivadavia, luego de dar un curso, y partió sin aviso. Ocurrió un sábado por la mañana y me enteré por el diario del lunes. Por esas cuestiones de la vida, hacía un tiempo que no nos juntábamos. Fue duro el golpe. Sus últimos oficios terrestres los dedicó a la gestión de posgrados en FLACSO Argentina, cuando Filmus fue Secretario Académico de la institución. Con él, trabó una amistad particular y terminó asesorándolo en el Ministerio de Educación de la Nación, en los primeros años de la presidencia de Néstor Kirchner.

En la época de estudiantes, yo tenía apenas 19 años y el hábito de anticipar al sol, lo incorporé con gusto. La mañana tempranera siempre me inspiró bien para leer y estudiar, y en invierno, mucho mejor. Me cautiva la oscuridad alumbrada por un foquito de 40, un termo y el mate compañero. Años después, cuando culminé la carrera, viví noctámbulo, entremezclado en la fauna del rock vernáculo, cazando fantasías, haciendo música y bebiendo elixires baratos que te rompían la bocha. Ya laburaba en la profesión, pero el cuero me daba para llevar una doble vida. Se sabe, el cuerpo en la juventud, todo lo resiste. Recalaba en mis sábanas cuando el sol amagaba con sus primeras luces y las viejas baldeaban las veredas. Esa imagen, “viejas baldeando las veredas”, por cierto, me deprimían un poco. El día arrancaba y yo moría con el parto del día, como los vampiros. Quise comerme la vida, entre el trabajo, la música, la familia y la noche. Pero las facturas llegaron y tuve que pagarlas de a una. Y aquí estamos, casi sin deudas por suerte.

Hace varios años volví a la practica inicial, la de madrugar, pero en mi propia casa, aquí en el campo, en pleno piedemonte. Tengo muchas responsabilidades por estos años. De entrada nomás, cuando me levanto con el canto del gallo-despertador, mi primer acto casi sonámbulo, consiste en darles de comer a los gatos. Los “siete magníficos” hacen guardia al pie de la cama y me persiguen hasta la cocina, pegoteándose a mis piernas, ronroneando. A coro solicitan el morfi. Y para frenar la maullada ensordecedora y evitar se levanten los críos, me los saco de encima con el alimento y un poco de leche, y recién ahí me voy a lavar la cara al baño.

Pongo la pava, y mientras hierve el agua (aquí el agua se hierve porque no es potable) me voy al parque de la casa a respirar profundo y escuchar a los pájaros, los cientos de pájaros que cantan para mí, en la más absoluta libertad y soledad del alba, sin vecinos, ni autos, ni micros. Son recitales, conciertos que la naturaleza ofrece a los tipos que andan solos por la madrugada. Pájaros de la guarda que te invitan a seguir el día con sus gorjeos.

Mi pago, la quimera más hermosa que haya visto, virgen y fresca, como el céfiro después de la lluvia. El sol, recóndito, todavía no se anima a revelar del todo su presencia, pero hace señas por entre las nubes, aro de miel entre los eucaliptos y pimientos. Una oscuridad con ambages permite divisar la noble chipica húmeda, muy húmeda por el rocío,  y convoca a recorrer el patio y revisar que todo esté en orden: el gallinero con sus aves (gallinas y patos conviven en armonía) y mi cabrita “Dorita”, la última adquisición en mi zoo familiar. Luego de unos minutos, mis pulmones gratificados por el aire fresco del monte, vuelvo a la cocina, y la pava ya escupe vapor, como un trencito, pidiendo termo. Preparo mis enceres, subo a mi estudio de madera, prendo la compu y escucho, muy suave, alguno de mis discos pirateados en la web. Por estos días disfruto a Marc Antoine, un guitarrista francés de origen gitano que ejecuta un jazz muy particular, dúctil y apacible. Una buena música para arrancar las primeras horas de la mañana.

Todos duermen en casa: niños, esposa, perros, y luego de manyar, también los gatos. En mi paraíso, la soledad dura un par de horas pero parece una eternidad suficiente. Mi cabeza es puro oxigeno y mi cuerpo relajado acepta muy bien el mate y el pucho tempraneros. Cierta nostalgia se apodera por esas horas de silencio absoluto, donde el viento es amigo y la garúa de verano obliga al abrigo en pleno enero. El monte, siempre callado, bello, calmo, sedante, va mutando de color y de formas, y lento, muy lento, descubre las montañas y el verde opaco de los jarillales perennes.

Repaso los diarios y a veces me cuelgo con alguna columna que deslumbra, o me  dispongo a escribir abstraído del mundo que no se siente, ni el tiempo avanza. El verano es acogedor por aquí, y por más que el sol acuchille a las 12 del mediodía, es común que una brisita amortigue la jornada. El “gato Mario”, rey felino de la casa, duerme arriba de la impresora, estirado, cubriéndola, inmutable a los tenues hilos de agua humeantes que resbalan del termo, en cascada hacia el mate. La música nos domestica, al menos, por unas horas. Y claro, en ese contexto, escribo con bríos para el diario y para ustedes, los lectores.