Opinión
Postal desde el psiquiátrico
Melissa nunca la pude tener “cara a cara”, tal cual era mi obstinación, luego de los ruegos de su madre y aprietes de su hermano. Llegué al hospital un poco tenso pero con la conciencia tranquila. Pensé, que mi responsabilidad como columnista de un diario digital, al estar allí, contribuiría a resarcir, tal vez, el equívoco de tomar a Melissa como punto de referencia en una de mis columnas, declarándole mi amor virtual, pese a sus frecuentes críticas a mis posiciones sobre la realidad política y social del país.
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Para los desprevenidos, Melissa es forista de este medio, desde hace casi un año, con quien mantenemos cierto encono en torno a miradas ideológicas prácticamente irreconciliables.
No sé si nuestra relación tortuosa, construida post tras post, en decenas de columnas desde octubre desde 2007 a la fecha, produjo cierto encantamiento en Melissa. Acaso mi delirio egocéntrico me llevó a pensar que mi foto permanente la hubiera cautivado.
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Melissa, sin embargo, es odiada por otros foristas, quienes sólo ven en ella a una rubia shoppinera menduca que destila racismo de clase desde su apoliticismo fundamentalista. No obstante a ciertas personas, con su estilo, ha logrado “encantar” a pesar de sus diatribas permanentes.
Entonces, cada intervención de Melissa en los comentarios de mis notas fue respondida y correspondida por hombres desesperados en fundamentar su crítica a sus improperios o para apoyar sus intrusiones, intempestivas las más de las veces. Ella algo había generado en la comunidad de foristas de MDZ. Un halo mágico, satánico, de doble filo, rodean siempre sus palabras belicosas.
Nadie conoce a Melissa, y nunca quizás conoceremos a Melissa. Pero una tarde del maldito agosto fuimos sorprendidos con la trágica noticia de su internación psiquiátrica, por medio de un comentario de su madre, y de un post altamente agresivo de su hermano.
A esta altura, creo estar bastante confundido. Supongo que nadie puede condenar a un columnista por la internación de una de sus lectoras. No es que me quiera justificar, pero es al menos reduccionista pensar que, por un tipo que escribe opiniones, un lector termine con un trastorno de doble personalidad. Por cuanto, creo, la comunidad científica médica, le adjudicará varios motivos previos al desencadenante, como pasa con los suicidios o con los arrebatos de ira que culminan en un asesinato. Nunca las causas son las aparentes, ¡quiero creer por favor!, tras este sórdido momento que transito.
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Llegué un domingo de visitas al “Mendoza Plaza Hospital” y pregunté por la paciente. En la recepción, la chica chequeó su PC y me dijo que no podía visitarla porque Melissa estaba altamente medicada. No obstante, me recomendó hablar con sus familiares y amigos, quienes estaban en el buffet.
Sin dudarlo, me dirigí hacia allí, al encuentro con sus parientes. Tras el vidrio, me topé con una gran mesa, rodeada por una decena de personas. Entre ellas, la madre y el hermano, pero también estaban presentes Pablo Gómez y Juan, dos foristas que suelen acordar posiciones con Melissa, contra mis opiniones y las de Víctor o Paracelso, Héctor y Margarita o Viviana y Caro A, entre otros.
Pablo Gómez fue el que primero se levantó y, mirándome fijo, espetó:
“Que hacés hijo de puta, montonero de mierda”- me dijo sin mediar- .
“Perdón, vengo preocupado y no quiero discutir con nadie” –dije sin respirar-.
Juan, ya preparado para hostigarme, se paró y me increpó:
“Vos y todos esos zurdos de café, son los responsables de esto, la van pagar, como en los 70”.
No quise responder. Solo agaché la cabeza, y pensé en lo peor. En un linchamiento tal vez, o un atentado a mi persona. ¿Quién sabe no? Un plan para secuestrar foristas de MDZ que tienen una visión de la realidad diferente a la de ellos. ¡Vaya uno a saber!, ¿Será paranoia?.
En esas cavilaciones, su madre, con un estilo frío pero más diplomático, se acercó y me dio las gracias por mi preocupación, esto de acercarme hasta el psiquiátrico. Seca y con la cara demacrada por el dolor, me pidió que después habláramos, que no fuera éste el momento. Mientras, su hermano, miraba de reojo, y no atinó siquiera a insultarme, solo escondía su cara en el tazón de café humeante, aguantándose la ira.
Como imaginarán, no cabía posibilidad de sentarme a compartir la mesa con ellos. Pero se me ocurrió pedir hablar con el médico que atendió a Melissa.
Un tal “Dr. Maligno Gutiérrez” abrió la puerta de su consultorio y me recibió amable. “Pase señor, siéntese un momento en el sillón”, me dijo, mientras cerraba parsimoniosamente la puerta.
“Melissa padece un trastorno hipertrófico de desplazamiento afectivo a su figura. Pero quédese tranquilo, no es usted el responsable de esta situación”. -Primerió el médico antes que yo le preguntara algo-.
Atónito, balbucié: “¿y ella lo sabe?…”.
“No”, me dijo Maligno: “ella por ahora está sedada, pero el tratamiento será largo y su internación no tiene fecha de salida por el momento”. “¿Y qué puedo hacer yo doctor, por el momento?”.
“Nada por ahora”, -respondió sin más-.
Salí del hospital con la culpa de todo cristiano cuando reconoce algo de responsabilidad en las tragedias ideológicas y afectivas. Encaré al estacionamiento y al subir a mi auto, me dispuse poner un disco de “Fun lovin` criminals” (100% colombian) para estar a tono. Prendí un pucho, como suele gustar a Melissa llamar a los fasos. Me lo fumé no bién salí del estacionamiento en tres pitadas. Mientras manejaba, recordaba pasajes de “Corazón satánico” de Alan Parker, sobre todo el sonido tensionante del latido del corazón en la película, siempre anticipando algún hecho dramático.
Cuando llegué a casa, encontré a mi gallo blanco ahogado en la pileta de mi vecino. Algo extraño estaba pasando conmigo.