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Opinión

Estudios culturales: ¿moda académica?

La mayoría de los analistas coinciden en que el nacimiento de los Estudios Culturales fue a fines de los 50 en Inglaterra, a raíz de la invasión soviética a Hungría y la realización del XX Congreso del PC. A partir aquello, intelectuales británicos fundaron el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham (CCCS).

Puede afirmarse que los Estudios Culturales nacen de una doble fundación. La primera de ellas, problemática; la segunda, institucional.

La primera fundación, entre fines de los años 50 y comienzos de la década del 60, remite a la aparición de un conjunto de obras y autores, luego conocidos como “padres fundadores” que instituyen un conjunto de objetos y problemas, así como una mirada desviada respecto de los cánones hegemónicos de la academia contemporánea.

Estos consistían, básicamente, en el campo de los estudios literarios, en la centralidad de la figura de Frank Leavis (1895-1978) y su revista Scrutiny. El surgimiento de las sociedades de masas industriales había llevado, como reacción ante una presunta degradación cultural, a la reivindicación de una gran tradición de cuyos límites no había que apartarse.

Pero, a la vez, la obra de Leavis había definido, a partir de su intención crítica, un campo más amplio de atención de los estudios literarios que debían leer también “emblemas, idiomas, acuerdos sociales, culturas vivas, y lenguajes de la vida de la clase obrera como clases particulares de textos” (Hall, S., 1980c: 18). En ese contexto, la publicación del libro de Richard Hoggart  The uses of Literacy (1957) significa un giro decisivo.

Hoggart trabaja la relación de las culturas obreras de la primera mitad del siglo XX y las publicaciones de masas, leyendo la cultura obrera como una matriz de reinterpretación y uso de la cultura de masas, y extendiendo el universo de lo describible a una concepción ampliada de lo cultural, incluyendo aspectos “menores” de lo cotidiano (la organización del espacio, la sexualidad o la función de la taberna, por ejemplo).

El título de su obra indicada define una mirada: Hoggart piensa la alfabetización como un recurso a ser utilizado. Pero además introduce otro elemento: su “etnografía” se basa en sus recuerdos personales, ya que su origen familiar es obrero. Esta condición de clase será un dato importante: remite a las transformaciones ocurridas en la posguerra que permiten a grupos importantes de hijos de la clase obrera acceder a la educación superior.

Es el caso de Raymond Williams, que publica en 1958 Culture & Society, y, en 1961 The Long Revolution, libro que “cambió el campo entero del debate desde una definición literaria-moral de la cultura a una antropológica. Williams pasó a definirla como el ‘proceso total’ por medio del cual los sentidos y definiciones son construidos socialmente y transformados históricamente, con la literatura y el arte como sólo una forma, especialmente privilegiada, de comunicación social” (Hall, S., 1980c:19).

Además, Williams, situaba el análisis de la cultura inglesa en el marco del marxismo, como herramienta para explicar las relaciones entre la cultura y otras prácticas sociales, a diferencia de Hoggart. La misma colocación puede verse en el tercer padre fundador, Edgard Thompson, procedente del núcleo de historiadores del Partido Comunista inglés y autor, en 1964, de La formación histórica de la clase obrera, obra fundamental para la historia social británica.
Thompson reacciona contra el economicismo dominante en la historiografía marxista contemporánea, para definir que la clase, antes que un recorte matemático es un proceso de construcción de una experiencia de lucha que se expresa en una cultura de clase.

En estos autores o padres fundadores, pueden leerse algunas características que decidirán la orientación de los Estudios Culturales: la innovación teórica en el marxismo, tras la crisis de la izquierda británica luego de 1956; perspectiva histórica, desde la crítica literaria o la historia social; la comprensión de la cultura desde una perspectiva antropológica; la relación biográfica con el mundo obrero (en el caso de Williams y Hoggart, aunque en los tres aparece la participación en experiencias de la enseñanza de adultos).

Acerca del origen concreto de este campo de estudios, el mismo Williams refiere que el movimiento de Estudios Culturales surgió de la educación de adultos, en las clases de extensión extramuros, y que el término nos viene de mucho antes de que se fundaran dichos estudios. Al respecto, plantea: “A fines de los años cuarenta, la gente hacía cursos de artes visuales, música, planeamiento urbano y la naturaleza de la comunidad, la naturaleza de los asentamientos, cine, prensa, publicidad, radio, cursos que si no se hubieran realizado en ese sector particularmente desventajado de la educación, habrían sido reconocidos mucho antes. Sólo cuando esta obra alcanzó nivel editorial nacional o fue adoptada –con cierta reticencia– en la universidad, logró que se la percibiera, de la manera típica en esta cultura, como existente”.

El autor reivindica una historia de los Estudios Culturales que viene “de abajo” y cuestiona que al proyecto se lo vincule sólo con las clasificaciones y los textos que luego se academizaron en su desarrollo. Las investigaciones y proposiciones de esta postura se orientaron inicialmente bajo la perspectiva que implicaba realizar una historia social de realidades concretas. En este sentido, señala Todd Gitlin: “El primer trabajo del Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies en los 70, especialmente su estudio sobre el fenómeno de los “asaltos”, concentrado en su doble relación asociada: los significados de la rebelde actividad juvenil que experimentaban los mismo rebeldes, junto con las definiciones represivas impuestas sobre estas actividades por los medios de comunicación dominantes”.

La segunda fundación a la que hacíamos referencia al inicio es la institucional. Ocurre en 1964, cuando se inaugura el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos (Center for Contemporary Cultural Studies), en la Universidad de Birmingham, bajo la dirección de Hoggart hasta 1968, y luego de la otra figura fundamental del campo: Stuart Hall, hasta 1984. En este primer período, se pueden reconocer las líneas básicas de los Estudios Culturales en la instancia de constitución:

a-Los Estudios Culturales pueden verse como un intento de hacer converger tradiciones desplazadas (antropología, crítica literaria, historia social) en un espacio intelectual novedoso. La sociología, por su parte, era cuestionada por su subordinación al estructural-funcionalismo norteamericano. Los Estudios Culturales niegan esta tradición, para recuperar a Weber, la hermenéutica interpretativa de Dilthey y Simmel y el interaccionismo simbólico de la Escuela de Chicago, por su énfasis en el trabajo etnográfico. A su vez, se recuperan la antropología social y la llamada historia desde abajo (history  from below), de gran desarrollo por esos años. La flexión hacia la obra de Weber permite otro hallazgo: la obra de Georges Luckács, y por su intermedio la tradición del “marxismo occidental”, como la definió Perry Anderson (1977; 1987): de allí procede la lectura de Goldmann, Sastre, Benjamín y Gramsci.

b-Uno de los objetivos será la búsqueda de una teoría materialista y no idealista de la cultura. Desde esta perspectiva, se verá a la cultura desde una definición antropológica en el sentido de prácticas culturales pero atravesadas por su historia desde conceptos como formación social, dominación, poder cultural, resistencia y lucha social.

c-La incorporación de la obra de Antonio Gramsci será decisiva debido a su carácter antireduccionista y por la noción de hegemonía ya descripta en el capítulo uno.
Las décadas del 1980 y 1990 asistirán a una explosión de los Estudios Culturales, tanto en el sentido de su institucionalización (especialmente con la creación de gran cantidad de departamentos académicos) como de su producción, accesible a la edición de libros y revistas, y a la vez de sus temas y objetos, que participan activamente en nuevas modas teóricas: el multiculturalismo, los estudios poscoloniales y el textualismo, entre otros.