Opinión
Caza de brujas
no me parece gracioso
nada de lo que aparece
no me parece interesante
no me parece bello
no me parece útil
no deseo nada de lo que ofrecen
no me parece mucho ni poco ni suficiente
ni oportuno
no me parece un estímulo
ni un obstáculo
ni un acierto
no me parece la salvación
ni la tranquilidad
ni el futuro
(Juan López. Poeta mendocino. Ediciones simples. 1999)
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Claro que la gente está caliente, y la incertidumbre que campea por estos días no es buena amiga para dormir tranquilos. En toda crisis, siempre, hay un disparador que desata tempestades y vendavales. Pero no por ello puede adjudicársele a ese factor que destapó un conflicto, la causa exclusiva de estos nuevos tiempos violentos.
Como una cadena, se articulan los problemas, y estos, como el fuego que trepa una cortina, se transforman en movimientos con actores que terminan haciendo camino en su andar. Es el caso de las entidades agrarias y el movimiento de Raúl Castells, o del grupo marginal Quebracho y la Sociedad Rural, quienes, como en un embudo, se deslizan por la misma salida.
Se está alentando la persecución. Ir a la casa de un diputado y tirar huevos, insultar a su familia y romper los vidrios de su casa, acusarlo de todo sin tener ninguna prueba, amenazarlo en nombre de “la justicia de un reclamo”, es, ni más ni menos, una caza de brujas antidemocrática, de corte fascista. En definitiva, violenta y destructiva.
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La paja en el ojo ajeno
Si así se van a manejar las cosas por estos días, será mejor tirarnos a ver una película de Chabrol, tomarse una copa y reposar la diaria en un buen sillón que nos acune, desparramados, en el más absoluto escepticismo. Por ejemplo, aquella en el cual el asesinato de un escritor católico, de ideas muy estrictas, y la investigación consiguiente que dirige el “inspector Lavardín”, sirven a Claude Chabrol para hacer un dibujo nada complaciente de una clase media que, bajo la capa de la honorabilidad, esconde sucios secretos. Cuando al policía le encomiendan el caso, descubre que la viuda y su hermano son viejos conocidos de su vida pasada. El director francés abunda en su idea habitual de la hipocresía y las metas estrechas de las personas aparentemente normales e intachables, que ocultan tras su mediocridad vicios inconfesables. Ante la miseria humana, viene a decir el nihilista Chabrol, sólo cabe la postura del cinismo.
Todos contra todos
Uno de los fundadores de la Ciencia Política, Thomas Hoobes, decía que la vida era breve, aunque él murió a los 99 años, tenía razón, si dimensionamos nuestro circunstancial paso por estos pagos que, en poco tiempo, entonces, será mera anécdota y recordatorio de familiares y amigos. La teoría de Thomas Hobbes según la cual la condición natural del hombre es la de una “guerra perpetua de todos contra todos”, concibe a la sociedad como una creación artificial definida por la libertad de un hombre contra la misma libertad de otros hombres. Hobbes, sostiene que en el “estado natural” no existen “artes, ni letras, ni sociedad; sino que, lo que es peor, existe un miedo constante y un constante peligro de muerte violenta; y la vida del hombre transcurre solitaria, pobre, embrutecida y breve”. Una única fuerza empuja al hombre hacia la sociedad política y económica: el miedo recíproco.
Filmarse en los mejores momentos
Por ello, cuando uno lee “escarcharon a un político en su casa”, que le pegaron al hijo que intentó defenderse, que no lo dejan salir de su casa porque está amenazado por “el pueblo”, dan ganas de releer “la invención de morel” de Bioy Casares, y quedar atrapados en esa alucinación a la que asiste el protagonista en la isla fantasma, donde todos los turistas no son más que filmaciones de una máquina que tiene el poder de trasmigrar a la eternidad, los mejores momentos vividos entre amigos. Mientras, el visitante exiliado que recala en sus costas, trata de esconderse de aquellos, hasta descubrir el mecanismo, y luego de enamorarse de Faustine -una bella imagen que todos los días, a la misma hora, toma sol en una gran piedra- se filma junto a ella para despegar de este mundo a su lado.
Relajarse y no entender nada
Cuando pasan estas cosas también puede echarse mano a una película de David Linch, por caso, la última, “Island Empire” (traducida aquí como Imperio) y conectarse con esa ensoñación desfragmentada de una actriz que quiere fama y se prende a una propuesta que la incluirá en las más fatídica de las tramas, la maldición de un guión que nunca pudo filmarse, porque sus protagonistas fueron asesinados. Aquí la cuestión debería pasar por otro lado. ¿Es necesario entender una obra de arte (porque Imperio lo es, en la acepción más profunda y tradicional del término)? Más que comprender hay que disfrutar. Relajarse, quitarse los prejuicios de encima y dejarse llevar por una continuidad de imágenes sin aparente sentido que sucesivas revisiones irán ayudando a desentrañar.
Desplacemos la autodestrucción
Y si queremos ahondar en el escepticismo, nos alquilamos "Spun", del sueco Alex Jornesen. Allí un cocinero de metanfetamina en un motel de mierda de California, elabora la droga más destructiva (un papel que mickey Rouky siente como propio) y mantiene relaciones en base a la adicción de mujeres y un chofer que le hace los mandados. Con movimientos nerviosos e hiperactivos de cámara, el director nos sumerge en el submundo de los que fuman, inhalan y se inyectan metanfetamina. Una epidemia que implica a millones de personas por Norteamérica. La historia es tambaleante, una mera excusa para mostrar un escaparate de individuos fracasados metidos hasta el culo en esa mierda.
Dan ganas, decía, terminar la noche con un disco de “Nick Cave and The Bad Seeds”, al palo, en el living, con luz de velas y un paquete de tabaco para devorárselo, llenar de humo la casa, caer en ese sillón amigo a dormir, hasta que el sol nos clave su primer rayo en la frente.