Opinión
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También representa una división material y concreta que separa y clasifica el mundo social. De un lado, los que se vienen beneficiando desde hace décadas: los que antes importaban y ahora exportan, los gerentes de empresas multinacionales o nacionales trasnacionalizadas, aquellos que mandan a sus hijos a colegios privados y se socializan en los shoppings, aquellos que a la problemática de la inseguridad la miran por la televisión o la escuchan por radio en sus 4x4. A ellos, les daba lo mismo que fuera Biffi o Iglesias, Jaque o De Marchi, el gobernador provincial, siempre y cuando siguieran estos conservando sus “estilos de vida”, sin proponer nada que cuestione sus privilegios.
Aquella porción minoritaria de la sociedad local, mira la montaña tras imponentes ventanales de vidrios fijos, y sueña con una sociedad donde los pobres no se crucen por el Corredor y tomen sus casas y violen a sus mujeres y maten a sus hijos. Desde ese lado, se vive y se piensa en un tipo de provincia con zonas encapsuladas, con atmósfera propia y servicios propios, con medios de transportes propios. Una pura sociedad utópica de clase, hecha realidad.
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La orfandad del pedemonte
Del otro lado, están los del oeste. Aquellos que viven en barrios pobres, con casas pobres. Donde el frío es más frío y el sol más implacable. Donde los niños se socializan en bulevares con chipica espolvoreada entre las piedras del pedemonte. Donde las lluvias encuentran su cauce natural en casas y en calles. Donde las paredes se pintan de ilusiones futboleras, y los vecinos aprueban, porque embellecen el barrio. Allí donde los micros cargan como ganado, cientos de hombres y mujeres trabajadores. Donde la problemática de la inseguridad, las adicciones y la violencia diaria es comidilla de noticieros que naturalizan la relación pobreza-violencia.
Es allí donde se siente y se piensa desde otra Mendoza. Una Mendoza que los excluye en la redistribución de las riquezas que la provincia adquiere por el turismo o por la vitivinicultura. Muchos de ellos, trabajadores de la construcción, quienes les hacen las casas a los de enfrente, muchos de ellos son empleados de municipalidades con categorías bajas, muchos de ellos son vendedores ambulantes o docentes mal pagos. Muchas de ellas son empleadas domésticas. Otros, limpian de noche los shoppings. Muchos de ellos son inmigrantes indocumentados. Ellos, viven en los barrios de las páginas policiales. Los de enfrente, viven en los barrios de los suplementos de arquitectura y decoración.
La arquitectura ideológica
La ideología que domina ha “naturalizado” esta clasificación arquitectónica y social. El problema es que para muchos políticos la sociedad “es así”. A lo sumo, su preocupación consiste en corregir desigualdades mediante reformas cosméticas. Pero se mueven a ambos lados de la frontera social como peces en el agua. De un lado, buscan punteros y votos; del otro, aliados y acuerdos económicos. A los desfavorecidos, cuando protestan, se los reprime, mientras a los beneficiados, cuando hacen lobby, se los exime y alienta. A los que cometen delitos entre los primeros, se los manda a la penitenciaría. A los que evaden el fisco y realizan estafas entre los segundos, se los intima a no ser desprolijos y se los disculpa.
Los políticos del establishment mendocino están dentro del juego. Nadie se anima a romper las reglas. Nadie construye empoderamiento social en las instituciones y menos aún en los ya desvencijados partidos políticos. Solo las organizaciones con base social en los barrios, en los sindicatos y en los sectores discriminados por el poder, pueden llegar a hacerlo, aunque por ahora, tímidamente. Desde ahí deberán resurgir los liderazgos auténticos, que proyecten otra Mendoza. De no ser así, nos tendremos que conformar en ser “Mendoza: tierra de hostels, wine bars y bodegas boutique”. Una provincia de drugstores y glamorosos cursos de catación. Se impone que se rediscuta la política en todos los ámbitos sociales, y no hacerle asco a la única herramienta de transformación social posible. La base social popular, debe demostrarle a los políticos, que la política no puede confundirse con sus vestuarios.
Anónimos y sin tierra
La Mendoza de hoy ya no es la misma. En cada rincón poblado del gran Mendoza, “todo esto era viña” como reza el dicho popular. Tierra y agua que jugaban a través de las manos callosas del hombre de campo que, entre tonada y tonada, entre tinto y tinto, campeaba los fríos amaneceres. Rincones vacíos de la identidad local que se hacen música en la nostalgia de los tipos que no leen diarios ni se conectan al mundo global a través de la Web. Allí, los náufragos del desierto, en sus canoas imaginarias de paja, atravesando nuestros embellecidos pueblos, hoy ciudades inundadas de turistas que dejan sus divisas y reactivan el comercio local, hacían esta provincia desde el anonimato.
No esas familias, de prosapia rancia venidas a menos, que vindican siempre los poderosos para reafirmar la dominación social en la provincia. Historia de familias que explotaron feudalmente a sus criados de campo. Sino “los otros”, esos nadies anónimos que producen la riqueza para “ese otro”, “ese alguien” que tiene siempre más identidad, con dos o tres apellidos. Entre tonada y tonada, en el desierto y lejos de la ciudad, entre las cabras haciendo la veranada mientras los niños pasan la semana en la escuela albergue, hay una Mendoza profunda y sincera, tracción a sangre y pobre, triste y hermosa.
Ellos tienen dialectos, no lenguajes, y creencias más que religiones. Adoran el agua y el sol, la tierra y los árboles, la montaña y la luna. Mueren anónimos y no salen en los diarios. Se consuelan fumando armados, oteando el horizonte irregular. Refugiados en sus cuevas, no esperan a nadie y no entienden mucho a los trabajadores sociales que se les acercan para darles una mano. Son así los tipos de las montañas, idénticos a la montaña, duros, quemados por el sol y silenciosos. No han sido tentados por el capitalismo que no conocen, más bien, son rechazados por el capitalismo que no conocen. Desde el anonimato tejen la trama del campo, de sol a sombra, acompañados por sus perros. Según datos de la misma DEIE (Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas del Gobierno), casi el 40% de las personas que viven en zonas rurales en Mendoza son pobres, el 80% de los hogares no tienen cloacas, el 64% no tiene red de gas natural y al 42% no le recolectan los residuos.
“El campo es de quien se lo imagina”
Cercadas, las tierras ya tienen dueños, extranjeros por cierto, que han montado boutique y wine bar, merchandising y glamour. En el Valle de Uco, Cruz de Piedra y Luján, en San Martín, Rivadavia, y hasta en el sur colonizado otrora por franceses y alemanes de la primera posguerra, hoy han tomado posesión los nuevos dueños de la tierra, franceses y canadienses, americanos y españoles que declaran, orondos, su pasión por Mendoza.
La nueva inmigración del capital multinacional. No para forjar la tierra, sino para transferir divisas. Si, “modernizan la provincia”, dirán sus defensores, pero nadie repara en el costo. Han dejado en los valles y en las planicies mendocinas, postales de la inversión y la tecnología. Sistemas eficientes de riego. Construcciones majestuosas de diseño arquitectónico de envidiable gusto. Nos han acercado, imaginariamente, al primer mundo. Los tenemos ahí, jerarquizando nuestra economía, otorgándoles un plus simbólico de modernización y racionalidad a los tiempos locales en conexión con los globales. Sin embargo, para los hombres y mujeres del pago, la vida sigue igual, o peor, con menos tierras y amenazados a futuro por el manejo del agua.
Para los hombres de campo no hay políticas culturales. No acceden a los museos y muchos ni conocen siquiera el cine. Ellos dibujan en su imaginación los trazos que asumen las nubes cuando se deforman y se convierten en dragones lanza agua en las tormentas. “El campo es de quien se lo imagina” –dirá el viejo, frente a su desvencijada salamandra-.
El “buen salvaje” mendocino
No son propietarios ni tienen capital más que su fuerza de trabajo informal que deviene en herramienta para su economía de autosubsistencia. Las aguas, que bajan heladas de la montaña, corren entre las piedras peladas y se estacionan en diquecitos que servirán de estanque natural para la recolección del puestero y de la lavandera. Pero no falta mucho para que ese agua, que brota como regalo de la naturaleza salvaje, tenga nuevos dueños y sea derivada hacia nuevos intereses productivos. Mendocinos de tierra adentro, condenados y prisioneros en la libertad imaginaria del campo. No tienen literatura, sino leyendas y mitos que gestionan los mayores en una economía de significados que circulan frente al fuego amigo, entre amargos y pan amasado.
El mito del “buen salvaje mendocino” sin contrato social, mantiene viva la construcción ideológica de una provincia que los succiona para nutrir de color local y pintoresquismo sus inversiones y acumulación de riquezas. El almacén los espera para el fiambre y el pan, y un litro de cerveza para ir conversando. La carne está en el campo, cruda y cocida, según los gustos. El viento corre en contra, y pega frío y duro en la cara añosa del anciano que morirá lento en un sueño eterno. Los viejos mueren de viejos, sin más. La tierra honda los espera para tragárselos y mantenerse viva, natural. Siempre es más barato morir en el campo, mas humano. Y en los entierros no estarán los hombres de negro con la mirada grave, ritualizando la muerte, para afirmar que ahí hay un muerto. Burocracias espirituales que no se conocen en el pago chico.

